Primer Premio de Mostos del Marco del Jerez

| Texto: José María Morillo
El Puerto de Santa María se volvió a asomar al mapa del Marco del Jerez bodeguero gracias a un mosto que habla con acento local: el de la viña portuense bien trabajada y el de una bodega joven que se ha tomado muy en serio la viticultura: Albariza de la Torre.
Un premio que mira a la viña
El Primer Premio del XII Concurso de Mostos del Consejo Regulador del Jerez-Xérès-Sherry recayó en la bodega Albariza de la Torre, pero el verdadero protagonista está bajo las botas: la albariza de bodega Viña La Torre y una uva Moscatel de Alejandría que, lejos de los tópicos dulzones, se ha vinificado en seco para demostrar que también puede jugar en la primera división dentro del Marco del Jerez. En un certamen tradicionalmente dominado por la uva Palomino Fino, que una moscatel portuense se imponga en cata ciega tiene un significado técnico y simbólico que no resulta ser nada menor.

La finca, trabajada por el veterano viticultor Manuel Galán Gómez, resume una manera de entender el viñedo que parecía en retirada: poda medida, rendimientos contenidos y una lectura fina de los suelos blancos que garantizan concentración aromática y equilibrio natural de acidez. El mosto premiado no es un golpe de fortuna, sino la consecuencia lógica de esa disciplina agronómica aplicada a una variedad históricamente ligada al litoral gaditano, pero pocas veces tratada con ambición seca.
Moscatel seca: un ‘outsider’ que se hace mayor
Que el jurado haya destacado el carácter aromático y la corrección técnica del vino no es un halago de compromiso, sino el reconocimiento de que se ha sabido domar un perfil varietal exuberante sin caer en el desequilibrio ni en lo rústico. La Moscatel de Alejandría, autorizada en el Pliego de Condiciones del Consejo Regulador, exige vendimias muy afinadas, controles estrictos de temperatura y una vinificación limpia si se quiere preservar los terpenos sin perder tensión en boca.

El resultado --según los catadores-- es un mosto que abre con intensidad floral y frutal, pero que se sostiene en una estructura seca, apoyada en la salinidad que aporta la albariza portuense. En términos enológicos, el premio avala una línea de trabajo que apunta a diversificar el paisaje del Marco, demostrando que la moscatel, gestionada sensu stricto, puede aportar complejidad y personalidad sin renunciar a lo común del territorio.

La cuarta generación y la bodega joven
Detrás del diploma enmarcado hay una historia de continuidad familiar y, al mismo tiempo, de ruptura controlada. Manuel Galán Leal, cuarta generación de viticultores, recoge el testigo de la viña de su padre para transformarlo en proyecto de bodega con nombre propio: Albariza de la Torre, fundada en 2015. No es la clásica casa de solera centenaria, sino una firma de nueva hornada que ha decidido empezar por donde se empiezan los grandes vinos: por el suelo y la uva.

El equipo técnico, con el enólogo portuense Alfonso Bello Rosa al frente, ha optado por una intervención mínima pero medida en bodega: selección de mostos, fermentaciones controladas y un trabajo muy cuidadoso sobre lías finas, pensado para ganar volumen sin maquillar el origen. El premio del Consejo Regulador no solo certifica ese enfoque, sino que lanza un mensaje claro a las pequeñas estructuras bodegueras: hay espacio en el Marco para propuestas de calidad nacidas en El Puerto de Santa María cuando se trabajan con precisión.
Más que un galardón: un mensaje para la innovación en El Puerto
En la Bodega San Ginés, el día de la entrega, el diploma pudo pasar por una foto más para las redes y los titulares. Sin embargo, para el viñedo portuense el reconocimiento funciona como una señal de que la ciudad puede volver a hablar de vino en presente y no solo en pasado, siempre que se apueste por proyectos que miren al viñedo con criterio técnico y vocación de futuro.

Albariza de la Torre, que ya se ha consolidado como destino enoturístico con más de dos mil visitantes al año, incorpora ahora a su relato un aval que interesa a la comunidad vitivinícola local. Cada copa de ese mosto premiado, servida en una cata o en una visita guiada, es también una oportunidad para explicar que El Puerto no solo embotella historia, sino también investigación, viticultura consciente y una manera seria de interpretar la albariza a pie de viña.
