
| Texto: José Maria Morillo
En el tejido comercial del El Puerto de Santa María de los años sesenta, donde cada negocio tenía nombre, rostro y mucha conversación, la apertura de una carnicería era más que una licencia un pequeño acontecimiento social. Corría 1963 cuando Francisco Gómez López, conocido por todos como Curro, levantaba la persiana de su nueva tablajería en la calle Palacios, casi en la esquina con Misericordia, un enclave hace 63 años vivo de oficios y tránsito vecinal.
El proyecto arrancaba con una intención tan singular como reveladora del carácter de su dueño: bautizar el establecimiento como ‘Carnicería San Curro’. En una época en la que la religiosidad convivía con la retranca portuense, la propuesta no tardó en generar debate. El local, perteneciente a la feligresía de la Prioral, fue finalmente bendecido por José María Rivas Rodríguez, párroco de San Joaquín y amigo personal del propietario. Pero el padre pequeño, con ese humor que aún se recuerda en la Ciudad, zanjó la cuestión con una mezcla de pitorreo y ortodoxia: “—San Curro no existe”. Resultado: el rótulo definitivo del establecimiento fue ‘Carnicería San Francisco’, aunque en el habla popular —más resistente que cualquier decreto— el negocio siguió siendo ‘lo de Curro o San Curro’.
Más allá de la anécdota, la carnicería se integró en un pequeño ecosistema comercial de proximidad. Frente a ella, la hojalatería de José Camacho —que con los años se transformaría en cristalería— y la carpintería de Salvador Lloret componían ese paisaje de talleres y mostradores donde el trato era directo y la clientela fiel, por costumbre y confianza.
La imagen de la inauguración, fechada en 1963, capturaba algo más que un grupo de hombres posando: es una instantánea del comercio tradicional en estado puro, con nombres y apellidos que remiten a una economía de barrio, de vínculos personales y de reputaciones construidas a con el día a día de otra época.
Historias como esta —a medio camino entre la crónica comercial y el costumbrismo— recuerdan que, antes de las marcas globales y las franquicias, el comercio local también tenía algo de relato que pasa a la historia. Y, a veces, incluso, de santo improvisado.
