Pablolo: manual de buen ambiente portuense

| Texto: José María Morillo
Hay personas que nacen con prisa por vivir… y otros que nacen mirando. Mirando mucho. Con esa calma de quien parece estar tomando nota de todo. A Pablo Nimo Gaztelu —septiembre de 1998— en su casa le decían ‘el búho’, y no era por noctámbulo precisamente, sino por esa forma de clavar los ojos, de observar sin perder detalle, como si ya entonces estuviera entendiendo el mundo a su manera.
El tiempo ha hecho lo suyo. Aquel niño callado y curioso ha dado paso a un tipo de los que no pasan desapercibidos, pero sin estridencias: cercano, natural, con esa facilidad tan poco común de caer bien sin proponérselo. Hoy lo pueden encontrar en ‘La Fresca’, del grupo ‘Er Beti’, en plena plaza de la Herrería, donde además de consumiciones, también se despachan sonrisas, bromas rápidas y ese trato que convierte al visitante en amigo.
Corría 1998 cuando Pablo llegó al mundo y El Puerto de Santa María andaba en plena ebullición de historias. Gobernaba la ciudad Hernán Díaz Cortés y la población se aproximaba a los 74.000 vecinos. Nacía la Cátedra de Estudios Alfonsíes con sede en el Castillo de San Marcos. Aquel fue también el año en que la Feria de Primavera se dedicó por primera vez a una ciudad y El Puerto de Santa María miró a Madrid, abriendo la ventana y asomándose al mundo.

Aquel 1998 se dejaban ver con frecuencia los Reyes de España, visitando a Rafael Alberti en su casa portuense de Las Viñas –residencia de sus abuelos paternos--, inaugurando el palco real en la Plaza de Toros o asistiendo a la Semana Náutica Internacional de Vela en la que también participó el actual rey, Felipe VI. Mientras tanto, bajo tierra, los arqueólogos sacaban a la luz el pasado rural fenicio en Pocito Chico, como si El Puerto recordara, una vez más, que siempre ha tenido más historia de la que aparenta. Abría sus puertas el alojamiento ‘Casa Número 6’ en la calle San Bartolomé.
En ese paisaje de sal, albero y recuerdos creció Pablo. Con raíces bien asentadas en El Puerto: hijo de Gonzalo Nimo Romero y Cristina Gaztelu Jiménez. Su abuelo, Ramón Nimo, comercial de Bodegas Terry para la zona de Madrid; su abuela, Teresa Jiménez, tenía un estanco en la avenida del Ejército, que continúa en manos de la familia. Familia de las de antes, de las que dejan poso.

Lo suyo con el deporte también viene de lejos. Llegó a competir en los Campeonatos de España de Natación, una etapa que refleja bien su constancia y disciplina, que no es poca cosa, pero donde de verdad se reconoce es en el mar abierto, sin calles ni corcheras. El bodyboard le tira más que cualquier piscina, y cuando puede, pone rumbo a Los Caños de Meca, con parada obligatoria en el Faro de Trafalgar, ese lugar donde el viento despeja la cabeza y el tiempo parece aflojar el paso.

En lo cotidiano, Pablo es lo que aquí llamamos un ‘disfrutón’ sin manual: amigo de sus amigos, de los que aparecen cuando hacen falta y de los que convierten cualquier plan sencillo en algo que merece la pena. Para los suyos es ‘Pablolo’, un apodo que le acompaña desde hace años y que ya forma parte de su identidad, manteniendo una relación muy cercana con su familia.
Música siempre de fondo —lo mismo suena un riff clásico que un tema de rap— y en la mesa, debilidad confesable por unas coquinas de Huelva bien hechas… aunque, eso sí, los filetes empanaos de su madre juegan en otra categoría, liga aparte y sin discusión posible.
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Y al final, más allá de etiquetas o anécdotas, queda lo importante. Pablolo es de esa gente que suma, que no complica y que hace fácil lo que a veces parece difícil. Porque hay personas que traen ruido… y otras que traen buen ambiente. Pablo es de las segundas. Y, en estos tiempos, ya es mucho decir.
