
La portuense acudió al programa de Juan y Medio ‘La Tarde, aquí y ahora’, de Canal Sur, con una vida entera a sus espaldas y una petición sencilla: encontrar a alguien con quien compartir lo que queda por vivir
| Texto: Verbigracia García L.
Hay generaciones a las que la infancia les duró poco. A Antonia, prácticamente hasta los nueve años. Porteña, con 69 cumplidos y una biografía de esas que antes cabían entera en una cocina, una habitación compartida y muchas horas de trabajo. Antonia apareció el pasado 22 de septiembre en La Tarde, aquí y ahora, el programa de Canal Sur presentado por Juan y Medio. Fue allí para hablar de soledad, pero también de esperanza, nombre de dos advocaciones de vírgenes la Semana Santa de El Puerto. Y es que hay edades en las que uno ya no está para perder el tiempo, aunque tampoco quiere renunciar a compartirlo.
Antonia busca compañero. Y lo dice sin demasiados rodeos. Después de un matrimonio, un divorcio y otra relación que se prolongó durante doce años, vuelve a encontrarse sola. Y ha llegado a una conclusión que, dicha a los 69 años, tiene además de confesión pública, bastante de desafío al calendario: «--Aunque he vivido en pareja muchos años, aún no he conocido el amor».

Pero para entender a Antonia hay que regresar al El Puerto de su infancia en la década de los cincuenta del siglo pasado. Tenía cuatro años cuando murió su padre. Solo contaba 33. Falleció en un tiempo en el que una enfermedad podía poner a una familia entera a buscar desesperadamente un medicamento. En su caso fue la penicilina. No llegó a tiempo.
Su madre se quedó sola con los hijos y decidió sacarlos adelante como tantas mujeres de aquella generación: trabajando donde hubiera trabajo y haciendo cuentas para que nunca faltara lo imprescindible. Primero estuvo en la Fábrica de Cemento. Después llegaron las casas ajenas, la limpieza y los trabajos domésticos. Entre ellos, el servicio para una familia gallega relacionada con el negocio de las zapaterías.
En casa tampoco sobraban los metros. La familia vivía compartiendo una habitación. Antonia recuerda que no pasaban necesidades económicas graves, pero el espacio era otro asunto. Eran años en los que la intimidad era casi un lujo.
Cuando Antonia tenía ocho años, su madre tuvo otro hijo. Y al cumplir los nueve dejó el colegio y no precisamente por falta de ganas de aprender. Había que ayudar. Mientras otros niños seguían con sus cuadernos, ella comenzó a ocuparse de sus hermanos y de las tareas de la casa. Su madre necesitaba unas manos más y aquellas manos fueron las de una niña de nueve años.
Era algo mucho menos excepcional de lo que hoy pudiera parecernos. En muchas casas portuenses de aquellos años, los hermanos mayores ejercían de segundos padres; las niñas, especialmente, aprendían pronto a cocinar, limpiar, vestir a los pequeños y mantener una casa en marcha. La necesidad no preguntaba la edad.
Nuestra Antonia no parece dispuesta a convertir la soledad en una sala de espera. Por eso acudió a la televisión pública andaluza, donde tantas personas de su generación han encontrado un escaparate para algo tan antiguo como difícil: conocer a alguien cuando las discotecas, los amigos casamenteros y los paseos de juventud quedaron muy atrás. Y es que, después de casi siete décadas, Antonia distingue perfectamente entre estar acompañada y sentirse querida.
