2.690. Antonio Muñoz Cuenca. El maestro, visto por Luis Galán.

antoniomunozcuenca_luisgalan_puertosantamaria

No he querido expresarme antes por respeto a la familia y sobre todo a la que considero “mirmana” Patricia Muñoz, pero ahora que han pasado unos días, cumplo con mi deber moral de “contar” a mi manera la importancia de la existencia en mi vida de mi maestro, Antonio Muñoz Cuenca “Muñoli” y lo hago desde el recuerdo, la admiración, el cariño y el sentimiento.


Corría el año 1972 y Antonio era mi nuevo profesor ese curso. En sus primeras palabras noté que su acento era el mío y el de todos, distinto a la mayoría de profesores que no eran portuenses y con sus eses bien pronunciadas nos hacían sentir más pobres y catetos de lo que éramos algunos. Su piel morena y los rasgos gitanos me daban confianza; por su aspecto podría confundirse en cualquier taberna del barrio alto. Mis padres le conocían a él y a su familia y una y otra vez repetían que su infancia fue como la de ellos. Hambre, piojos, boniatos y posguerra que no le impidió estudiar. Era un gladiador de la cultura con la misión de avergonzar a aquellos que con todos los medios y facilidades jamás comprarían su particular tesoro: la sabiduría engendrada en el amor a la belleza y definir algo tan objetivo como el arte.

Recuerdo que era muy exigente con los dibujos y aquello me aterraba. Tuvimos que plasmar un paisaje para evaluarnos y ante mi incapacidad le presenté una pintura distinta: Subrayé aquella hoja de papel guarro con líneas formando un ejército de renglones y con palabras escritas le dibujé el paisaje que tenía en mi cabeza. Temblé al entregarlo y me preguntó con un gesto. Respondí que la pintura era un don que se me había negado, pero gracias a las palabras podía dibujar. Sonrió, leyó y me aprobó.

Ese mismo año me enseñó a amar la música, siendo partícipe de ella. Me presentó a una flauta dulce que todavía me acompaña y siento sus dedos poniendo los míos. Me uní a su coro del colegio y conocí la disciplina en el arte, además una excursión que supuso mi primer viaje sin mis padres. Nos llevó a Málaga. Ironías de la vida. Mis primeros pasos en la calle Larios los di con él.

Ya en plena efervescencia política, en un recreo oí a otro profesor decirle: -Antonio, por la izquierda no se circula porque chocas de frente. – a lo que respondió: Si, pero si te quedas en la derecha nunca adelantas. Ahí supe que era de los nuestros o yo de los de ellos.

Alguna que otra vez me descubrió en la inmensa biblioteca de San Luis leyendo a escondidas entre otros libros de mayor tamaño a Miguel Hernández o a nuestro Rafael Alberti y miró para otro lado con gesto cómplice.

Vergonzosamente, en el año 1977 el escritor universal y paisano Rafael Alberti decide visitar su colegio, nuestro colegio y vergonzosamente repito; lo recibe en horas no escolares y en solitario Don Antonio Muñoz, otro alumno y yo. Alberti recuerda y comenta sus vivencias que ya me sonaban familiares gracias a la Arboleda Perdida. Jamás entenderé que un poeta universal de esa talla y que siempre mencionó a tan ilustre colegio, fuese vejado con un trato de indiferencia por su pasado político. Muñoli brillaba ese día, guiaba a Rafael por los pasillos y patios y nos sonreía a mi amigo y a mí queriéndonos transmitir que éramos testigos de unos minutos históricos.

En el viaje de Fin de Curso de ese mismo año, el maestro moreno se adueña del micrófono del autobús y se transforma en el mejor guía. Explica con casi poesía la “frontera andaluza” de despeñaperros, las llanuras de Castilla. Y aprovecha los ratos muertos para cantar una y otra vez el himno andaluz, casi desconocido entonces. Algunas voces hijas de la derecha de siempre responden con el “cara al sol” pero él no entra en combate… convence con su verdad, convence exaltando nuestra Andalucía. En la Plaza Mayor de Madrid, con las paredes repletas de pintadas de la transición, nos coloca en formación y ante cientos de madrileños dispuestos a escuchar sevillanas o algo típico andaluz, Muñoli alza sus manos con batutas imaginarias y cantamos el himno de Andalucía. Aquel día tomamos Madrid.

Antonio era Andalucía, era Cádiz, era El Puerto. Recopiló, descubrió, estudió y enseñó un Puerto merecedor de orgullo de ser portuense. Luchó por el agua del Puerto, lloró por un teatro quemado, asombró con un Orfeón Portuense, defendió nuestro “idioma” y le dio de beber al Flamenco, para él, si algo era del Puerto, ya era bueno por cojones. Era la antítesis a nuestra enfermedad de complejo cuando no creemos que el hijo del albañil de la calle meleros puede ser un genio. Antonio si lo era. Reclamo calle, plaza y monumento para mi maestro, nuestro maestro. Sembremos El Puerto de bustos de portuenses como Antonio, y así en el futuro cuando un niño pregunte ¿Quién era ese? Sepamos contar la historia de un hombre único que desde la sencillez, se ha llevado la historia de la ciudad para contarla en el cielo o en el mismísimo Puerto: su paraíso. /Texto: Luis Galán.

Deja un comentario