2.620. Juan Antonio Polo. Por la Puerta de los Cónsules.

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Hoy quiero recordar a Juan Antonio Polo. Este abogado barcelonés de exitosa carrera profesional era un enamorado de nuestra Ciudad desde hace muchos años. Se compró una casa en El Puerto y todos los veranos residía aquí, donde muy pronto se dio a querer. Aficionado a los toros desde temprana edad, Juan Antonio era un erudito y un profundo conocedor de los misterios de la tauromaquia y de su historia.

Una vez finalizada la Feria de San Lucas en Jaén, que pone el colofón a la temporada taurina española, es cuando se suele realizar el balance de lo importante que ha sucedido sobre los ruedos. Importante, de hecho, lo es todo; no hay una manifestación artística de mayor riesgo y dificultad creativa y estética que la tauromaquia. No hay arte que, en veinte minutos que apenas dura una faena, conciba y ejecute una obra maestra, cuya contemplación, comprensión y reflexión sea capaz de perdurar en el recuerdo durante años. A veces, como decía Oscar Wilde, “podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”.

Pero hoy no quiero hablar – aunque es necesario recordarlo a menudo, por aquello de hacer pedagogía en la opinión pública – de que, además de los valores intrínsecos de la tauromaquia que por sí solos justifican su promoción y protección, hablamos de la primera industria cultural de España, generadora de riqueza en la sociedad, no sólo respetuosa con el medio ambiente, sino conservacionista y, como espectáculo, únicamente superado por el fútbol en número de espectadores por evento. Ni siquiera hablar de la triunfal temporada de Castella, la arrolladora irrupción de López Simón, la pureza y torería de Diego Urdiales, la madurez creativa de Talavante, el orgullo de Juli, la pujanza de Juan del Álamo o José Garrido, el futuro de Roca Rey o del eterno toreo de Morante.

Hoy tan sólo quiero recordar a Juan Antonio Polo. Este abogado barcelonés de exitosa carrera profesional era un enamorado de nuestra ciudad desde hace muchos años. Se compró una casa en El Puerto y todos los veranos residía aquí, donde muy pronto se dio a querer. Aficionado a los toros desde temprana edad, Juan Antonio era un erudito y un profundo conocedor de los misterios de la tauromaquia y de su historia. Habitual de las principales plazas de España y Francia – Las Ventas, la Monumental, la Maestranza, Vista Alegre, nuestra Plaza Real, Ronda o Arènes de Nîmes y Bayonne, entre otras – tuvo la fortuna de seguir a las principales figuras de los últimos sesenta años y de ser testigo de algunas de las gestas que forman parte ya de la historia del toreo. Entre ellas, quizás una de las últimas a las que asistió fue la encerrona de José Tomás en Nimes en septiembre de 2012, donde cortó once orejas y un rabo, indulto de un Parladé incluido.

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Siendo un hombre culto y de amplio bagaje intelectual, se adentró ocasionalmente en el terreno de la crítica y la divulgación con algunos artículos donde reflexionaba sobre diferentes aspectos de la tauromaquia como cargar la suerte, la suerte de la manoletina, la evolución en el tamaño del toro de lidia e, incluso, sobre el reglamento taurino. Pero quizás, su aportación más notable, sea la obra “El toreo contemporáneo (1966 – 1993)”, publicada por la editorial Destino en 1993 y que es la segunda parte o continuación de la “Historia del toreo” que el periodista y escritor catalán Néstor Luján escribiera allá por los años cincuenta del siglo pasado. Un libro el de Juan Antonio Polo muy recomendable, de agradable lectura y que repasa los principales acontecimientos taurinos y sus protagonistas en lo que constituyen  tres décadas fundamentales de la historia de la tauromaquia.

Fue a través de mi padre como conocí a Juan Antonio y, con el tiempo, se convirtió en un habitual de las tardes de toros ante el televisor en mi casa – ¡gracias, Canal Plus! – o compartiendo tendido en la Plaza Real durante nuestra temporada taurina, aunque a él también le gustaba mucho la grada cubierta o andanada, como él la llamaba recordando su habitual coso venteño. Durante sus estancias en El Puerto, siempre coincidíamos para las Corridas Generales de Bilbao y, en ocasiones, también en Fallas o San Isidro. Como pueden Vds. imaginarse, esas tardes de toros, escuchando sus atinados comentarios y los recuerdos y anécdotas que Juan Antonio y mi padre evocaban de otros tiempos, constituyeron un aprendizaje valiosísimo en mi formación como aficionado.

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Pero, lo que echamos de menos de Juan Antonio, tanto mis padres, como Sebastián y Carmen, o yo mismo o tantos amigos que dejó en nuestra ciudad, no es su erudición, ni su sabiduría, ni su buen criterio. Lo que echamos en falta es su entusiasmo, su lealtad, su humor, su pasión, su afecto. A finales de agosto se nos fue por la Puerta de los Cónsules – al igual que hiciera José Tomás aquella tarde en Nimes – un hombre entrañable que no hizo otra cosa que amar la vida, a su familia, a sus amigos y al toreo.

Ya muy enfermo, apenas dos semanas antes de que nos dejara, aún tuvo fuerzas para enviarme un Whatssap desde la cama del hospital que resume perfectamente lo que fue su pasión hasta su último suspiro:

Huele a sierra y bandolero,
huele a tajo y huele a cante,
Ronda me huele a torero,
Ronda me sabe a Morante.

Texto: Daniel Gatica Cote.

Un comentario en “2.620. Juan Antonio Polo. Por la Puerta de los Cónsules.

  1. José Luis benjumeda Adán (Neno)

    Triste y dolido,rezaré un padrenuestro por el,como por todo los clientes y amigos que se me han ido.

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