No, no era un sol cualquiera, era un sol radiante y hermoso  como la  calidez del abrazo de una madre al arrobar a su hijo. Eso era ella, una gran madre  de cuatro hijos buenísimos: Raquel, José, Mario y Álvaro a los que adoraba  de igual manera que a su marido. La verdad es que a Antonia Pérez Otero, mi futura vecina por aquel entonces, no la conocía. A  Pepe Beato su marido sí, porque más de una vez tuve que entrar en la farmacia donde trabajaba, a comprar medicinas.
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