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La gran nevada que blanqueó El Puerto. Se cumplen 72 años #6.478

Crónica de un episodio inolvidable

| Texto: José María Morillo
El calendario avanza y con él la memoria colectiva señala una fecha que, para quienes la vivieron, sigue siendo irrepetible. Mañana se cumplen 72 años de aquel 3 de febrero de 1954 en que El Puerto de Santa María amaneció cubierto por una nevada insólita en la historia local. La postal todavía sorprende: tejados blancos, calles silenciosas y una ciudad costera convertida, por unas horas, en escenario invernal propio del interior peninsular. Antes de aquel episodio, solo se recordaba un antecedente anterior, el del 9 de febrero de 1935, más breve pero igualmente sorprendente.

Lo que ocurrió aquel invierno tuvo nombre y apellidos meteorológicos. Una intensa irrupción de aire gélido de origen siberiano descendió por Europa y se coló hacia la Península a través de los Pirineos, barriendo de norte a sur todo el territorio. La masa de aire se quedó instalada sobre España, provocando temperaturas inusualmente bajas, especialmente llamativas en el sur y en zonas litorales poco acostumbradas a tales rigores.

El desenlace llegó cuando el anticiclón se replegó hacia el noreste y un frente activo penetró desde Portugal en dirección al Mediterráneo. El choque fue decisivo: con el suelo helado y la atmósfera muy fría, las precipitaciones se transformaron en nieve a cotas prácticamente nulas. Entre el 2 y el 4 de febrero, la nieve visitó áreas llanas de Huelva y Cádiz, se dejó ver en Extremadura y Castilla-La Mancha y tiñó de blanco numerosos puntos del sur peninsular, incluida la franja mediterránea.

En El Puerto, la estampa fue tan extraordinaria como breve. La ciudad se transformó en pocas horas, sus calles y sus monumentos: la Plaza de Toros, el Castillo, la Iglesia Mayor Prioral, Casas Palacios y Conventos y la sierra de San Cristóbal lucieron una capa de nieve en polvo que muchos contemplaron incrédulos. Ciudades vecinas como Cádiz, Jerez, o más allá Sevilla y Málaga compartieron la sorpresa. La costa atlántica, generalmente asociada al viento y la sal, se rindió esa vez al silencio mullido de los copos.

Pero el idilio invernal no tardó en romperse. Pasada la medianoche, el tiempo dio un giro brusco: el viento arreció con violencia y las rachas se convirtieron en vendaval. La lluvia intensa terminó por borrar el manto blanco mientras dejaba tras de sí un rosario de daños: árboles arrancados, vaquerizas destrozadas y caminos anegados. En algunos puntos, la descripción de los testigos habla directamente de “huracán”.

En Grazalema, como corresponde a su reputación climática, la nevada fue generosa y persistente. Allí, algunos núcleos quedaron incomunicados y la nieve permaneció durante días, consolidando una imagen que ya forma parte de la historia de la sierra gaditana en el siglo XX.

Hubo más episodios aislados después. En 1993, la nieve volvió a sorprender en la provincia a nivel del mar, especialmente en la zona de Tarifa, y con posterioridad ha sido más frecuente verla en la serranía. Sin embargo, la nevada de 1954 ocupa un lugar aparte: fue inesperada, generalizada y, sobre todo, quedó fijada en la memoria portuense como el día en que el Atlántico también se vistió de blanco.

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