Cuando se apagó una forma de vivir el Barrio Alto

| Texto: Luis Suárez Ávila [*]
Me dicen que Manolete acaba de esfumarse para siempre de este universo mundo global que es el Barrio Alto. Es decir, que Manolete ha muerto. Hoy será el entierro de este singularísmo y entrañable personaje que escogió ser célibe, desde que, en su juventud, los hermanos de su novia, en Puerto Real, le dieran una tollina para que pasara. Desde entonces, Manolete perdió la afición por el matrimonio y el atamiento con vínculos permanentes y se convirtió en un personaje autosuficiente, pero muy sociable.
Manolete, que no se llamaba Manolete, sino José Cordones Cerpa, brilló con luz propia en los tramos de calles Cruces, entre San Juan y San Sebastián, y calle Postigo, entre San Juan y Cruces.
Pescador de caña, con la que obtuvo importantes capturas y premios; cazador con perchas y lúas; pronosticador del tiempo y las mareas; recolector de tagarninas, cardillos, higos y caracoles; ciclista experto y animoso corredor de fondo; jugador notable de futbito; moyatoso de pro, pedía los vasos de vino con el grito de "ponme una droga blanda"; miembro notabilísimo del sindicato anarquista reconstituido de parados de larga duración; encalador y escalador expertísimo, que empalmaba milagrosamente con sogas una escalera tras otra, hasta obtener la altura de una fachada por alta que fuera; practicante concienzudo de la chapuza y eficiente solucionador de los desavíos y averías; criador y domador de perros callejeros; conversador amenísimo e ingenioso y ocurrente contador de historias y sucesos surrealistas; dueño de un solo y largo diente en la mandíbula inferior, pero para afuera, pisándole el labio superior e incluso surcándole el bigote; cocinero de una sola ración; personaje tierno, jovial, amigo de sus amigos, querido por todos.
Eso y mucho más fue Manolete.
Había solicitado pasar un cásting en "Los Ratones Colorados" de Jesús Quintero, pero no lo habían avisado todavía. La verdad es que, desde que lo ingresaron hace un año, con no se sabe qué dolencia, Manolete no era el mismo.
Conservaba su diente, pero su mirada había perdido brillo.Se le veía sin alegría. Bebía, de cuando en cuando, un zumo de fruta. Sesteaba. Existía, cada vez más delgado. Se ha ido consumiendo. Hoy me entero de que Manolete ha muerto. Y con él se va acabando la casta de los irrepetibles e infrecuentes. Que la tierra le sea leve.
[*] Texto publicado en Diario de Cádiz el 7 de marzo de 2004

Siempre es buen momento para disfrutar de la prosa inigualable de Luis Suárez Ávila.