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| Texto: José Antonio Aparicio Florido (*)

Lo encontré sentado en un cómodo butacón --la típica poltrona de abuelo--, junto a una mesa camilla, arrugada la cara por el paso del tiempo; algo lento en la interpretación de mi visita, pero orientado y despierto. Estaba feliz porque, fuera el motivo que fuere, había logrado reunir a parte de sus hijos y nietos. Tenía entonces noventa y dos años y, sin imaginarlo nadie, le quedaban por delante cuatro años en los que poco a poco se iría desgastando lentamente. José Marroquín Roldán, portuense raso, sin más alcurnia que el árbol genealógico de los varaderos del Guadalete, tenía la historia local grabada en su mente con un valor supremo al que la gente joven le pueda dar. Su familia me había localizado por las redes sociales porque, entre los muchos avatares de su vida, había uno sorprendente y desconocido que para mí parecía imposible.

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