2.308. LAS ALDEAS ANDALUSÍES DE LA CAMPIÑA (y 2). Isla Cartare (VII)

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Localizaciones de las aldeas andalusíes en el término portuense. En verde, las que se rememoran en esta nótula.

Completamos en esta entrega el recorrido por las once aldeas o alquerías andalusíes que iniciamos en la anterior (ver nótula 2.294), las que se distribuían por la campiña portuense hasta que fueron repobladas en 1268, tras la definitiva conquista alfonsí (1264) de las poblaciones y tierras del territorio gaditano-xericiense. Las ya rememoradas, Grañina-Grañinilla, Campix, Fontanina y Poblanina, se emplazaban al norte de la laguna del Gallo y fueron –las dos primeras- las poblaciones más importantes de la campiña, según se infiere del Libro del Repartimiento y de las prospecciones arqueológicas.

Las otras seis se emplazaban al sur y sureste de la laguna y todas teniendo al agua como protagonista de su espacio vital: Finojera junto al arroyo Campillo, derivado del Salado de Rota; Bayna junto al Salado; Villarana en las inmediaciones del Salado y del afluente de su nombre; y al sureste, Bollullos en la laguna Salada y Machar Grasul y Machar Tamarit en derredor de la pequeña marisma de los Tercios, al pie norte de la Sierra de San Cristóbal.

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Fotografía aérea de Finojera con la toponimia de su entorno. Abajo, el cruce de las carreteras El Puerto-Sanlúcar y Jerez-Rota

Todas las alquerías andalusíes que existieron en el término portuense dependieron fiscal y administrativamente de Jerez (Saris), la capital de la cora de Sidonia desde la segunda mitad del siglo X. Pequeñas aldeas integradas por pobladores unidos por lazos tribales, que mantendrían el modo de vida islámico que arraigó a partir de la ocupación a comienzos del siglo VIII de la decadente sociedad hispano-visigoda. Las principales poblaciones –Campix, Grañina-Grañinilla, Casarejos, Al-Qanatir- fueron fortificadas con torres y recintos murados y comunicadas por caminos que han perdurado hasta nuestros días. Las viviendas, sobrias, sin mostrar la diferenciación social y económica de sus moradores: las pequeñas ventanas de celosía, para ver sin ser vistos; el zaguán que daba paso al espacio que era el centro de la vida familiar, el patio, con el agua presente en forma de aljibe o pozo y plantas y flores que graduaban la temperatura de las viviendas; y alrededor, los dormitorios, las salas, la cocina y el aseo. Y como centro espiritual de las alquerías, las mezquitas, lugar no sólo donde se realizaba cinco veces al día el obligado rezo o salat, también lugar de encuentro donde se trataban y compartían los asuntos comunitarios. Y al menos en las principales alquerías, los zocos, donde se vendían los productos agrícolas y ganaderos del entorno y las manufacturas necesarias para la vida cotidiana. Y las escuelas coránicas donde se aprendía a leer, escribir y memorizar con rezos las enseñanzas del Profeta.

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Fragmento de borde de tinaja estampillada con las palabras ‘La Paz’, procedente de la alquería de Finojera. / Museo Municipal.

FINOJERA   
Esta alquería, variación de la voz ‘hinojera’, de ‘hinojo’, se encontraba en el espacio que media entre la torreta del depósito de agua de la carretera El Puerto-Sanlúcar y el cruce de ésta con la de Jerez-Rota, en el cerro de Venta Alta (que alude a la venta-posada que aquí existía en el siglo XIX, mencionada por algunos viajeros románticos), pero su antiguo nombre se ha conservado en las tierras de Hinojosa Alta y Baja, en linde y al sureste de la alquería andalusí. Aquí, junto al cruce de las carreteras indicadas, la alquería recibía las aguas del arroyo Campillo –el que a comienzos del siglo XVI llamaban del Serrano-, afluente del Salado y procedente de las tierras de Bayna, como bien menciona el Libro ubicando el límite sur de Finojera: “parte por término de Vayna por el arroyo arriba”. En linde al arroyo Campillo se encuentran los antiguos Pozos del Duque, por los de Medinaceli, los señores jurisdiccionales de El Puerto, que ciertamente fueron, ya a mediados del siglo XV, propietarios de estas tierras entonces nombradas Inogeruela.

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Fragmento de candil con decoración pintada, típico de la región norteafricana, prospectado en Finojera. / Museo Municipal.

Consta la existencia de una mezquita en la alquería y un número indeterminado de casas que en 1268 se repartieron –fronteras a sus nuevas tierras, distribuidas de forma radial- a seis repobladores.

En el plano que encabeza esta nótula marcamos dos puntos en rojo (con interrogantes) situados al este de la laguna del Gallo y al norte de Finojera. Son dos yacimientos andalusíes que localizamos en las prospecciones arqueológicas -en el entorno de las casas de Bulé y María Manuela-, que debieron de ser pequeñas casas rurales vinculadas a las alquerías próximas.

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Fotografía aérea de Vaina con los hitos mencionados en el Libro del Repartimiento.

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El cortijo de Vaina y las tierras donde existió la aldea andalusí. / Foto, Juan José López Amador.

 

BAYNA   
Al este de Finojera se encontraba Bayna o Vayna (que con ambas grafías lo nombra el Libro del reparto), topónimo que ha llegado a nuestros días en la forma Vaina nombrando a un cortijo y a las tierras donde se levantó la alquería. Acaso su nombre proceda del patronímico latino Baius, o quizás del bayna árabe, con el significado ‘entre’ (de haber sido así, el nombre andalusí completo se perdió porque en su origen aludiría a dos espacios o accidentes geográficos ‘entre’ los que se ubicaría la alquería).

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Monedas andalusíes de Vaina: 1 a 3: Feluses de cobre, fechables en los primeros momentos de la conquista musulmana. 4: no identificada, de bronce. 5 a 9: dirhems de plata. Todas las monedas son de la colección de don Manuel Ortega. / Foto, J.J.L.A.

Al pie oeste de la alquería transcurre el arroyo Salado, el río Casarejos del siglo XIII, que debió de estar plenamente vinculado a la población andalusí como vía de comunicación. Consta que hasta las primeras décadas del siglo XX quienes habitaban el cortijo hacían uso de un embarcadero sito al pie de la antigua aldea, donde existía un embarcadero y una barcaza en la que cargaban los productos hortícolas para su venta, vía arroyo Salado, en Rota y Cádiz.

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Fragmento de tinaja con decoración estampillada y vidriada en verde, procedente de Bayna. / Museo Municipal.

No se nombra en el documento medieval el reparto en su solar de casas, pero la localización de cerámicas y monedas en su solar prueban su ocupación en época hispanomusulmana, y la conservación del nombre hasta nuestros días, su identificación.

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Fotografía aérea de Villarana con la toponimia en torno al yacimiento. Arriba a la izquierda (señalado con un círculo) se sitúa el Vado del Salado.

VILLARANA  
Se localiza al sur de Bayna, en un cerro de suave pendiente próximo al Salado (400 m) y al arroyo de su nombre (800 m). El topónimo ha perdurado dando nombre a un caserío que de muy antiguo se levanta sobre el cerro y en torno al cual se encuentra el yacimiento arqueológico andalusí. Al pie sur, junto al cruce donde se unen las veredas de Villarana –que conduce a El Puerto- y la del Vado de Villarana se halla un viejo pozo concejil con abrevadero.

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Caserío de Villarana, donde se ubicaba la aldea de su nombre. / Foto, J.J.L.A.

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Otra imagen de Villarana, desde el sur. Al pie de la vereda, el antiguo pozo concejil. / Foto, J.J.L.A.

Tampoco se menciona en el documento alfonsí el reparto de casas de la alquería, que obviamente las tuvo, sólo el reparto de lotes de tierras a 133 repobladores, número –el mayor de los que recibieron tierras en la campiña- que habla de la extensión e importancia de sus terrenos, que limitaban con los de las alquerías de Bayna, Finojera, Casarejos (de la parte de la mar) y Bollullos. Posibles ruinas de la alquería –o acaso de construcciones bajomedievales o de la Edad Moderna- son las que Francisco Ciria decía en 1939 que por entonces aún eran visibles “interesantes cimentaciones en el cerro del pozo”.

islacartare_7_12_puertosantamariaEn la imagen de la izquierda, sepulcro de doña María Alfonso Coronel (1267-1330) en el monasterio de San Isidoro del Campo, Santiponce (Sevilla), señora de El Puerto y propietaria de la aldea de Villarana en el siglo XIV. / Foto, leyendasdesevilla.blogspot.com.

De siempre conformaron las tierras de Villarana –ya en tiempos romanos- un núcleo agrícola muy relevante, principalmente dedicado a la explotación cerealística y durante siglos, la despensa de trigo de El Puerto. Tras la primera repoblación cristiana de sus tierras, pasaron a manos de los señores jurisdiccionales de El Puerto. Así, se conoce que doña María Alonso Coronel, viuda de Guzmán el Bueno y propietaria del señorío portuense, en su testamento, fechado en noviembre de 1330, legó la aldea de Villarana a su hija, doña Leonor de Guzmán, que a su vez, en 1341, la testó a su hijo Juan de la Cerda y así sucesivamente, permaneciendo en manos de los Medinaceli hasta el último tercio del siglo XIX. De antiguo sus tierras (1.081 aranzadas) se dividían en suertes y cuartos: ya en el siglo XV, los cuartos de Hinojal, de Enmedio y de Urraca Alfonso. Este último topónimo se remonta a los mismos tiempos de la repoblación alfonsí, pues la citada Urraca Alfonso fue beneficiada en 1268 con 6 aranzadas en Casarejos y compradora en Santa María del Puerto de dos casas que hasta entonces pertenecieron a otro repoblador, pero el motivo de su vínculo en la toponimia de Villarana lo desconocemos. Acaso fuera familiar de Pero Alfonso, alcalde de Cádiz en tiempos de la repoblación, en la que participó activamente y que en Villarana recibió dos lotes de tierras.

BOLLULLOS 
A mediados del XIX, el portuense Pedro J. de Castro ubicó esta alquería –por la mera semejanza del nombre- en el cortijo de Belludo o Bellúo que se encuentra al este de la laguna del Gallo y al pie del camino de Balbaina (cerca del centro penitenciario Puerto III), pero la información vertida en el Libro del Repartimiento sobre su situación en linde a los términos de Villarana y Finojera nos lleva a localizarla, aunque sin tener certeza en ello y no habiéndose conservado el topónimo, hacia la laguna Salada, en el entorno de los cortijos de Barranco y Pernita, donde prospectamos cerámicas asignables a época andalusí.

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Laguna Salada y cerro de El Barranco, donde se levantaría la alquería de Bollullos. / Foto, J.J.L.A.

El nombre de Bollullos es de ascendencia árabe, significando ‘torre pequeña’ (como el onubense Bollullos Par del Condado y el sevillano Bollullos de la Mitación). Reza en el Libro la existencia de una mezquita en la alquería y de unas casas anejas: “…en linde de don Tomé, cerca la mezquita, en canto de las casas”. Sus tierras fueron repartidas a 35 repobladores. Su principal vía de comunicación era el Camino de los Romanos (la Vía Augusta romana) que enlazaba Al-Qanatir con Astah (Mesas de Asta, Jerez; la romana Hasta Regia) por en medio del complejo endorreico de las lagunas Salada, Chica y Juncosa.

MACHAR GRASUL Y MACHAR TAMARIT   
Ambos enclaves andalusíes, que se repartieron en 1268 conjuntamente con el de Bollullos, limitaban al oeste con las alquerías de Bollullos y Finojera, al sur con Al-Qanatir y Sidonia y al este y norte con Jerez, por lo que se infiere que debían de emplazarse en el entorno de la pequeña marisma de Los Tercios –la laguna que menciona el Libro del Repartimiento-, inmediata a la falda norte de la Sierra de San Cristóbal y al término jerezano.

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Marisma de Los Tercios y un antiguo puente abandonado de incierto origen. / Foto, J.J.L.A.

El nombre genérico de machar es de origen árabe, de la voz maysar, que denomina a las entidades menores rurales dedicadas a las actividades agropecuarias –al igual que nuestros cortijos (del latín curticulum)-, siendo abundantes los ‘machares’ que se distribuían por las campiñas de nuestro entorno y que han llegado a nuestros días en las formas ‘machar’ y ‘majar’, como los jerezanos de Macharnudo en la carretera de Trebujena o Majarromaque a orilla del Guadalete. (En la más que recomendable web entornoajerez –en la entrada Al encuentro de los cortijos de origen árabe, 1-III-2014- pueden encontrar estos y otros ejemplos de machares que fueron identificados por el medievalista Emilio Martín Gutiérrez.)

Machar Grasul se situaría al norte de Los Tercios. Su apelativo de Grasul bien podría indicar –como apuntó Virgilio Martínez Enamorado- que el maysar andalusí fue fundado y habitado por miembros de la tribu beréber de los Yazula que arribaron a Algeciras en 1086 procedente del norte de África y que dominaron al-Andalus bajo el poder almorávide (1086-1147). La presencia de esta aguerrida tribu nómada en tierras gaditanas también dejó su nombre en la fortaleza Al-Qalat Yazula, Alcalá de los Gazules.

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Casa al pie de Los Tercios que conserva estructuras antiguas, como un aljibe de ladrillos en primer término. / Foto, J.J.L.A.

Más próximo a la marisma de Los Tercios y al pie de la Sierra de San Cristóbal, acaso en el pequeño cerro de la foto de mas abajo o acaso en el inmediato de La Caldera, donde prospectamos materiales andalusíes, se estableció el maysar o machar Tamarit (recuerden el Diván del Tamarit de García Lorca, como se llamaba una finca de un familiar del poeta). El origen del nombre es incierto, pero lo más probable es que proceda del árabe tarfe (como el nombre morisco de don Álvaro Tarfe del Quijote y del Romancero), que nombra a un arbusto, el ‘tamarix’ o ‘taraje’ que puebla suelos salinos. Aún aflora sal en la marisma de Los Tercios, que de antiguo era nombrada donadío de las salinas –las que menciona el Libro del Repartimiento- y durante siglos fueron terrenos propios de los duques de Medinaceli. Paraje que en el siglo XVIII llamaban Hato de la Carne, la dehesa donde se agrupaban y pastaban los ganados antes de ser conducidos al Matadero de El Puerto.

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En este lugar de la marisma de Los Tercios creemos que pudo estar Machar Tamarit. Al fondo la Sierra de San Cristóbal. / Foto, web entornoajerez.com.

Las tierras de Machar Grasul y Machar Tamarit (que también es apellido judío) fueron repartidas en 1268 a 27 repobladores (dos de ellos, don Samuel y Valladolid, judíos).

EL FIN DE UNA ÉPOCA
Antes de concluir, mencionaremos otro topónimo: el cortijo de los Santos Reyes, situado en una suave altura al sur de la marisma del Gallo. Desde él, al norte se domina los sitios que ocuparon las alquerías de Grañina, Campix, Fontanina y Poblanina, y al este Finojera. Desconocemos cuándo y porqué se puso en este lugar tan llamativo nombre –documentalmente sólo lo tenemos registrado en el siglo XIX-, pero permítannos una licencia y conjeturar si el nombre alude, desde su bautizo en un tiempo impreciso, a los de la conquista y repoblación de las alquerías del entorno de la laguna y marisma del Gallo y en referencia a Fernando III el Santo y a su hijo Alfonso X, los conquistadores de las tierras de moros en la Baja Andalucía. El topónimo vendría a ser como poner una bandera en territorio conquistado al Islam, afirmar, también en el nombre, que comenzaba una nueva época en la campiña portuense; que los tiempos habían cambiado.

Ciertamente, con la definitiva conquista cristiana de las poblaciones y tierras de las campiñas de Isla Cartare en 1264 concluyó una época. El reino castellano impuso otra organización del territorio, desapareciendo doce de las trece aldeas hispanomusulmanas que se distribuyeron por el actual término portuense. Las alquerías de la campiña no tuvieron continuidad tras su reparto a los primeros repobladores cristianos, explotándose las tierras durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna desde casas de campo y cortijos en manos de élites económicas y sociales, tal como hizo Roma cuando dominó estas tierras.

En la próxima entrega [–el 16 de diciembre, coincidiendo con el 733 aniversario de la Fundación de El Gran Puerto de Santa María por Alfonso X ‘el Sabio’--] haremos memoria de la única alquería que perduró en el tiempo hasta nuestros días, la que en tiempos andalusíes llamaron Al-Qanatir y Alfonso X bautizó como Santa María del Puerto, ambas sucesoras del Portus Gaditanus que Balbo el Menor fundó a fines del siglo I antes de Cristo. La continuidad de su población la determinó el ubicarse a orilla y abrigo de la desembocadura del Lacca romano y del wadi Lakka andalusí, el que los cristianos, al dominar estas antiguas alquerías de andalusíes, vinieron a llamar con el mitológico nombre de Leteo, el río del Olvido. / Texto: Enrique Pérez Fernández y Juan José López Amador.

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