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4.138. El abuelo hiperactivo. Por Pepe Mendoza

Aquel abuelo de todos era de fidelidades y costumbres fijas. Su familia, sus oraciones, su cacería, su pesca… A sus nietos nos visitaba todos los domingos en el cine, sin faltar ni uno, antes de que empezara la sesión infantil. En cuanto se apagaba la luz sonaba una fanfarria ardorosa y él aparecía siempre muy tieso para contarnos sus batallitas y advertirnos de los peligros del mundo. La de cosas que le había dado tiempo hacer de un domingo para otro. Aunque ya tenía una edad, no paraba quieto. Un abuelo en condiciones, no como el de Heidi, más flojo que un muelle de guita.

| Visita de Franco a El Puerto de Santa María en 1948. Muelle del Vapor.

Era un tipo excelente. Qué digo excelente: Excelentísimo. Con mayúsculas, que era todavía más. El Excelentísimo acude a misa con su señora, narraba en el NODO Matías Prats, aquella voz legendaria por la que veíamos los partidos en la radio. Y todos los curas lo esperaban fuera de la iglesia con un toldo con palos, debajo del cual se metían aunque no lloviera.

| Franco, entrando en los templos de la iglesia católica, bajo palio, cumpliendo el Concordato firmado por el gobierno de la dictadura, con el Vaticano.

El Excelentísimo visita una obra y se protege la cabeza con un casco como el del Capitán Tan. El Excelentísimo inaugura otro pantano. El Excelentísimo preside un desfile militar. El Excelentísimo contempla cómo unas muchachas tiran unos aros para arriba, se dan una vuelta y los cogen sin que se caigan al suelo. 

840. LOS VIAJES DE FRANCO A EL PUERTO.

El Excelentísimo de visita en El Puerto de Santa María, por las calles Larga, Luna, San Juan y Plaza de España “en medio del  entusiasmo de la muchedumbre que vitorea y aplaude a tan insigne huésped”. El Excelentísimo en el fútbol, regalando una copa que era suya, casi siempre al Athletic de Bilbao.

| Franco y su mujer, Carmen Polo, tras entregar la Copa del Generalísimo al capitán, en esta ocasión, del Barcelona, Segarra, en 1957.

| En el Palacio del Pardo, residencia de Franco, Rafael Selma jurado de empresa de Bodegas Terry saluda al dictador estrechando su mano. Acompañaba a Fernando Terry Merello, en la recepción del reconocimiento a Bodegas Terry, como Mejor Empresa del Año.

El Excelentísimo recibiendo en su casa a un montón de gente importante con la mesa hasta arriba de papeles. Cuando las visitas eras muchas y no cabían en su despacho, se asomaba al balcón y desde abajo todos coreaban muchas veces su apellido. Él decía españoles, movía la mano derecha y se iba corriendo a otra alta responsabilidad. ¡Qué estrés, por Dios y por España!

| En 1952 Franco visitaba las Escuelas Profesionales Sagrada Familia (SAFA). Era alcalde Luis Caballero Nogueras, que aparece a la derecha de la imagen.

Algunos niños de mi clase decían que tenía el culo blanco porque su mujer se lo lavaba con Ariel, que era un detergente buenísimo pero que en casa solo lo usábamos para la ropa.

Y un vecino de la calle San Sebastián aseguraba que Barbate y un montón de pueblos más eran suyos enteritos. Y que su hija no pagaba ni en los carrillos ni en los cacharros de la feria porque para eso las pesetas y los duros llevaban tatuadas la cabeza cortada de su padre por la gracia de Dios.

Un día la espichó y mucha gente fue al entierro y lloró con el corazón encogido, como lloramos nosotros en el Teatro Principal cuando la espichó la madre de Bamby.

Un señor mayor vestido de negro con orejas de soplillo y el puchero puesto salió por la tele diciendo que el abuelo acababa de llegar al Cielo. Yo también me puse triste. Pero no mucho, la verdad, porque ese día no hubo colegio y me fui con mis amigos a pescar al espigón de La Puntilla, exactamente a la segunda rotonda, que era el cuartel general de nuestras aventuras marineras en tierra.

4.109. Francisco Franco Bahamonde, oriundo de El Puerto de Santa María

Conforme fui creciendo me fui enterando de que aquel abuelo bajito y de voz aflautada hizo muchas más cosas que no nos contaron las tardes de los domingos de la infancia. De esas batallitas siniestras el NODO nunca nos dijo nada. Qué tramposo. Menos mal que al final, a María, María, se vieron sus tranfullerías. | Texto: Pepe Mendoza.

1 comentario en “4.138. El abuelo hiperactivo. Por Pepe Mendoza

  1. Juan Rincón

    Mil años tardó en morirse,
    pero por fin la palmó.
    Los muertos del cementerio
    están de Fiesta Mayor.
    Seguro que está en el Cielo
    a la derecha de Dios.
    Adivina, adivinanza,
    escuchen con atención.
    A su entierro de paisano
    asistió Napoleón, Torquemada,
    y el caballo del Cid Campeador;
    Millán Astray, Viriato,
    Tejero y Milans del Bosch,
    el coño de la Bernarda,
    y un dentista de León;
    y Celia Gámez, Manolete,
    San Isidro Labrador,
    y el soldado desconocido
    a quien nadie conoció.
    Santa Teresa iba dando
    su brazo incorrupto a Don Pelayo
    que no podía resistir el mal olor.
    El marqués de Villaverde
    iba muy elegantón,
    con uniforme de gala
    de la Santa Inquisición.
    Don Juan March enciende puros
    con billetes de millón,
    y el niño Jesús de Praga
    de primera comunión.
    Mil quinientas doce monjas
    pidiendo con devoción
    al Papa santo de Roma
    pronta canonización.
    Y un pantano inaugurado
    de los del plan Badajoz.
    Y el Ku-Klus-klan que no vino
    pero mandó una adhesión.
    y Rita la cantora,
    y don Cristóbal Colón,
    y una teta disecada
    de Agustina de Aragón.
    La tuna compostelana
    cerraba la procesión
    cantando a diez voces
    clavelitos de mi corazón.
    San José María Pemán
    unos versos recitó,
    servía Perico Chicote
    copas de vino español.
    Para asistir al entierro
    Carrero resucitó
    y, otra vez, tras los responsos,
    al cielo en coche ascendió.
    Ese día en el infierno
    hubo gran agitación,
    muertos de asco y fusilados
    bailaban de sol a sol.
    Siete días con siete noches
    duró la celebración,
    en leguas a la redonda
    el champán se terminó.
    Combatientes de Brunete,
    braceros de Castellón,
    los del exilio de fuera
    y los del exilio interior
    celebraban la victoria
    que la historia les robó.
    Más que alegría, la suya
    era desesperación.
    Como ya habrá adivinado,
    la señora y el señor,
    los apellidos del muerto
    a quien me refiero yo,
    pues colorín colorado,
    igualito que empezó,
    adivina, adivinanza,
    se termina mi canción,
    se termina mi canción.

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