Cuando la arena daba de comer. El paisaje perdido entre viñas y navazos.

| Texto, dibujos y fotografías: Juan José López Amador.
A comienzos de los años ochenta del siglo pasado, el personal del Museo Municipal, junto con el historiador Enrique Pérez Fernández y el profesor de la Universidad de Cádiz José Antonio Ruiz Gil, comenzó las prospecciones del término municipal. Este último las continuaría después de forma sistemática. El área de las arenas, es decir, la zona costera ocupada por el manto eólico litoral (MEL), se encontraba salpicada de estructuras poco conocidas: grandes superficies rectangulares, de distintos tamaños, excavadas en la arena. También había extensas zonas de estos arenales ocupadas por cepas de vid, en su mayoría secas.

Con el tiempo, comprobamos que aquellos vestigios correspondían a dos formas de cultivo: los navazos, que ocupaban los rectángulos excavados en el terreno arenoso, y las viñas en arena. Aún se conservan navazos en Sanlúcar de Barrameda, aunque estuvieron presentes en casi toda la costa de Cádiz, al menos desde Chiclana hasta La Algaida, en Sanlúcar, pasando por Puerto Real, El Puerto, Rota y Chipiona.
Desconocemos la antigüedad de estos cultivos. Es posible que ambos se remonten al período andalusí o incluso a épocas anteriores, aunque solo tenemos constancia de las viñas en arena durante dicho período. De ellas hablaremos en otra nótula más adelante. La mayoría de los datos históricos de los que disponemos proceden de documentación escrita que abarca desde el siglo XVIII hasta el XX. En 1991, junto con el profesor Ruiz Gil y el historiador Pérez Fernández citados, tuvimos la oportunidad de dar a conocer estas formas de cultivo en el número 6 de la revista El Folk-lore Andaluz, de la Fundación Machado. En aquella publicación presentamos tanto los navazos como las plantaciones de viñas en arena.

Para construir un navazo, se delimita un gran rectángulo en el terreno arenoso y se excava su interior hasta una profundidad aproximada de un metro y medio. La arena extraída se acumula alrededor de la excavación y forma un montículo que protege los cultivos del viento. Este se cubre de vegetación para fijar la arena. También se abren canales y se excava un pozo o tollo. Las aguas freáticas aportan la humedad y el agua necesarias para los cultivos situados en la superficie llana del interior. En el montículo que rodea el navazo se plantan cañas y árboles frutales, y sus laderas se aprovechan para ampliar la superficie cultivada.

Podríamos ofrecer una descripción más objetiva de los navazos desde una perspectiva actual, atendiendo a sus dimensiones humana y económica y a su importancia para el agricultor. Aun así, resultaría difícil valorar plenamente lo que representaban para las comunidades que los cultivaban, así como su aportación a la gastronomía. Por eso, recurriremos a los testimonios de quienes los conocieron y dejaron constancia de ellos para acercar a los lectores a estos cultivos, hoy desaparecidos, por desgracia, de nuestro término municipal. Dos personajes de la historia nos guiarán en este recorrido: uno a través de la descripción del lugar y otro mediante la de sus productos.
En primer lugar, Cecilia Böhl de Faber, conocida como Fernán Caballero, la célebre escritora del siglo XIX que residió durante mucho tiempo en nuestra Ciudad, describió hacia 1843-1844 cómo era un navazo: «Era una especie de jardín subterráneo, de los que llaman en Andalucía navazos. Fórmense estos excavando la tierra hasta cierta profundidad, y cultivado aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre, y preservándolo con en copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena. En aquella hondura, no obstante, la proximidad del mar, la tierra produce sin necesidad de riego, abundantes y bien sazonadas legumbres; porque el agua del mar, filtrándose por espesas capas de arena, se despoja de su acritud, y llega a las plantas adaptable para su alimentación. Las sandías de los navazos, en particular, son exquisitas, y algunas de ellas de tales dimensiones, que bastan dos para la carga de una caballería mayor».

También contamos con una magnífica descripción de principios del siglo XIX, concretamente de 1804, en la que Francisco Amorós y Ondeano, [ conocido históricamente por su papel como secretario de Manuel Godoy y por su célebre discurso de 1803 sobre los navazos de Sanlúcar de Barrameda] ofrece algunas de las claves de estos cultivos: «El cultivo en los navazos comienza con el abono del terreno con estiércol, durante el mes de abril y mayo, es cuando se planta. Basta el primer abono para todo el año, se pueden cosechar dos campañas por año, cada una de estas dan tres frutos, la primera seria durante el verano y el otoño, y la segunda en invierno y primavera. Algunos frutos que generalmente producen, son el maíz, la patata, las lechugas, guisantes, habas, cebollas tomates, coles, calabazas, melones, sandias, toda clase de hortaliza. Se admira de su calidad y sabor tan delicioso, la magnitud de sus tamaños, cuatro varas el maíz, coles de hasta 12 kilos, sandias de 18 y calabazas de 46 kilos, es una siembra que se esmeran en cuidarla». Añadimos nosotros que también se cultivaban pimientos, membrilleros, higueras, albérchigos o albaricoqueros, almendros, perales de San Antonio, ciruelos y, por supuesto, vides, de las que hablaremos en otra nótula.

Hasta los años setenta del siglo pasado, los arenales de la Costa Noroeste, en el tramo comprendido entre el pinar de San Antón, próximo a la Ciudad, y Fuenterrabía, estaban poblados de navazos. Estos se intercalaban entre viñas en arena, huertas y arboledas frutales, junto a moreras negras y blancas, higueras y grandes cañaverales. Las cañas se empleaban tanto en las labores agrícolas como en diversas tareas domésticas, entre otros usos. En otras poblaciones, como Rota, se ha recuperado esta tradición agrícola para darla a conocer a sus habitantes y visitantes. El Centro de Interpretación del Mayeto presenta esta forma de vida y destaca su importancia en la historia y la cultura locales.


Desde aquí, queremos pedir al Ayuntamiento o a la administración competente que corresponda, adquiera una de estas estructuras excavadas en el terreno para conservar al menos un ejemplo de esta forma de cultivo. Su protección podría complementarse con un pequeño centro de interpretación que permitiera explicar y divulgar esta tradición agrícola y preservar su memoria para el futuro.
