3.095. María Gertrudis Hore Ley. La misa de velaciones de la ‘Hija del Sol’

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Han pasado siete años desde que, en los meses iniciales de este espacio, se publicara una nótula sobre “la Hija del Sol”, (nótula 141 en Gente de Cádiz) María Gertrudis Hore Ley, desposada con el portuense Esteban Fleming. Posteriormente, con el permiso del marido, profesó como monja concepcionista en el convento de Santa María, en Cádiz, destacando su labor literaria, siendo reconocida en nuestro tiempo como una excelente poetisa, dándose a conocer su obra en diversos trabajos bibliográficos.


La boda entre Esteban y Mª Gertrudis Hore, se había celebrado en Cádiz en la festividad de la Asunción de la Virgen, en 1762, después de retornar él de un viaje a Veracruz del que había partido de Cádiz en junio de 1760. Tenía, veinticinco años él y veinte ella, instalándose a vivir con los suegros. Aunque no se estilaba entonces la luna de miel, tal como hoy la conocemos, algo similar hizo esta joven pareja, que viajó hasta El Puerto, celebrando en la capilla oratorio de las casas principales de la familia Fleming en calle Larga, esquina con Descalzos la Misa de Velaciones el sábado siguiente, 21 de agosto. Si me permiten el atrevimiento, podemos imaginar una escena similar a la que describiré a continuación:

Libro la Hija del Sol

De Cádiz, desde donde salieron al amanecer, vinieron sus suegros, tíos, cuñados y primos en un jabeque con tres velas latinas, propio de la compañía de comercio familiar, que quedó fondeado para salir esa misma tarde-noche. En la capillita doméstica, bellamente engalanada, con profusión de flores y candelabros de plata labrada, oficiaba la Misa de Velaciones el mismo fraile agustino que los casó. Los novios, arrodillados en dos reclinatorios tapizados de terciopelo granate, con los hombros cubiertos por un velo blanco de fina blonda, que a ella le cubría también la cabeza, y enlazados a modo de yugo con una especie de estola del mismo color en la que figuraban, bordados, los dos apellidos de los contrayentes, presenciaban con gran recogimiento el desarrollo de la misa. Finalizado el “Paternoster” el oficiante se volvió hacia ellos y, uniendo sus manos con las de los recién desposados para resaltar la unión de ambos refrendada por la Iglesia en aquel acto, leyó las oraciones del ritual: “Oremus”, “Propitiare y Oremus”, “Deus qui potestate”. Concluidas las oraciones continuaba la misa y antes del antiguo rito conclusivo “Placeat tibi” utilizado en ocasiones para dar avisos breves a los asistentes al Santo Sacrificio, se volvió nuevamente el oficiante de cara los esposos y recitó sin “oremus” la oración “Deus Abraham”. Despojados ya del velo, les amonestó sobre los deberes conyugales y, finalmente, los roció con agua bendita, volviendo al altar donde, tras decir la oración secreta a la Santísima Trinidad, se volvió nuevamente a los asistentes, dio su bendición y concluyó la ceremonia.

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Campanario del convento de Santa María, en Cádiz

A las velaciones seguiría un desayuno para todos los invitados con chocolate y bizcochos. El elevado número de sirvientes que mantenía la familia, entre los que figuraban varios esclavos, habían estado ocupados intensamente los días previos al evento, remozando toda la casa, limpiando vajillas, cubiertos y cristalería para los invitados a esa efeméride familiar. Incluso debieron acercarse a la vecina casa de sus parientes los Coig Samson a pedir prestadas mancerinas, (bandejas) chocolateras, jícaros y pocillos en los que servir el chocolate del desayuno y la merienda, pues no tenían tantos servicios.

El cacao, que era un producto caro y sólo al alcance de robustos bolsillos, causaba furor en la sociedad de mediado el siglo XVIII. Los nativos amerindios lo tomaban tal cual, amantes del sabor amargo que tenía y, en ocasiones, mezclado con algo de harina. Los españoles lo mezclaban en diversas proporciones con azúcar y algo de canela, origi-nando distintos tipos y sabores de chocolates, servido como fue el caso del desayuno de nuestros protagonistas, acompañado de un esponjoso bizcocho, cuya sencilla fórmula de elaboración casera persiste hasta nuestros días, a base de harina, huevos, aceite, ralladuras de limón y canela.

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Claustro del convento de Santa María, en Cádiz

No me atrevo a predecir lo que pudieron almorzar, aunque es bastante probable que en el menú hubiese perdices, plato obligado en cualquier banquete nupcial pues es bien conocido el refrán popular que cita este manjar culinario como precursor de felicidad y también la preparación por parte de la familia de una buena “olla” que así es como denominaban al guiso o comida similar y parecido al del cocido actual que entregarían a los vecinos franciscanos descalzos para que éstos se ocupasen de hacerla llegar a pobres y mendigantes. La merienda, con nueva distribución de chocolate, contaría en esta ocasión con el complemento de las llamadas “cocas”, dulces secos o pastas que estaban elaboradas con fina harina y contenían almendras, avellanas y piñones, estaban bañadas en miel y espolvoreadas de canela. Así pudo transcurrir todo el día de convivencia, charla y alguna siesta hasta que amainó el calor pasando a la zona del jardín, en el que se habrían instalado toldos y sombrillas, así como numerosos bancos cedidos por el cercano convento para asistir cómodamente, consumiendo zarzaparrilla y limón granizado las señoras y caldos más potentes los caballeros. La velada estaría amenizada por algunos de los músicos de la Prioral, reclutados al efecto. La improvisada orquestina, formada por media docena de instrumentos: un violín, un oboe, una flauta dulce, una guitarra y una viola de gamba, complementada por un clavecín, realizarían un variado repertorio de música barroca, con obras de Couperín, Vivaldi y Corelli, siendo muy aplaudidas y celebradas diversas sonatas de Scarlatti y, especialmente, la tímida intervención de la delicada, bellísima y joven esposa de Esteban Fleming, con las últimas luces del atardecer veraniego, declamando el poema del que era autora, titulado “Anacreóntica a la muerte de un hermoso canario, que murió por el descuido de una criada que dejó caer su jaula” con el que finalizó la reunión social, despidiéndose amigos y familiares. /Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. Fragmento del libro “Cuatro rosas de piedra” editado por PUERTOGUÍA

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