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4.008. Antonia Pérez Otero. El sol de mi calle

No, no era un sol cualquiera, era un sol radiante y hermoso  como la  calidez del abrazo de una madre al arrobar a su hijo. Eso era ella, una gran madre  de cuatro hijos buenísimos: Raquel, José, Mario y Álvaro a los que adoraba  de igual manera que a su marido. La verdad es que a Antonia Pérez Otero, mi futura vecina por aquel entonces, no la conocía. A  Pepe Beato su marido sí, porque más de una vez tuve que entrar en la farmacia donde trabajaba, a comprar medicinas.
Poco podía imaginar yo, al verla en algunas ocasiones, que iba a encontrar, a una persona tan cariñosa y tan buena, pues hasta esos momentos, apenas habíamos intercalado unos saludos de cortesía y poco más. Quien nos unió, fue su hijo Álvaro, un mozalbete de unos cuatro años, que cada vez que me acercaba a hablar con él, me hacia “una peineta” y  salía corriendo para su casa. La cosa cambió, cuando mis ánsares tuvieron crías y le hicimos una especie de estanque pequeño, para que se bañaran. Él, los miraba a través de la valla y esta vez le dije: ¿quieres verlos más de cerca? inmediatamente, se vino a casa y desde el momento en que me dio, su manita, nos hicimos amigos. Pero tenía, sin yo saberlo otra aliada, mi perrita Tara, una pastor alemán muy inteligente, que al verlo se interponía entre los ánsares, hasta echarlos, para que no le picaran. Era increíble, como permanecía  en alerta aguantado ella misma picotazos pero sin permitir que se acercaran al niño. 

Pues bien, desde ese día,  a menudo venía a casa para que jugara con él, en unos montes de arena de las casas, por aquel entonces en construcción y esto hizo que nuestro trato fuera creciendo. Aquellos montes de arena, me hacían retrotraerme a mi niñez  al verlo jugar  tan alegremente como  lo hacíamos  nosotros en aquellas dunas en la playa de La Puntilla. 

Como digo, Antonia era  pura dulzura y calidez y sin ella pretenderlo, hacia que  las poquitas vecinas que por aquel momento éramos nos reuniéramos  en animada conversación y  nuestras tardes fueran amenas  y agradables pues siempre se le ocurría alguna cosa, bien, irnos a la búsqueda de espárragos trigueros --ella era un lince, los veía enseguida--almendras, piñones,  albaricoques, flores y todo sin salir de nuestro entorno, pues por esos años la mayoría de los terrenos estaban sin edificar  y tenían árboles frutales a los que podíamos acceder libremente. 

La verdad es que quienes mejor se lo pasaban eran los niños,  pues podían disfrutar de sus bicis y de sus juegos sin ningún peligro. Todavía, me asombra la capacidad que tenia Álvaro para aguantar el dolor, porque, ni una caída, ni un golpe, parecía afectarle, pues su lema era: ¡no es ná! ¿De verdad que no te duele? Nada, ni la picadura de dos avispas a la vez, le parecía significativa, ni quejarse siquiera. Mientras su amigo Javi, lo estaba pasando mal, por lo mismo, él parecía y era un hombrecito y no decía ni mú. Increíble pero cierto.

La vida de Antonia, transcurría  feliz  y tranquila. Por tener, tenía todo cuanto se puede desear: un buen marido  y unos  hijos, que la adoraban y que iban  creciendo  en salud, educación y en buenos valores, y unos padres y hermanos que la arropaban con cariño  como la unida familia que eran. A alguien tan especial y humana como ella, era normal estar  siempre rodeada de  familiares y amigos, a los que  atendía con  amabilidad y encanto. Nunca un mal gesto ni un reclamo, todo lo contrario, era puro corazón. Más de una vez  fue esa  voz de ánimo y esa mano extendida en momentos de apuro en los  que sin  necesidad de palabras te hacía sentir que “estaba ahí”.  Parece que la estoy viendo, con esa alegría que desparramaba generosamente  y con ese brillo en esos ojos picarones pero llenos de nobleza y bondad y esa gracia innata que aún en momentos delicados hacía que aflorara una sonrisa sin más esfuerzo. Era genial y única.

La mala noticia
Como  todo no es felicidad en la vida, la mala noticia llego un mal día. Ella, que era pura vitalidad y alegría, empezó a tener molestias en la garganta y esas molestias por desgracia, derivaron en una enfermedad grave --mal diagnosticada en un principio-- y a la que sucumbió, a pesar de recibir un trasplante  de médula de su hermano. Se fue el 5 de marzo del 2007, rozando los 50,  y desde aquel día, se fue la alegría, de mi calle y el sol, nunca más brilló, con esa intensidad y ese calor  hasta hace muy poco, pues aunque ahora su preciosa hija está en lucha con la vida, la va a vencer porque ella va a interceder y darle fuerza para que lo logre, estoy segura. ¡Dios lo va a querer! Como digo, la alegría y la luz radiante volvió con lo más bonito que podía tener, la risa de un niño hermoso y vivaz  como ella,  su nieto Saúl al que seguro cuida y protege, como lo que era y es... un  verdadero ángel.

¿Que si la extraño? ¿De verdad hay necesidad de que conteste? Dios  guarde  al sol de mi calle y su preciosa y entrañable familia.  | Texto: María Jesús Vela Durán.

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