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Manuel Ortega Domínguez. A su buena memoria #6.501

| Texto: José María Morillo
Manuel Ortega Domínguez (El Puerto de Santa María, 1939-2026) ha fallecido a los 87 años dejando tras de sí una ciudad donde ha quedado la marca de su pincel. Pintor precoz, rotulista, muralista y durante décadas pintor municipal de El Puerto, convirtió muros desconchados y transformadores eléctricos en lienzos con identidad propia. Desde los talleres artesanos y las bodegas hasta la Base Naval y el Ayuntamiento, su obra fue siempre sinónimo de oficio y constancia. Padre de cinco hijos, trabajó desde niño para sacar adelante a su familia sin abandonar nunca su vocación artística. Su firma permanece en escudos, parques y escenas populares que aún hoy forman parte del paisaje urbano. Su familia había promovido recientemente algún tipo de reconocimiento público a su trayectoria. La vida, caprichosa, se adelantó. Una indisposición repentina nos lo arrebató el pasado lunes.

1.361. MANUEL ORTEGA DOMÍNGUEZ. Pintor.

El Puerto pierde a uno de esos hombres que no necesitaron focos para iluminar su ciudad. Manuel Ortega Domínguez, ha dejado tras de sí una obra dispersa y, a la vez, perfectamente reconocible: está en los muros, en los transformadores, en los parques, en los escudos que aún resisten el paso del tiempo. Está, en definitiva, en la pintura urbana de El Puerto.

Nació el 8 de agosto de 1939 en la calle Lechería —la actual Cervantes—, en el seno de una familia humilde y numerosa: era el séptimo de ocho hermanos. Apenas había terminado la Guerra Civil cuando vino al mundo; un mes después estallaba la Segunda Guerra Mundial. A él le tocó otra batalla más silenciosa: la de sacar adelante a los suyos con pinceles y trabajo constante. Se casó muy joven, con apenas 17 años, con María Arana Pino, con quien formó una familia de cinco hijos que fue siempre su prioridad.

| Una imagen tomada en noiembre de 2012 en su taller de la calle La Rosa

Si algo definió su trayectoria fue la precocidad. Con siete años ya dibujaba evangelios en las pizarras del colegio de San Luis Gonzaga. Los curas confiaban en aquel chiquillo que trazaba figuras con tiza de colores y escribía los textos con pulso firme. A los nueve entró como aprendiz de hojalatero en la calle Larga, en el taller de Pérez, frente al bar La Perdiz, pero pronto comprendió que su destino no estaba en la chapa, sino en pintura.

| Una instantánea del interior del taller de Manuel Ortega en la calle La Rosa

Aprendió el oficio en talleres portuenses, pintando desde bicicletas hasta motocicletas, y más tarde coches y camiones en plena efervescencia de la Base Naval de Rota. Trabajó para bodegas históricas como Bodegas Osborne, rotulando a mano canastas y cajas de brandy destinadas a la exportación. Aquello no era arte de museo, pero sí arte aplicado: precisión, plantilla y orgullo por el trabajo bien hecho.

| Manuel Ortega en una muestra de arte en la calle

El servicio militar en Melilla confirmó su talento. Ganó un concurso de pintura con una bandera de España; el premio —200 pesetas y un mes de permiso— fue directamente a casa. “Me hacían falta las perras”, solía decir con crudeza y sin dramatismos. Pintó tanques, vehículos y escudos militares, entre ellos una avispa con una llave que se convirtió en símbolo recurrente y, según contaba, en sustento para sus hijos.

De regreso, encontró estabilidad al obtener por concurso una plaza como pintor municipal del Ayuntamiento de El Puerto, durante el mandato de Rafael Gómez Ojeda. No fue un encargo a dedo, sino una prueba pública en la que presentó el escudo de la ciudad. A partir de ahí, durante décadas, su trabajo acompañó a siete legislaturas distintas.

| Pintando un telón basado en el maltrecho monumento a Muñoz Seca, en la plaza de Isaac Peral.

Donde cualquiera veía muros desconchados, él veía lienzos. Transformó transformadores eléctricos en murales; llevó escenas del parque a la Clínica Frontela y estampó estampas marineras en La Puntilla, Barriada San Isidro,  Valdelagrana, Las Banderas, calle Sevilla. El desaparecido Vapor, la ermita, las coquineras del Carnaval… Su iconografía era popular, reconocible, de Manuel Ortega.

| Recuperando un mural antiguo en la sede de Urbanismo, Palacio de Valdivieso.

También dejó su huella como rotulista y escenógrafo, pintando telones para concursos carnavalescos y hasta el escudo de la Diputación sobre el albero de la Plaza de Toros. En la arena de la playa dibujaba con tintes de colores y un poco de cola para que el viento no le robara la obra. Arte efímero, pero celebrado.

Dominó el óleo, el acrílico y la acuarela, aunque su consejo era sencillo y casi pedagógico: “El que quiera pintar, que empiece por dibujar”. Más de ochenta años entre pinceles le daban autoridad para afirmarlo sin solemnidad.

| Taller calle La Rosa

Se jubiló en 2004, pero nunca se retiró del todo. Su taller de la calle La Rosa siguió siendo refugio de cuadros, escudos y recuerdos. Allí, rodeado de sus obras, hablaba de trabajo, de esfuerzo y de la ciudad que amaba. Y esa memoria —la buena memoria del pintor— permanece.

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