Tertulia de postín tras los toros: cuando el toreo se hacía palabra

| Texto: Verbigracia García L.
Esta imagen está tomada al terminar una de aquellas memorables Jornadas Taurinas de la Universidad de Granada, celebradas en la histórica Corrala de Santiago, en pleno corazón del Realejo. Ya apagados los ecos de las conferencias y los debates académicos, comenzaba entonces otra liturgia igualmente taurina: la de la conversación tranquila, la amistad y el cante compartido.
La guitarra descansa en las manos del profesor Carlos Orte, alma de la Corrala y principal impulsor de aquellas jornadas que lograron reunir durante años a toreros, críticos, aficionados e intelectuales bajo un mismo techo. Orte, hoy desaparecido, fue además estrecho amigo y compañero de estudios del recordado farmacéutico portuense Antonio Gil de Reboleño Insúa (también desaparecido), otro de esos aficionados para quienes la tauromaquia era mucho más que un espectáculo.
Alrededor de la mesa se reconocen rostros ligados al mundo de los toros. Entre ellos, el maestro José Luis Galloso y su fiel mozo de espadas, Paco Ragel, compartiendo tertulia en un ambiente donde el análisis de una faena podía desembocar en una copla o en un toque de guitarra. También aparece quien fuera prestigioso crítico taurino de Diario de Cádiz, Curro Orgambides, presencia habitual en distintas ediciones de aquellas jornadas granadinas.
No hace falta precisar el año. Basta observar la escena para entender que pertenece a un tiempo en el que la afición se cultivaba cara a cara, sin prisas ni pantallas, en sobremesas que podían prolongarse hasta la madrugada. Un tiempo en el que la universidad abría sus puertas al pensamiento taurino y donde la palabra tenía tanto peso como el pase bien ejecutado.
Las Jornadas Taurinas de Granada continúan celebrándose en la actualidad bajo la organización de Ana Abuín, presidenta de la plaza de toros granadina. Pero esta fotografía conserva el sabor irrepetible de aquellos encuentros del siglo XX en los que, concluida la lección magistral, comenzaba la verdadera tertulia: la que se escribía entre amigos, alrededor de una mesa casi camilla, con una guitarra dispuesta y el toreo como idioma común.
