3.966. Rafaela Morón Suárez. El Carrillo de Severo

Algo dejó de ser igual desde que se quemó el Teatro Principal, allá por marzo de 1984. Parecía que con la desaparición del Teatro, se cumplía alguna profecía escrita por George Orwell. A la orfandad de un espacio escénico en condiciones en El Puerto que se presumía tardaría en volver a tenerlo algunas décadas como así fue, se sumaba el cambio de ubicación de un referente para los niños, los fumadores de ‘a puñaíto’, y los golosos de las chucherías y los frutos secos: el Carrillo de Severo se desplazaba, desde los alrededores de la Plaza, esquina con Luna, a la de Juan Gavala donde finalizaría su andadura. 
| El Carrillo de Severo, atendido por la tercera mujer de Antonio Leiva Aguilar, apodado 'Severo', Rafaela Morón Suárez, pegado a la pared lateral del desaparecido Teatro Principal. “Severo se vino a vivir a la calle del Postigo mandó construir un hermoso carrillo, con ruedas de bicicleta, vitrina, depósito en la parte inferior, cubierto todo con un gran toldo de lona graduable. Con este armatoste, Severo se instaló, primero que nadie, en la boca de la Placilla, sobre el muro del frontero Teatro, justo al lado de la puerta del Bar "La Concha". Allí, Severo se convirtió en el "Rey de las pepitas", porque pepitas se llamaron siempre a lo que hoy son pipas e incluso piponazos” | L.S.A. | Foto: Colección Miguel Sánchez Lobato.
Pero aquel diciembre de 2001, niños, fumadores y aficionados a las chuches, no podían percibir la presencia en la distancia de su propietaria, Rafaela Morón Suárez, que se fue de este mundo, cumpliendo con el rito de que la vida es breve, aunque no en su caso que nos dejó con 85 años ya cumplidos. Había nacido en 1916, en plena I Guerra Mundial. 

Se fue Rafaela, la tercera mujer de Severo, como negándose a despachar en Euros, ella que trabajó las perras gordas, perras chicas, céntimos, seis reales, o pesetas de varios cuños y varias caras; no queriendo conocer los céntimos de euro, ni los precios a doble formato. De forma irremediable llega todo, y Rafaela, que ya estaba retirada desde hacía años del negocio, pero que conservaba su impronta, no quiso más cambios a los que ya conoció su vida laboral 

104. SEVERO. El Carrillo de la Ilusión.

¿Cómo hubiera aplicado el IVA a un cartucho de pipas? ¿Le hubiera repercutido el IAE a los citratos de regaliz? ¿Qué norma ISO 9000 sería de aplicación al Carrillo?. Rafaela se habría negado a poner en práctica los redondeos, los cálculos aproximados, y se fue aquel diciembre en el que todavía hacía fría, a despachar al más allá esos placeres mínimos y materiales que a niños y mayores nos alegran la vida, porque afortunadamente existen lugares entrañables como el que ella regentó durante tantísimos años.

1.192. ANTONIO LEIVA AGUILAR ‘SEVERO’. ¡Oiga despacháaa!. (II)

Se ha ido Rafaela, habiendo atendido desde primero el carrillo y luego en el kiosko, a muchas generaciones de portuenses, desde uno de los puestos más antiguos que continuaron en activo algunos años más, atendiendo a la parroquia, y con el que dio de comer y crió a su familia.

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