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Nunca pensé, que la trivial  descripción de una escena rutinaria de la calle, sin más pretensión que descubrir al lector una estampa de la vida cotidiana de la ciudad, diera lugar a un ataque contra el personaje. Es cierto, que quienes así se manifiestan, tienen sus razones, pero es probable que su razón, venga precedida de un hecho puntual. ¿Quién puede decir que nunca ha tenido un comportamiento reprobable en un momento determinado? ¿Es justo que por uno o varios actos anormales haya que estigmatizar a alguien? ¡Quién sabe qué hay detrás de esos actos! ¡Qué móviles le han llevado a tal comportamiento! El rumor circula desbocado colocando sobre cualquiera un halo, de bondad o de maldad, a veces injustamente. Hay un fenómeno que en psicología se denomina efecto iceberg. Como se entiende fácilmente, el iceberg, solo deja ver una puntita de todo su contenido; no podemos juzgar por lo que vemos, cuando es mucho más importante lo que no se ve.

He hecho este preámbulo, porque a la vista de los comentarios, este pasado sábado volví para observar el comportamiento del indigente, y hoy martes, me he acercado a él y hemos hablado por espacio de quince minutos.

SÁBADO 15 DE SEPTIEMBRE.
Volví a La Placilla. Fui al Mercado y regresé desde la calle Luna, pasando ante mi hombre en dos ocasiones. Rebañé cuanto pude con mi vista sin detenerme, no fuera a reconocerme, y pudiera darme un meeting.

En la primera pasada, vi que de pie, discutía en voz alta,  probablemente con el dueño de la vivienda, en cuyo escalón se sienta con sus perritos. Reduje la marcha, pero el hombre entró en el portal y cerró. No oí nada. Solo vi que los perritos, estaban a un metro del escalón, no tumbados y de natural adormecidos, sino de pié, con sus orejitas tiesas, mirando fijamente a su dueño y al supuesto propietario.

A la siguiente vuelta, estaba en su posición habitual, sentado en el escalón;  tenía un ataque de tos; las flemas y balsas se le vinieron a la boca, expectorando en numerosas ocasiones; por fin pudo depositar en una bolsa de plástico los esputos que tal acceso le provocaron, acompañando este acto de imprecaciones masculladas en tono  bajo y entrecortado. No soy médico, pero podría dejarme cortar un dedo, si estuviera equivocado al deducir, que este hombre está aquejado de bronquitis crónica, y hasta es posible acompañada de un cuadro de disnea, que en los asmáticos produce tal sensación de angustia, que en sus crisis, les cambia el carácter, y a veces, se tornan irascibles.

Me fui sinceramente con el corazón encogido. Había descubierto una variante que algunos de los comentaristas no han apreciado. Pasada una hora, vuelvo y me siento en uno de esos bancos, atornillados al suelo; duros como la rodilla de una cabra; incómodos, porque el alcalde nunca se sentó en ellos; y a treinta metros, observé al indigente. Se acercó a un velador en la puerta del Cafetín donde dos señoras tomaban un refresco. Muy respetuoso, lo vi agacharse frente a ellas y reincorporarse. A esta distancia, es obvio no saber de qué hablaban, ni si pidió o no; solo lo veía aspaventar, levantando los brazos, pisando fuerte en el suelo, dándose con la palma de la mano en la frente, supongo que sonriendo porque las mujeres  permanecían atentas y hasta complacidas. Acompañó con una demostración histriónica su discurso. Pasados diez minutos, saludó a las señoras y se retiró a su escalón. Las señoras abandonaron El Cafetín en dirección a Luna; yo me fui tras ellas y las abordé:


«--Perdone señora que la importune». «--No, no me molesta, ¿qué desea?» «--He visto como ese pedigüeño ha estado hablando con ustedes durante diez minutos, ¿las ha molestado?» «--¡No, en absoluto!» «--¿Les ha pedido dinero?» «--¡Tampoco! Nos ha pedido un cigarro. Y nos ha contado que tiene muchos problemas, que tiene 56 años, que ha trabajado de minero, que ha tenido una ayuda de 400 euros, pero que ahora no; que hasta que no cumpla 60 años no le darán una pensión, que no sé donde,  se ha construido una casa (chabola), que ha tenido problemas con drogas… yo creo que tiene algún problema de tipo mental…» «--¿Y no se ha puesto pesado?»  «--No, esta es mi hermana y padece un trastorno mental, eso me hace muy sensible hacia estas personas y no me molesta en absoluto». «--Le hago estas preguntas porque he escrito un relato en GdP y voy a escribir una segunda parte». «--Sí, me lo ha dicho». «--¿¡Cómo!? «--Me ha manifestado  que ha salido en el periódico, que han hablado muy bien de él, y que se va a hacer famoso porque Quintero lo va a llevar a la Televisión».

Me quedé boquiabierto, no sé cómo ha podido enterarse. ¡Sabe que he sido yo quien ha escrito el artículo!, alguien ha debido informarle, pero a mí, no se ha dirigido para nada. Después de esta mañana de sábado, lo que fue un simple relato por mor de los comentarios, me ha hecho descubrir que debajo de esa punta de iceberg de su mal carácter y su vocabulario soez cuando se le niega una limosna, se ocultan otras  facetas desconocidas, en las que seguro hay drogas, falta de salud a causa del trabajo, enfermedad, aislamiento, rechazo, insolidaridad,  pérdida de  autoestima… ¿pretendemos además que sea agradable, simpático y que dé las gracias cuando le nieguen una propina?


MARTES 20 DE SEPTIEMBRE.
He querido profundizar más para que mi relato sea objetivo. Sobre las 12.30 me he acercado a él. Me he presentado. Le he dicho que soy el autor del artículo. No entro en detalles pero se ha sentido muy complacido. Le he comentado que hay muchos comentarios en su contra y se ha defendido en un tono humilde. Dice que en alguna ocasión no se ha comportado bien, pero han sido escasas las veces. Ha llamado al camarero del Cafetín y le ha preguntado por su comportamiento y este le ha respondido que muy bueno. Han pasado numerosas personas que lo han saludado. Otra le ha dejado dos manzanas. Entonces le he hecho unas preguntas que me ha contestado muy amablemente.

Se llama Antonio Vázquez, natural del Riotinto. Su padre y dos de sus hermanos han fallecido, eran mineros. Tiene una hermana en Madrid y otro en Mallorca, pero sus economías son modestas y no saben que él está en la calle. El ha sido minero en Riotinto y en Mallorca; ha trabajado en la construcción hasta que perdió el trabajo y no ha tenido otra oportunidad. Se ha construido una chabola al lado del comedor social de la calle Cruces, que era un estercolero. Ha recogido toda la basura, la ha retirado el Ayuntamiento  y está cultivando en lo que fue el estercolero un pequeño huerto, y allí vive con sus perritos y algún gato para ahuyentar las ratas. Lleva en El Puerto trece meses, «--Porque aquí la gente es muy buena», dice.

Su conversación conmigo, ha sido amable y respetuosa y su mirada franca. Hasta me he permitido sugerirle que cuide en lo posible sus ocasionales reacciones. Me lo ha prometido. Yo no soy quien para ser celador de sus promesas, pero sí deseo, que este relato, en la medida de lo posible, nos lleve a la reflexión,  incluyéndome a mí, ante esos icebergs que nos encontramos en nuestra vida cotidiana. Con esta exposición, pretendo dar respuesta a los comentarios anteriores. (Texto y fotos: Alberto Boutellier Caparrós).

EL INDIGENTE DE LOS PERRITOS (I).

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