La toma militar del Castillo de Doña Blanca y Las Vetillas en 1891

| Texto: Enrique Pérez Fernández
Desde la noche de los tiempos, todos los espacios naturales y urbanos guardan la memoria invisible de la gente que los habitó o que circunstancialmente los pisó. Escenas vividas en un mismo escenario que nos son desconocidas porque en un instante las borra el tiempo. En cinco entregas reviviremos algunas historias que ocurrieron en la Sierra de San Cristóbal. Esta primera, vivida en Doña Blanca hace 135 años.
Fue el sábado 20 de junio de 1891 cuando el Castillo de Doña Blanca fue tomado por soldados que practicaban ejercicios militares. Debió de ser todo un espectáculo, que contempló un nutrido grupo de vecinos de El Puerto y Jerez, mayormente de la burguesía, que en carruajes y a caballo llegaron a la Sierra.
Los militares pertenecían al Regimiento de Infantería “Extremadura” nº15 acantonado en el cuartel jerezano del exconvento de San Agustín, frente al Alcázar.

El contingente, formado por dos batallones, salió de Jerez a las 5 de la mañana al mando de los tenientes coroneles Cipriano Alba y Miguel Gómez. Operando como guerrilla, el batallón de vanguardia seguido del de auxilio a unos minutos, tomaron la finca y torre de Doña Blanca, entonces propia del V marqués del Castillo del Valle de Sidueña, el jerezano Juan Manuel Ponce de León y Gordon, cuyo padre, en 1860, había reedificado la torre vigía del siglo XV que se levantó junto a la ermita de Ntra. Sra. de Sidueña, del s. XIII.

Después, dos compañías del regimiento se adentraron por la Sierra practicando ejercicios de tiro hasta alcanzar (a 4 km) el caserío de Las Vetillas (por las vetas de agua que circulan bajo su suelo, erróneamente llamado en nuestros días Las Beatillas) y tomarlo a punta de bayoneta. (A uno de los dos oficiales que dirigió la operación, el capitán Miguel Ferrer, le dio entonces un síncope.)

Así concluyeron las prácticas militares. Agrupada la tropa en la carretera, se encaminaron hasta El Puerto, entrando por la calle Larga hasta el Paseo del Vergel, donde, tras el preceptivo toque de corneta --la fajina--, la tropa recibió el rancho. Y los jefes y oficiales se trasladaron al Restaurant de López Hermanos, en la calle Larga inmediata a la de Palacios, local por entonces muy frecuentado por la burguesía portuense, propio de los coruñeses Alfonso (el cocinero) y Benito. Allí comieron los militares paella, tortilla a la francesa, lenguado frito, chuletas a la milanesa, rosbif, jamón cocido, dulces, frutas, vinos de Jerez y Burdeos y café.
Tras el almuerzo, la Banda Municipal, dirigida por Domingo Veneroni, tocó a los militares algunas piezas de su repertorio, como después hicieron en los distintos puntos de la ciudad donde fueron acogidos y descansaba la tropa. A las cinco de la tarde, el toque de las cornetas anunció que era la hora de emprender el camino de regreso a Jerez, saliendo de la población por la calle Larga, de cuyos balcones las señoras de las casas despidieron a los militares agitando sus pañuelos y lanzándoles flores.

Regresaron los militares, tanto de Jerez como los del portuense cuartel del Polvorista, a realizar maniobras militares de cuando en cuando en la Sierra de San Cristóbal, hasta (al menos) fines de la década de 1920. Esta imagen es de 1917, los soldados tendidos en prácticas de tiro en los terrenos que al paso de dos décadas ocuparían los polvorines militares.

Durante la guerra civil, en 1938, las principales cuevas-canteras de la Sierra comenzaron a ser utilizadas como polvorines. Que se reforzaron a partir de la explosión en Cádiz --el 18 de agosto de 1947-- de las minas almacenadas en la Base de Defensas Submarinas del barrio de San Severiano. Tres meses antes, un contingente militar hizo maniobras militares en la marisma del Guadalete, en la Vega de los Pérez, frente a Doña Blanca, 56 años después de aquella vez en que la asaltaron unos militares llegados de Jerez.
Próxima entrega: Una excavación arqueológica al pie de Doña Blanca en 1894.
