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El Puerto de siempre cabe en la historia de Luis Gatica Rivas #6.551

El niño que cambió la escuela por la vida

| Luis Gatica Rivas | Foto: JMM | 15.04.26

| Texto: José María Morillo
Hay infancias que no caben en un pupitre. La de Luis Gatica Rivas –próximo a cumplir 91 años-- empezó entre las paredes de un colegio… y terminó en la calle, donde la vida enseñaba más rápido y sin recreo. Primero como lazarillo y luego en la pescadería del muelle. Su vida laboral transitó entre la dureza de la construcción y el mundo del vino, donde encontró estabilidad en bodegas Osborne hasta su jubilación como jefe de sección. Profundamente vinculado a las tradiciones, fue cargador de pasos y devoto del Nazareno, además de aficionado al flamenco. Con un sentido del humor muy portuense que ni el hambre consiguió borrar, destacó también como animador natural en reuniones. El Carnaval, heredado de su familia, marcó otra de sus grandes pasiones, participando en numerosas comparsas. Su trayectoria resume una vida de esfuerzo, cultura popular y arraigo a El Puerto. Esta es la historia de un niño que dejó la escuela… pero se doctoró en vivir.

Y es que en El Puerto hay hombres que no caben en una sola vida, y Luis Gatica Rivas es uno de ellos. Nació un 6 de junio de 1935, con el eco de la preguerra aún resonando en las calles, y su infancia —de pupitre corto y necesidad larga— empezó y acabó en el ya desaparecido Colegio del Asilo de Huérfanas de la calle Cielo, con entrada por Diego Niño. De allí lo sacó su madre, un día cualquiera, para ponerlo a ganarse el pan como ‘lazarillo’ del ciego Arana; nueve años tenía y tres pesetas al día: así se escribían entonces los comienzos.

No tardó en cambiar el bastón por el olor a marisco. Con doce años, Paco Hernández le ofreció sitio en la Lonja del Pescado por cinco pesetas, y Luis, como tantos chavales de la época, no se lo pensó. Fue mandadero, guardián de pescado y más tarde fuerza bruta de la lonja, arrastrando cajas entre voces, hielo y madrugadas. Aquella estampa —la del chiquillo bregando en el muelle— era casi una forma de bautismo en la vida portuense. Allí se curtió durante años, enlazando faena tras faena, aprendiendo el oficio de vivir.

Llegó 1950 y, con apenas 21 años, entró como eventual en las Bodegas Osborne. Pero su camino no fue recto ni cómodo: también hubo obra, pala y andamio en la construcción del Mikateko y en la ampliación de la Base Naval de Rota. Volvió al vino en Bodegas Sancho hasta que la mili —obligatoria y sin discusión— lo llamó en 1955. A la vuelta, ya como fijo, conoció también el trago amargo de un ERE, y otra vez a empezar, otra vez a buscarse la vida donde hiciera falta.

El capataz general de Bodegas Osborne, Antonio Gómez, tercero por la izquierda, con una cuadrilla de trabajadores en 1954 | Foto: Colección Juan Gómez Benítez.

Sería en 1964 cuando su destino se asentó definitivamente en Osborne, donde pasó por distintos oficios hasta jubilarse en 1995 como jefe de sección. De allí le quedó algo más que un sueldo: una querencia profunda por la cultura del vino y ese saber antiguo que no está en los libros, sino en la conversación pausada de bodega, en lo que cuentan los mayores entre botas y silencios.

Pero Luis no ha sido solo hombre de trabajo. También fue cargador de pasos, de aquellos profesionales que levantaban la Semana Santa a pulso y jornal, hasta llegar a capataz de su cuadrilla. Su devoción siempre estuvo en la Hermandad del Nazareno, al que le cantaba saetas cuando el paso asomaba por La Pescadería camino de la calle Cadenas, en esos momentos en los que el tiempo parece detenerse.

Le corre sangre gitana por las venas, y eso se nota en el compás. Conoce el flamenco como quien lo ha mamado desde chico, y lo ha cantado cuando se ha terciado. Y si no canta, cuenta: chistes, historias, parodias… con ese humor tan nuestro, tan de El Puerto, que no necesita escenario para arrancar carcajadas. Hoy diríamos que sería un monologuista de los buenos, de los que no necesitan micrófono.

En 1982 formó parte del grupo rociero Alborea, que luego sería Bordao, junto a Manolo Albaiceta, José María Núñez Buhigas y Julio Sevillano a la guitarra. Ocho años de caminos, escenarios y vivencias, con Manolo Vaca como representante, siempre a lomos de su inseparable Vespa, como salido de una estampa costumbrista.

| Luis en el centro de la imagen, en el porche de una casa en El Rocío | Foto: Colección Vicente González Lechuga.

Y si hablamos de aficiones, el Carnaval le viene de cuna. Su padre ya salía antes de la guerra en aquel célebre dúo de Mamá Gatica y Papá Suano, figura esta última que dejó huella en el Carnaval portuense hasta 1936. De aquella herencia, Luis recogió la guasa, el ingenio y el amor por la fiesta. No en vano, en 2005 fue reconocido como Personaje Entrañable del Carnaval de El Puerto, una distinción que sabe a antifaz de oro con acento propio.

Participó en numerosas comparsas, muchas de ellas bajo el amparo de la Peña Los Majaras, hasta su retirada en 2001. Por su memoria desfilan nombres que son historia: El Doctor y sus Griposos (1958), Los Vocalistas (1959), Los Bartolos Vagos (1960), Los Quijotes (1961), Los Charlots (1973), Los Rederos (1974), Alegría de Cádiz (1975), Leche y Picón (1983), Israel (1984), Marinero en Tierra (2000) o La Cruz Verde (2001), además del cuarteto Rodrigo de Vivar, dos vivales y Mustafá y en la Antología de los Majaras.

| ‘Leche y picón’, la comparsa que Los Majaras que no llevaron al Teatro Falle en 1983. | Foto: Diario de Cádiz.

Así es nuestro Luis Gatica Rivas, pura memoria viva de un tiempo en el que la vida se ganaba a pulso y se celebraba a compás. Un hombre hecho de muelle, bodega, saeta y Carnaval, que lleva en la voz y en la risa el alma entera de El Puerto de Santa María.

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