La construcción de un imaginario entre lo mágico y lo cotidiano
| Texto: José María Morillo
María José Vela García (1965), sevillana de nacimiento y portuense de sentimientos, formada en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, ha ejercido hasta hace poco más de un año como profesora de Plástica. Su último destino antes de su jubilación, el IES Valdelagrana, pero antes en el IES Muñoz Seca, y en el Bachillerato de Artes del IES Juan Lara.

María José derrocha una pintura donde el color desplaza a la materia para convertirse en el auténtico motor expresivo de la obra. Su universo visual bebe abiertamente de la estética Pop y de ciertos códigos Kitsch, utilizando juguetes, criaturas fantásticas y personajes improbables que aparecen ante el lienzo con naturalidad casi teatral. Más allá de etiquetas entre figuración o abstracción, lo que realmente domina en su discurso es la búsqueda del disfrute creativo y de una conexión emocional abierta, permitiendo que cada espectador construya “su propia historia en este mundo de ilusión”.
1965
El año de su nacimiento era alcalde de El Puerto Luis Portillo Ruiz. Se creaba AFANAS, asociación de familiares de personas con disminución de la capacidad intelectual. La comparsa del Carnaval de Cádiz, ‘Los hombres del mar’, interpretaba un tema de Paco Alba, dedicado al vapor. El R.C. Portuense fichaba al jugador Carlos Pumar Algaba. Nacía ‘La Voz de la Bahía’, un nuevo medio de comunicación local con vocación de Bahía; tuvo una vida efímera: apenas un año, al convertirse en un medio crítico con el poder de la época y ser vetado por los grandes anunciantes de la zona. Manuel Martínez Alfonso, su director, iniciaba una cruzada en ‘La Voz de la Bahía’ para evitar que se construyeran bloques de pisos en la Plaza del Polvorista, al igual que ocurriera en la Plaza de la Pescadería cinco años antes.

Cuando se le pregunta por los recuerdos visuales de la infancia que todavía sobreviven en su pintura, la artista responde dibujando una cartografía íntima donde memoria y percepción se funden hasta hacerse inseparables. “Mi obra es un punto de encuentro entre la memoria y los sentidos”, afirma, dejando claro que su pintura no nace de la reproducción literal del recuerdo, sino de la emoción que permanece pegada a él.
La luz ocupa un lugar central en ese universo. Sevilla y Chipiona aparecen como dos territorios emocionales desde los que construye una iluminación vibrante, cálida y casi escultural. No habla de la luz como un efecto técnico, sino como una herramienta capaz de modelar el volumen y activar el color desde dentro.
También la naturaleza emerge como memoria viva. Las flores de sus cuadros son jardines recuperados de la niñez, imágenes que buscan despertar algo más que la mirada. María José aspira a que el espectador perciba incluso “su aroma y su pulso vital”, en una concepción profundamente sensorial de la pintura.

La presencia animal añade una dimensión narrativa y simbólica a su trabajo. Influida por Félix Rodríguez de la Fuente y Jacques Cousteau, trata a los animales con una ternura poco frecuente en la figuración contemporánea. En sus lienzos actúan “como espejos de la emoción humana”, introduciendo un realismo mágico sereno y delicado que convierte la memoria infantil en un territorio todavía habitado.
La artista sitúa el origen de su vocación en un territorio donde el dibujo no era todavía una elección consciente, sino una forma natural de habitar el mundo. “Desde que tengo memoria, siempre he estado pintando, coloreando o recortando”, recuerda, subrayando además que aquella inclinación surgió en un entorno familiar ajeno a cualquier tradición artística. No había herencia creativa ni estímulos culturales evidentes: el impulso parecía nacer únicamente de ella.

Su relato adquiere especial fuerza cuando evoca la dureza del sistema educativo de entonces, basado en clasificaciones rígidas y etiquetas tempranas. La niña que dibujaba acabó situada en el grupo de las consideradas “torpes”, una palabra que hoy suena casi brutal por su crudeza pedagógica. Sin embargo, en medio de aquel contexto apareció la figura decisiva de Doña Amelia, una profesora con sensibilidad artística que convirtió el dibujo en una herramienta de reconocimiento y rescate emocional.
El episodio del dibujo de “Platero” funciona de forma fundamental. La maestra descubre talento donde otros solo veían bajo rendimiento y, “de un plumazo”, la cambia al grupo de las mejores alumnas. Más allá de la anécdota escolar, María José comprende entonces que el dibujo podía alterar la percepción que los demás tenían de ella. “Descubrí que el dibujo otorgaba un estatus”, afirma, revelando cómo el arte no solo construyó su identidad creativa, sino también su autoestima y su lugar dentro del mundo.
Llegada a El Puerto

María José recuerda su llegada a El Puerto de Santa María como una especie de revelación luminosa tras años de sacrificio entre estudios y trabajo familiar en Sevilla. “Vivir unas vacaciones pagadas”, afirma, evocando una ciudad que entonces latía entre bodegas, turismo y noches interminables. Más que un destino profesional, El Puerto aparece en su relato como un estado de ánimo marcado por la luz blanca, el vino y una alegría colectiva hoy casi desaparecida.
El recorrido posterior por Córdoba y Puente Genil le permitió descubrir otros paisajes emocionales y estéticos. Córdoba surge como una ciudad “bella y enigmática”, de claroscuros más profundos, donde además encontró refugio creativo en el teatro. Muy distinta fue la experiencia en Puente Genil, cuya dureza climática y atmósfera cerrada describe con sinceridad, alejándose de cualquier idealización romántica de la itinerancia docente.

Sin embargo, el relato termina regresando al punto de origen, casi como una novela circular. Volvió al IES Pedro Muñoz Seca, pasó por el Bachillerato de Artes del IES Juan Lara y acabó consolidando su vínculo emocional en el IES Valdelagrana. Aunque hoy reside en Jerez, hay una afirmación que resume este relato: “siempre sentiré que El Puerto es, definitivamente, mi pueblo.” Más que una elección geográfica, parece una pertenencia sentimental.
María José encuentra el secreto de El Puerto de Santa María en un equilibrio cada vez más difícil de hallar: una ciudad cómoda y funcional sin perder identidad ni ritmo humano. Destaca su ubicación privilegiada, las conexiones, los servicios y esa “regla de los 10 minutos” que convierte la vida cotidiana en algo menos hostil que en otras ciudades. Pero su respuesta deja claro que el verdadero arraigo no nace de la logística, sino de la atmósfera.
Lo que termina conquistando, según desarrolla, es “el ambiente de sus calles, la calidad de sus playas y una escena cultural que está emergiendo últimamente.” Su mirada desmonta parcialmente el viejo tópico de ciudad meramente turística: El Puerto aparece aquí como un lugar capaz de transformar al visitante ocasional en alguien que acaba sintiéndolo suyo.
El aula de Plástica no es un recreo

La artista reivindica la enseñanza de la Plástica como un espacio mucho más complejo de lo que habitualmente se reconoce desde el ámbito académico. “El aula de Plástica no es un recreo, sino un laboratorio de experimentación”, afirma, cuestionando esa jerarquía educativa que suele relegar las disciplinas artísticas frente a materias consideradas más “útiles” o serias. Su reflexión resulta especialmente pertinente en una época saturada de imágenes, pero escasa de pensamiento visual crítico.
Para ella, el verdadero aprendizaje artístico no consiste únicamente en dibujar o pintar, sino en enseñar al alumnado a pensar de manera flexible, gestionar emociones y transformar ideas en algo tangible. La creación aparece así como una herramienta de confianza y construcción personal. Además, reivindica el valor físico y colectivo del arte escolar: “mancharse las manos”, intervenir espacios y dejar obras en los pasillos del instituto como huellas visibles de quienes pasaron por allí.
Jubilación y creatividad

"He notado un cambio importante en mi proceso creativo. Siempre me he movido mejor en la intuición que en la lógica, pero mi reciente jubilación me ha permitido asentar el caos. Al no tener que trabajar con prisas, ahora puedo organizar mis ideas y dotar a mis proyectos de una estructura y una intención mucho más claras."
La artista no entiende la jubilación como un cierre, sino como una liberación creativa. Lejos de la idea de retirada, percibe este momento como la posibilidad de entrar plenamente “en su propio universo” y dedicar por fin tiempo y energía a una pintura menos condicionada por las obligaciones cotidianas o laborales. Hay en sus palabras una sensación de apertura, casi de segunda juventud artística.

Lo que encuentra en la pintura es, sobre todo, la capacidad de exteriorizar emociones y dar forma visible a mundos interiores. Habla de “recrear escenas” y de otorgar vida a seres entrañables, pero también de compartirlos con los demás. La creación deja así de ser un ejercicio íntimo para convertirse en una experiencia emocional colectiva, donde el espectador participa de ese universo sensible que ella construye.

María José Vela García, aparte de ser una gran artista, que sabe trabajar el color, la luz y toda esa imaginación que lleva dentro con toda su sensibilidad, es una gran persona.... increíble. Enhorabuena.