Doña Gertrudis era una dama viuda, sin hijos, que había heredado de sus padres diversos inmuebles que le proporcionaban una estimable renta, viviendo en uno de ellos, muy cerquita de la iglesia Mayor Prioral, en la calle San Sebastián, justo enfrente del colegio de la Aurora, aunque en ocasiones, como cuando arrendó la casa durante una temporada al cónsul de Suecia, se trasladaba a otra casa de su propiedad no muy lejana, en la calle Santa Lucía la Ancha, frente a la calle Durango. Desde las ventanas de su casa veía con asiduidad como salía el Viático, lo mismo de día que de noche, atravesando calles pésimamente iluminadas algún sacerdote envuelto en una capa pluvial litúrgica sobre el sobrepelliz o alba y la estola que habían añadido a la sotana.
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