3.565. La Semana Santa en El Puerto hace 100 años. 1918

Analizando lo sucedido en estas mismas fechas en la pasada centuria y la celebración de la Semana Santa en nuestra localidad hemos podido constatar el inicio de un periodo que podría definirse como de “libertad de expresión religiosa”. En este año puede identificarse la acentuada tendencia de una parte de la sociedad local a desmarcarse públicamente de la religiosidad oficial imperante. En cierto modo, la definición o calificación de “felices” para la década que estaba a punto de comenzar, la de los años veinte del pasado siglo, tenía además de una connotación lúdica, un componente de aperturismo y liberación de costumbres anteriores.

Nuestros abuelos, los nacidos a fines del siglo XIX, recibían como complemento a su educación familiar y escolar, una especie de “moralina mojigatera” desde su más tierna infancia que, sin llegar a ser tan rigurosa y exagerada como la existente, por ejemplo, en el periodo del puritanismo inglés, en muchos casos propiciaba el disimulo, condicionaba conductas y daba, en definitiva, una falsa imagen de la realidad porque algunas personas practicaban lo que se ha dado en llamar “guardar las apariencias”.

Desde nuestro punto de vista, resultó positiva la desaparición paulatina de esta servidumbre social-religiosa en la que se veían implicadas, incluso, las personas que no sentían ningún afecto o simpatía hacia los cultos religiosos, reforzando y autentificando, de esta manera, las conductas y actitudes de aquellos otros que sí participaban y se relacionaban voluntaria y sentidamente con la religión y sus manifestaciones. Por estos años se produjo la negativa de determinados militares a asistir obligatoriamente a los actos religiosos y el cuestionamiento de algunos regidores municipales en ese mismo sentido.

Aunque esta actitud liberal de algunos sectores de la población propició que otros, concretamente un importante grupo de empresarios de corte conservador, y lógicamente, muy afectos a la Iglesia, compensara con sus iniciativas e influencias esta pequeña ruptura en el  aparente sentir general anterior, respecto a lo tradicional que estamos apuntando, naciendo la figura del mecenas o benefactor que en gran medida sostendrá económicamente a las diferentes hermandades, hasta hace bien poco, en la último cuarto del siglo pasado, coincidiendo con un renacer de las mismas, gracias a dos fenómenos nuevos y casi juveniles: la captación de hermanas que podrán participar como nazarenas en los desfiles y la figura del hermano costalero, incorporaciones que revitalizan las anquilosadas estructuras cofrades, eligiéndose desde entonces democráticamente a sus Juntas de Gobierno.

Hecho este preámbulo necesario para situarnos en la época que estamos refiriendo, pasemos a concretar algunos datos de nuestra Semana Santa en 1918.  En el libro “Tradiciones religiosas de El Puerto de Santa María” que publiqué hace una década titulé el capítulo dedicado a este año como Retorno a la mediocridad puesto que ese año, al contrario que el anterior, en el que desfilaron todas las hermandades, --y al decir todas me refiero a las tres existentes en esa fecha: Humildad, Veracruz y Soledad--, en éste se volvió a la rutina de décadas pasadas, desistiendo de salir en procesión tanto Veracruz como Humildad, alegando motivos económicos para esa renuncia, aunque intuimos que también faltaba algo de ilusión, puede que entusiasmo, entre los dirigentes, y también energía e imaginación para afrontar las carencias económicas, cualidades de las que debía estar sobrado el capellán de la Soledad, Don Luis Zerezuela Cepero, según se desprende de un comentario que recojo de la Revista Portuense de la época que lo indica como el  “alma de todo esto y responsable de la salida, gracias a las póstulas realizadas”. Las póstulas eran donativos que se recogían, casa por casa, generalmente de las calles del itinerario, por hermanos y también suscripciones en prensa o entidades, como el casino, etc.

Fue el presbítero Zerezuela, igualmente, uno de los responsables de introducir el mayor rigor en los desfiles a través de una serie de disposiciones que, aunque existentes en esencia, no siempre se llevaban a la práctica. Así, “no consintiendo que ningún penitente vaya con la cara descubierta, exigiendo que todos guarden silencio y la distancia correspondiente para no cortar las filas, impidiendo que pueda cometerse desmán alguno en descrédito de la seriedad del individuo culto…”, metió en cintura a los hermanos más indisciplinados, consiguiendo con ello impresionar favorablemente a los portuenses quienes, nuevamente, salieron en masa a las calles para presenciar el viernes santo la procesión. Incluso, intentó corregir alguno de los “vicios” o defectos de forma que hoy se mantienen en nuestros desfiles, como es el arrojar ramos de flores encima del paso, una vez efectuada la salida. En aquella época, si bien era costumbre arrojar flores, o pétalos de flores, recordaba la conveniencia de que no lo realizasen encima de los pasos, sino al suelo, a modo de alfombra honorífica, antes de la llegada de los mismos, evitando con ello manchar o deteriorar el ropaje de las imágenes o, incluso, apagar las luces y provocar accidentes.

La prensa local cita la Semana Santa de hace cien años como una celebración de bajo tono, inferior a la de otros años; “bastante en precario”, “escasa representación” y otros calificativos similares figuran en las crónicas del evento. Por el Ayuntamiento, presidió la procesión el alcalde accidental, Ramón Jiménez González, asistiendo el Ayudante de Marina y el Jefe del Destacamento del Penal como representantes del estamento militar, de cuya rebeldía ya hicimos un comentario haciéndonos eco de años anteriores. Algunos civiles invitados, en función de su cargo, a participar en la manifestación religiosa, excusaron su presencia, eso sí, con exquisita cortesía  como, por ejemplo, el ingeniero director de la Estación Sericícola, Félix Sancho Peñasco, quien contestó a la invitación remitida por la Corporación para asistir a la procesión que sentía “ no poder concurrir por encontrarse algo delicado de salud y no tener autorización del médico para permanecer al relente con la cabeza descubierta tanto tiempo”

Finalmente, ya que estamos refiriéndonos a procesiones, en este año de 1918 hubo otra, el 16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen, fecha en la que salió por primera vez dicha imagen en procesión por las calles de la ciudad desde la iglesia conventual de las MM. Concepcionistas. | Texto: Antonio Gutiérrez Ruiz. A.C. PUERTOGUÍA

2 comentarios en “3.565. La Semana Santa en El Puerto hace 100 años. 1918

  1. Monaguillo por Semana Santa

    Un paréntesis sincero del millennial (puaj) columnista (doble puaj): con seis o siete años me puse una túnica y salí en una procesión de Semana Santa. Sí, me vestí de monaguillo y hoy he venido a regodearme de ello.
    La Semana Santa, se ponga usted como se ponga, tiene todos los ingredientes necesarios para encandilar a un niño. La idea de gente que se disfraza debería ser suficiente para hacerle comprender esta coyuntura. Pero si no le basta, ahí tiene el factor cabalgata: gente que se apelotona para ver pasar carrozas. Disneyland low cost. ¿Más razones? La Semana Santa es jauja. Calles cortadas, flequillos repeinados, música alta y bares a reventar. Y sin límite de aforo. 
    Le voy a decir una cosa que no le va a gustar: bajo la premisa de que los padres no deben influir en las creencias religiosas de sus hijos, tan lógico sería que el niño saliera apóstata como amante de la Semana Santa. 
    Pero volvamos a mi historia. Como monaguillo mis funciones principales eran: uno, seguir el paso a los demás, y dos, cargar con una cesta de mimbre llena de caramelos. Caramelos para los niños que veían la procesión. O sea, que no solo era parte de la cabalgata, sino que además repartía caramelos. Una fantasía. Parte negativa: no podía lanzarlos. Parte positiva: podía elegir a qué niños quería dárselos. El triunfo de la infancia autoritaria.
    La experiencia me maravilló. Un montón de gente celebrando algo que yo no entendía. Felicitándose, abrazándose, emocionándose. Quería formar parte de esa felicidad a toda costa. No se trataba de religión. Hoy por hoy, sigo pensando que no se trata de religión. Aún así, fui perdiendo el interés. ¿La causa? Bueno, aquel viaje a Disneyland durante unas vacaciones de Semana Santa probablemente tuviera algo que ver.
    Voy a decirle una cosa más. Nadie me convenció para ponerme aquella túnica. Aquel niño tenía la suficiente capacidad de decisión como para decidir que él quería formar parte de aquella fiesta. Tanta que, cuando le dijeron que no podía vestirse de nazareno (el disfraz de los mayores) hasta después de hacer la comunión, se enfadó y no volvió a participar en una sola procesión. Una cosa era salir de farra. ¿Pero esperar a trámites eclesiásticos? Ni de coña.
    Manu Garrido

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