
| Texto: Ángel Mendoza
Alguien debería tomarse muy en serio la necesidad de sacar a las calles una cabalgata con todo lo bueno que ha perdido esta Ciudad de un tiempo a esta parte. Sería como ese espejo a lo largo del camino que un escritor decimonónico utilizó para definir el arte de la novela. Pues bien, esa novela de El Puerto de Santa María nos contaría la inmunda decadencia en la que se hunde este rincón nuestro a paso de dinosaurio, sin que parezca importarnos demasiado, acostumbrados como estamos a que todo aquí se deteriore, se malogre, y, finalmente, acabe arrastrado hacia el sumidero del olvido.
¿Presidiría esa cabalgata el más histriónico de nuestros gerifaltes? Seguro que no. ¿Se harían cientos de fotografías los chicos de mayoría absoluta? Seguro que tampoco, porque más que una celebración sería un desfile fúnebre, el recordatorio vergonzante de un balance de comprobación en números escandalosamente negros.
Viene todo esto porque en el marzo que ya corre --mes que existe, por cierto, para que todo renazca-- ha echado el cerrojo El Boletín Cultural, heroicidad que hace nada cumplió un cuarto de siglo y ya no va a volver a soplar vela ninguna. Su mentor y esforzado director, el portuense nacido en Rota Eduardo Albaladejo, cuenta en el prólogo de este luctuoso número que ya no puede más y que la puntilla ha sido la retirada de publicidad de su principal anunciante. ¿Hay se ser licenciado en algo para deducir la personalidad --por decir algo-- del principal anunciante, que somos todos, pero que son tres o cuatro?
Claro que no, y el caso es que nos deja para siempre esa publicación liviana, cómoda de guardar, esperada y perfectamente diseñada con un gusto exquisito, que durante años ocupó un trozo de nuestras casas, de nuestras mochilas y de nuestros planes. Así pues, cerrando el tétrico y extenso cortejo de lo valioso que deja de latir por la desidia y la poca vergüenza, en esta “Gran Ciudad” y bla, bla, bla, desfilan ya las informadas páginas de El Boletín. En el crematorio en el que ardan tendrían que arder también las carreras políticas de quienes no han sabido ni querido evitarlo.
