Fray Clemente del Purgatorio y el Padre Parada, la cara y cruz de los limosneros

| Texto: Enrique Pérez Fernández.
En la última entrega de esta serie escribí de dos jóvenes portuenses que a fines del siglo XVII se ganaban la vida engañando a quienes en su ingenuidad querían ser engañados. Decían estar en contacto directo con Dios o con algún santo y en su nombre obraban todo tipo de supuestos milagros. Eran las llamadas ‘falsas beatas’.
Abundaron en la España de los siglos XVI y XVII, como también abundaron los frailes de las órdenes mendicantes dedicados, por voto de pobreza, a pedir limosnas para su propio sustento y el de los más necesitados. Y como las beatas, también tuvieron su contrapuesto en quienes se hacían pasar por religiosos que pedían limosnas en nombre de alguna orden mendicante, siendo en verdad pícaros y vagabundos sin oficio ni beneficio.
Fue el caso en 1569 de un supuesto ermitaño que al quedarse con el dinero ajeno y ser descubierto, se refugió en una cantera-cueva de la Sierra de San Cristóbal, donde fue detenido y en Jerez ahorcado. La otra cara de la moneda fue la de fray Clemente del Purgatorio, que falleció en El Puerto en olor de santidad en 1680. De ambos haremos breve memoria…
La prodigiosa vida de fray Clemente del Purgatorio
Lo que conocemos de él lo transmitió Anselmo Ruiz de Cortázar en su Puerto de Santa María ilustrado y compendio historial de sus antigüedades (1764), que en el Archivo de la Prioral halló una relación de su vida que escribió --bajo juramento-- su último confesor, Pedro Ignacio de Sierra. Y también supo don Anselmo de él por boca de algunos eclesiásticos que lo conocieron y por su madre, que también lo trató. Francisco Andrés Gallardo escribió en Gente del Puerto en 2017 (nótula 3.124) un texto sobre Clemente. El que aquí presento, con las modificaciones precisas, formará parte de un libro que preparo.

Nació Clemente, cuyo nombre de nacimiento se desconoce, en 1649, en Eslavonia, hoy parte de Croacia y entonces dependiente de los Habsburgo como emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico. Decía Cortázar que era “hijo de un príncipe soberano” --que debían ser los Zrinski--, que de facto ejercían como gobernadores del territorio. Pero nunca reveló Clemente su alta cuna, salvo a su confesor.
Siendo aún niño tuvo una visión en la que Cristo le dijo que marchara con los Siervos de María, los servitas (orden mendicante fundada en Florencia en 1233), cosa que hizo a la edad de 14 años, cuando se fue de casa para embarcar en un navío fletado por religiosos con destino a no se sabe dónde. Una tormenta hizo zozobrar la nave. La mayoría de los religiosos y marineros, en número de 30, pretendieron salvarse botando una lancha mientras Clemente les rogaba que permanecieran en el barco. Resultó que la lancha se hundió, pereciendo todos, y el navío pudo arribar a una isla cercana.

De vuelta a tierra firme, Clemente fue a Italia, donde tomó el hábito de religioso servita con el nombre que eligió por ser muy devoto de las Ánimas Benditas del Purgatorio. Con otro hermano de la orden embarcó en un pequeño barco rumbo a donde la providencia los llevara. Que fue a las costas de España, hasta Galicia. Con los años marchó a Portugal y después a Andalucía, donde vivió unos años, la mayor parte del tiempo en Jerez y El Puerto, hasta su temprana muerte en 1680.
Quienes lo conocieron en El Puerto dieron fe de su vida virtuosa, volcada en pedir limosnas para los pobres y en atender a los enfermos y los más necesitados en cuerpo y alma. Por ello fue querido y venerado por todos los portuenses de bien.

Su único vestido era un hábito negro que ajustaba al cuerpo con un cíngulo que en verdad era un cilicio con púas de hierro. De calzado, nada, siempre iba descalzo, salvo en sus últimos dos años en que ya muy enfermo usó sandalias de paño claveteadas en las suelas. La mortificación como práctica de vida de un asceta.
Y como era costumbre en los ascetas, vivió continuos trances místicos y éxtasis, sobre todo después de comulgar, que le duraban hasta dos o tres días. Y fenómenos paranormales como la bilocación (estar en dos sitios a la vez; en su caso, en El Puerto y Jerez). Pero lo más sorprendente (y difícil de creer) es que decían que tenía, como Jesús en el Mar de Galilea, el don de caminar sobre las aguas. Así lo contó Ruiz de Cortázar: “Por dos veces atravesó en su manto la bahía de Cádiz yendo a ésta desde El Puerto y a éste desde Puerto Real con admiración de todos los que lo vieron, pareciendo tener dominio de los mares.”
Clemente falleció el 20 septiembre de 1680, a la edad de 31 años. Fue enterrado en la Iglesia Mayor Prioral, en la sacristía de la capilla de la Virgen de los Milagros, en una bóveda de ladrillos cubierta con una lápida de mármol en la que en su epitafio se destacó su “ejemplar vida e insignes virtudes”.

El pícaro Padre Parada
La otra cara entre los mendicantes o limosneros la representa muy bien un supuesto ermitaño llamado Juan de Dios Parada, que en Jerez andaba o vivía a fines de la década de 1560. Su historia la dio a conocer un librero y erudito jerezano, Joaquín Portillo, que en sus Noches jerezanas (1839) contó que en 1569 se dedicaba en Jerez a pedir limosnas para los pobres en nombre de la hospitalaria orden de San Juan de Dios.

Pero pasó que el tal Parada, que en verdad era más pícaro que ermitaño, una vez acumulada una buena suma de dinero y objetos variados, se pegó el piro. Y pasó lo que con estas palabras contó Portillo: “…y pareciendo a los vecinos pesada la burla, le hicieron buscar, fue traído y hecho examen de sus culpas, lo ahorcaron. El sitio de su paradero era una cueva, en la Sierra de San Cristóbal, la que desde dicha época le llaman la cueva del padre Parada.”

Es realmente curioso cómo aquel episodio, que debió ser muy sonado, traspasó el tiempo y aún se recordaba durante la primera mitad del siglo XIX. La misma historia del Padre Parada, por tradición oral, la encontramos también en otro documento, de 1729-30. Entonces, con motivo de las visitas de Felipe V y la familia real a El Puerto recién incorporado a la Corona, surgió una sátira política –-la estudió José Cebrián García-- en la que poetas populares jerezanos y portuenses compusieron décimas y romances mordaces --o directamente hirientes-- poniendo en tela de juicio las cualidades y virtudes de una y otra población. Así, en una décima que dirigió Jerez a El Puerto, leemos:
“Su nobleza no pequeña / es muy fácil de probar / pues aún se ve su solar / en la sierra de Sidueña; / con que a decir nos empeña / que está tan acrisolada / tan clara y tan litigada / que menor del Puerto prueba / ser parada de la Cueva / Cueva del Padre Parada.”

Hace años, José Antonio Ruiz, Juan José López y quien esto escribe localizamos en el cerro de San Cristóbal, en la vertiente que mira a Jerez e inmediata a su cima (a espalda de las instalaciones de la Confederación Hidrográfica), una pequeña cavidad artificial, no excavada por expertos canteros. Por supuesto, no afirmo que sea ésta la Cueva del Padre Parada, pero sí que sus características son semejantes a las pequeñas “cuevas” donde siglos atrás vivían los eremitas, de lo que hay numerosos ejemplos similares a lo largo de la geografía nacional. Su ubicación, aislamiento y difícil acceso al habitáculo pueden indicarlo. Y hay que tener presente que justo arriba existió la ermita de San Cristóbal, construida hacia 1486 a expensas de un jerezano, junto a la que se levantó en los primeros años del siglo XVI una torre vigía, cuyas ruinas se conservaban mediado el XIX. Dicho queda como hipótesis.

El pícaro Parada --que “casualmente” decía llamarse Juan de Dios-- pedía limosnas en nombre de la orden hospitalaria de San Juan de Dios, que un año antes de la huida del supuesto ermitaño, en 1568, fundó hospital en Jerez. Sucesor de aquél fue al que en 1952 llegó el hermano Adrián del Cerro, que desde entonces y durante 60 años ejerció de limosnero, recorriendo a diario con su inseparable maleta negra y boina las calles jerezanas pidiendo ayuda para los enfermos y más necesitados. La de hambre que con su incansable labor quitó y facturas pagó el hermano Adrián… Actualmente está en proceso de beatificación y canonización. Dedicó su vida a ayudar a sus semejantes, como a fines del siglo XVII lo hizo fray Clemente del Purgatorio. Con las diferencias marcadas por las épocas en que vivieron, fueron harina del mismo costal.

Serie 'Cosas que pasaron en El Puerto'
El sexagenario y el lebrillo (1)
A La Andaluza la llamaron La Burra (2)
¡Esos niños! (3)
Febrero de 1933, la que se lió con las monedas (4)
Almendrita, un fantasma en Santa Clara (5)
Gran Remplus, de oficio ayunador (6)
¡Cobraste, Portas! El origen de un dicho popular (7)
El general Espartero en el vapor Betis. Un episodio de la historia de España (8)
Dos brujas portuenses ante la Inquisición en el siglo XVII
