
| Texto: José María Morillo
El matrimonio compartió mesa y conversación con varios periodistas en la desaparecida Venta El Marinero. El abogado alertó del deterioro de los palacios, la dispersión urbana y las dificultades de vivir en el casco antiguo
En marzo de 2004, cuando la Venta El Marinero todavía mantenía encendidos sus fogones en la carretera de Sanlúcar, el matrimonio formado por el abogado Luis Suárez Ávila y Pepita Lena Terry protagonizó una de aquellas tertulias periodísticas en las que El Puerto se examinaba a sí mismo alrededor de una mesa. El menú, compuesto principalmente por platos y vinos portuenses, sirvió de acompañamiento a una conversación en la que afloraron el urbanismo, el patrimonio, el turismo, los antiguos oficios y hasta el flamenco.
Suárez Ávila, que había sido concejal de Cultura entre 1986 y 1987 creando el Centro Municipal de Patrimonio Histórico, comenzó evocando una Ciudad mucho más pequeña y reconocible, anterior al gran crecimiento demográfico de las últimas décadas: «Cuando yo era joven, todo el mundo se conocía entre sí, y ahora no reconozco apenas a nadie».
Aquel cambio humano llevaba aparejada, a su juicio, una profunda transformación del paisaje urbano. El abogado reivindicó el trazado histórico de la ciudad y lamentó que no hubiese sido protegido con el cuidado que merecía: «El urbanismo en damero de El Puerto fue modelo para muchas ciudades de América que hoy aún lo conservan y, sin embargo, aquí se ha perdido. Precisamente en la novela picaresca del Siglo de Oro, nuestras calles equivalían al seis de la baraja de cartas, ‘Las calles de El Puerto’, citaban para sustituir al naipe. Parece que se ha hecho caso omiso a que El Puerto es Conjunto Histórico Artístico. No se han hecho las cosas bien».
Vivir en el casco histórico es un acto de heroísmo»
Buena parte de la tertulia estuvo dedicada al deterioro de las casas palacio que durante siglos dieron prestigio y personalidad a El Puerto. Para Luis Suárez Ávila, la incorporación de nuevos modelos arquitectónicos nunca debía significar la ruptura con el legado anterior.
El abogado hablaba, además, desde su propia experiencia como residente del casco histórico. «Un auténtico acto de heroísmo, aunque yo tengo la suerte de vivir en la casa que fuera de mis tatarabuelos», decía. La casa ya no está en manos de la familia, tras el fallecimiento del abogado. Consideraba imprescindible que el Ayuntamiento facilitara la permanencia de los vecinos mediante incentivos fiscales, nuevas ordenanzas y una estrategia de rehabilitación verdaderamente eficaz.
Su diagnóstico fue tan gráfico como demoledor: «Lo que no se puede es seguir permitiendo que a vista de pájaro El Puerto parezca que ha sufrido un auténtico bombardeo».
Una ciudad sin un centro claramente definido"
Pepita Lena Terry intervino para señalar que el centro de El Puerto se encontraba cada vez más disperso. Su marido recogió la reflexión y planteó una pregunta que, más de dos décadas después, conserva toda su vigencia: «¿Dónde está el centro de El Puerto? Una cosa es el casco antiguo y otra el punto neurálgico de una población. ¿Está en Valdelagrana, Vistahermosa, o quizás en la zona de Crevillet? Antes, todo lo relacionado con el urbanismo reflejaba orden, las calles estaban perfectamente trazadas, tiradas a cordel. Hoy ocurre justo lo contrario».
Suárez Ávila situaba el comienzo del deterioro arquitectónico en los años sesenta, cuando la expansión urbana comenzó a alterar el equilibrio de la antigua ciudad. Según recordó, El Puerto había pasado de ser conocido como Ciudad de los Cien Palacios a convertirse en una población fragmentada en numerosas urbanizaciones.
Tampoco fue indulgente al analizar el modelo turístico desarrollado durante aquellos años. En su opinión, la expansión residencial no había conseguido atraer al visitante de mayor capacidad económica que la ciudad necesitaba: «Una población con distintas urbanizaciones que encima no nos sirven para captar un turismo de calidad, ya que contamos con visitantes que apenas gastan. Aquí lo que hay es un turismo barato».
La memoria de los mayores y los oficios perdidos"
La conversación derivó después hacia la identidad portuense. Con su habitual mezcla de conocimiento histórico e ironía, Suárez Ávila sostuvo que el verdadero portuense debía conservar, al menos, «una gotita de sangre montañesa», en referencia a las familias procedentes de la antigua provincia de Santander que se establecieron en la ciudad y desempeñaron un papel fundamental en su desarrollo comercial.
También lamentó que la sociedad moderna hubiera relegado la experiencia de los mayores. A su entender, aquella ruptura en la transmisión de conocimientos estaba provocando la desaparición de numerosos oficios: «Ellos tienen inculcada una manera distinta de aprender las cosas que hoy se está perdiendo, y esto conlleva a que muchos oficios desaparezcan».
La idea quedó resumida en una paradoja que no ha perdido actualidad: todos querían convertirse en arquitectos, pero cada vez había menos personas dispuestas a colocar los ladrillos.
El flamenco, entre la comercialización y el dominó"
La sobremesa acabó desembocando inevitablemente en el flamenco, una de las grandes pasiones y campos de estudio de Luis Suárez Ávila, como fue el Romancero de Tradición Oral. El abogado criticó la utilización superficial de este arte como reclamo comercial: «Están utilizando mi nombre para vender discos».
Tampoco dejó escapar la ocasión de lanzar una de sus afiladas observaciones sobre el ambiente flamenco local: «Y en cuanto a las peñas de aquí, sólo puedo decir de ellas que son el lugar idóneo para aprender a jugar al dominó».
Así terminó aquella tertulia de 2004 en la Venta El Marinero: entre la memoria de una ciudad trazada a cordel y la preocupación por un casco histórico que comenzaba a quedarse sin vecinos, sin oficios y sin pulso cotidiano. Leídas hoy, aquellas palabras no parecen pertenecer únicamente al pasado, aunque se aprecia un tímido despertar. Más bien suenan como una advertencia que El Puerto todavía no ha terminado de escuchar.

Excelente artículo, la dura y triste realidad de hoy , relatada en los años 80, que pena
Y José María gracias por recordarnos tantas cosas, aunque algunas sean tristes
Uno de los principales problemas del ayuntamiento de El Puerto es q tiene la población diseminada en 30 núcleos de población Asi es difícil prestar servicios a cada una de las zonas. Referente al comentario q decia Luus Suárez Ávila, aunque no resido en El Puerto tengo un cuarto de sangre montañesa, un tatarabuelo José Morante de la Madrid, procedente de Cañeda y un abuelo quinto Diego Ibáñez Pacheco, del del Valle de Reocin, del q conservamos el panteón.