Un guerrillero en Bienestar Social

| Texto: José María Morillo
Hay políticos que ocupan cargos y otros que ocupan causas. Juan Bocanegra Muñoz pertenecía a esta última especie, cada vez más rara. No entendió la política como una profesión ni como una escalera hacia los privilegios. La entendió como un deber. Quizá porque la vida le había enseñado demasiado pronto que la existencia no siempre reparte las cartas de forma justa.
Cuando falleció en el año 2000, dejó tras de sí algo más valioso que un despacho o una concejalía: dejó una huella moral de la que había dimitido poco antes por su enfermedad. Durante años fue la cara visible de una de las áreas más complejas y dolorosas del Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, Bienestar Social, un territorio donde las estadísticas tienen nombre y apellidos, donde los problemas llegan sin cita previa y donde la realidad suele ser más dura que los discursos engolados.
Desde su silla de ruedas conocía bien el significado de la palabra obstáculo. Había sufrido en primera persona la discriminación y las barreras cuando todavía la accesibilidad era una palabra desconocida para muchas administraciones y para buena parte de la sociedad. Aquellas experiencias no lo endurecieron; lo hicieron más sensible. Por eso entendía mejor que nadie a quienes acudían a su despacho buscando ayuda, una solución o simplemente alguien que los escuchara.
No era un político de frases medidas ni de respuestas preparadas por un equipo de comunicación. Decía lo que pensaba, a veces con una crudeza que incomodaba, pero siempre con una honestidad difícil de encontrar: "Yo soy el comemierda de IP, el que se come todos los marrones". Tenía el raro don de llamar a las cosas por su nombre. Su lenguaje podía ser áspero, incluso provocador, pero detrás de aquella apariencia combativa habitaba un hombre profundamente comprometido con los más vulnerables.
Los vecinos de Las Nieves lo conocían mucho antes de que llegara al Ayuntamiento, donde fue concejal durante 9 años, con el equipo de Independientes Portuenses de Hernán Díaz. Había sido dirigente vecinal, luchador incansable por las mejoras de su barrio y defensor de quienes no tenían voz. Nunca olvidó sus orígenes. De hecho, cuando la enfermedad le obligó a abandonar la vida pública, resumió toda una trayectoria con una frase sencilla que definía perfectamente su carácter: «Siempre he sido y seré una persona de barrio».
Y lo fue hasta el final.
Su despedida en enero del año 2000 como concejal estuvo marcada por una confesión que hoy adquiere un valor casi testamentario: «He dado todo lo que tenía, mi propia vida». No era una ponderación desmesuradad ni retórica de político al uso. Quienes lo conocieron sabían que aquella frase describía exactamente su manera de entender el servicio público. Trabajó mientras las fuerzas se lo permitieron, incluso cuando la enfermedad avanzaba silenciosamente y los médicos le recomendaban detenerse.
Juan Bocanegra nunca fue un político convencional. Era, como le gustaba definirse, un guerrillero de la política local. Incómodo para algunos e imprescindible para muchos. Un hombre capaz de enfrentarse a cualquier problema sin esconderse detrás de un cargo. Uno de esos servidores públicos que hacen creíble la política porque la ejercen desde la cercanía, la coherencia y el sacrificio personal.
Cuando murió en abril del año 2000, las banderas ondearon a media asta. Era un gesto institucional merecido. Pero su verdadero homenaje estaba en otro lugar: en el recuerdo de quienes encontraron una puerta abierta en su despacho, en los vecinos que lo vieron luchar por su barrio, en los compañeros concejales que lo subían con silla de ruedas por las escaleras del consistorio del Polvorista cada vez que había Pleno de la Corporación Municipal, al no estar el edificio adaptado; y en quienes comprendieron que aquella silla de ruedas jamás limitó su capacidad para servir a los demás.
Juan Bocanegra perteneció a una generación de hombres y mujeres que llegaron a la política para transformar la realidad, no para acomodarse en ella. Por eso su recuerdo permanece. Porque en tiempos de táctica y estrategia, él eligió el compromiso. Porque cuando muchos buscaban protagonismo, él prefirió utilidad. Porque nunca dejó de ser uno de los suyos.
Nada más. Y nada menos.
