Desaparece el último gran vínculo familiar con el universo literario de Rafael Alberti

| Texto: José María Morillo
Con la muerte de Aitana Alberti León, fallecida este miércoles en Cuba a los 85 años, desaparece una de las últimas voces que mantuvieron vivo, desde la creación literaria y el compromiso cultural, el legado del exilio republicano español. Hija del poeta portuense Rafael Alberti y de la escritora María Teresa León asociada al movimiento cultural de las sinsombrero, Aitana supo escapar del peso de unos apellidos irrepetibles para construir una trayectoria propia, marcada por la poesía, la investigación literaria y una defensa constante de la cultura como puente entre España y América.
Nacida en Buenos Aires (Puerto de Santa María del Buen Ayre) en 1941, durante el destierro de sus padres tras abandonar España desde el puerto de Alicante al término de la Guerra Civil, Aitana fue, desde su primer aliento, hija del exilio. Su biografía quedó inevitablemente atravesada por la memoria de una generación obligada a reinventarse lejos de su tierra. Estudió Ciencias Antropológicas y desarrolló una intensa labor como editora, conferenciante y divulgadora de la Generación del 27, acercando la obra de aquellos poetas tanto a través de Televisión Española como de la Televisión Cubana. En la isla caribeña, donde residió durante casi cuarenta años, presidió el Proyecto Cultural Sur, una red internacional dedicada a la promoción de la poesía y las artes, además de impulsar el prestigioso Festival Internacional de Poesía de La Habana y colaborar desde el Centro Cultural Dulce María Loynaz.

Existe, además, una bonita historia detrás de su nombre. Antes de abandonar definitivamente España, Rafael Alberti y María Teresa León contemplaron por última vez la Sierra de Aitana, la cumbre más elevada de la provincia de Alicante. Aquella montaña quedó grabada en su memoria como símbolo del país perdido y decidieron bautizar así a su hija nacida en el exilio. El gesto tuvo una consecuencia inesperada: aunque el topónimo existía desde antiguo, apenas se empleaba como nombre de mujer. Fue Aitana Alberti quien, sin pretenderlo, inauguró un nombre que décadas después se convertiría en uno de los más populares de España, llevando consigo un origen profundamente ligado a la memoria histórica y al desarraigo.
Su obra poética, traducida a varios idiomas, siempre orbitó alrededor de la identidad, la ausencia y la pertenencia. Entre sus libros más significativos destaca Inquilinos de la soledad, un relato coral donde la ficción se entrelaza con la experiencia familiar para reconstruir el drama del exilio republicano. En sus páginas, los personajes reales conviven con los imaginarios en un ejercicio de memoria literaria que trasciende el testimonio histórico para convertirse en una reflexión universal sobre la pérdida, la dignidad y la esperanza.

Aitana Alberti nunca fue únicamente la heredera de dos gigantes de las letras españolas. Fue una escritora con voz propia que entendió que la literatura no solo preserva la memoria, sino que también la transforma en patrimonio colectivo. Con su desaparición se extingue una de las últimas depositarias directas de aquella generación que hizo de la palabra un refugio frente al destierro. Su legado, sin embargo, permanece intacto en sus versos y en el empeño de haber tendido un puente permanente entre la España que dejó atrás su familia y la América que terminó convirtiéndose en su hogar.
