Gran Remplus, de oficio ayunador

| Texto: Enrique Pérez Fernández
En septiembre de 1919 estuvo en El Puerto un tipo que se ganaba la vida --o lo pretendía-- de un modo un tanto peculiar. Por más que lo intenté, no pude conocer su nombre ni de dónde era. Para el mundo artístico se hacía llamar Gran Remplus.
Llegó a nuestra ciudad para “actuar” en un pequeño local que se dispuso anejo al teatro portátil que en agosto de aquel año se había instalado en la plaza del Castillo, el Teatro Romea, propio del portuense Manuel García Rodríguez desde que lo estrenó en 1909 en el Paseo del Vergel. En 1919 lo arrendó al paisano y empresario artístico Francisco Villarreal Cala (hermano de José, que en 1917 había inaugurado Los Kioskos en la explanada de la Estación, el posterior Bar Villarreal que conocimos).

| Alzados y planta del teatro de Manuel García, 1909. Archivo Municipal. | Imagen inferior: Reconstrucción de la fachada con IA.

El Romea (bautizado en memoria al actor y autor de libretos de zarzuelas Julián Romea) era un teatro de madera de buenas hechuras (37 m de largo por 12 de ancho), con cubierta de toldos de lona, capacidad para 960 espectadores en gradas y patio y al interior decorado por el pintor portuense Manuel Sancho. Abrió sus puertas el 28 de agosto y las cerró el 12 de octubre.
Por el escenario desfilaron 23 números de artistas de variedades. Dos de ellas, portuenses: la bailarina Carmen Bellido y la cantante (canzonetista decían entonces) Lulí. Y, entre otros artistas, cantaores y guitarristas flamencos, el prestidigitador Caballero Macías, el número ‘Charlot patinador’, inspirado en la película de Chaplin así llamada (1916), o una exhibición de osos, monos, cabras, perros y camellos amaestrados.
Con ustedes, el Gran Remplus
Pero lo que yo quería contarle es una pequeña historia que ocurrió en el Teatro Romea con otro de los “artistas”, el Gran Remplus, “gran ayunador que permanecerá cinco días enterrado vivo sin comer”, anunciaba la prensa. Así, el 27 de septiembre se encerró en una urna dispuesta en un pequeño recinto de lona junto al teatro que debía permanecer abierto todo el día para comprobar -decía la Revista Portuense- “la osadía de Remplus”.

Tras las funciones de los números de variedades, el público, previo el pago de 25 céntimos por adulto y 15 por niño, podía entrar a verlo y charlar con él. Lógicamente, tan peculiar función provocó el interés de la gente, y más cuando la población atravesaba una grave crisis económica. De los comentarios sarcásticos que sobre la “hazaña” de Remplus se publicaron en la Revista Portuense, vaya este de ejemplo: “…muchos tendrán el gran cuidado de llevar a la parentela, a ver si por un milagro se les pega las mañas del gran ayunador.”

|Imágenes superior e inferior generadas con IA

Pero como un mal día lo tiene cualquiera, al cuarto día de su voluntario encierro el Gran Remplus tuvo que abandonar el ayuno y salir de la urna, aquejado de unas inoportunas fiebres. De Remplus no se tiene noticias de que volviera a pisar El Puerto, y quizás ningún otro escenario.
Los ayunadores profesionales
Más allá del chasco de Remplus, las exhibiciones de ayunadores profesionales se pusieron de moda y fueron muy populares en la Europa y América de fines del XIX y comienzos del XX. Los mejores especialistas prolongaban el voluntario encierro hasta permanecer más de 40 días (sic) sin probar bocado. Kafka, fascinado por tan extraña ocupación y singular entretenimiento, sobre ello escribió en 1922 un cuento corto, Un artista del hambre. Acaso los dos ayunadores más famosos de la época fueron el italiano Giovanni Succi y el francés ‘Papuss’.

El ayunador ‘Papuss’ en dibujo tomado en el madrileño Circo Colón en 1900.

Y en un teatro en 1915, encerrado en una peculiar urna patrocinada por Petróleo Gal, donde estuvo encerrado ocho días.

Este era Giovanni Succi dentro de la caseta que acogía su “show”, en una imagen reproducida por el New York Times en 1890.
Sucesores de nuestro Remplus continuaron existiendo al paso de los años. En 1963 apareció por Jerez Carlos Agüero Hernández, un periodista cubano aficionado a ayunar en público que pedía por la paz en Cuba. La afición le venía --se lo contó a un periodista de Jerez-- de cuando estuvo encarcelado unos meses tras la victoria de la revolución de Fidel Castro del 59, donde lo acostumbraron a comer poco. Peculiar tipo que, cuando le preguntaron por qué ayunaba, contestó esta genialidad: “--Para asegurarme la comida, ¿entiende? Es acostumbrarme a no comer para comer”. Como el Gran Remplus, del que en El Puerto nunca más se supo. No sé qué habría pasado si nuestros paisanos lo hubiesen visto de nuevo dando el espectáculo.

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Serie 'Cosas que pasaron en El Puerto'
El sexagenario y el lebrillo (1)
A La Andaluza la llamaron La Burra (2)
¡Esos niños! (3)
Febrero de 1933, la que se lió con las monedas (4)
Almendrita, un fantasma en Santa Clara (5)
