La tienda taller que fabricaba soluciones en El Puerto

| Texto: José María Morillo | Fotos: Colección Ángeles Ivars
En la confluencia de la plaza Juan Gavala con la calle Santa María —ese rincón donde hoy un solar parece llevar décadas esperando su turno— latió durante años la vida menuda y constante de la Ferretería Zaragoza. Allí despachaban Luis y Pepe, dos hermanos de trato cercano y manos siempre ocupadas, bajo la mirada atenta de su padre, que vivía en los pisos superiores del mismo edificio, como era costumbre en aquel comercio familiar donde casa y negocio eran una sola cosa.
Un tercer hermano, Juan, completaba la saga desde su hojalatería, también en la calle Santa María, en la esquina donde hoy se encuentra un aparcamiento —propiedad de Fernández-Prada— que poco recuerda ya aquel trajín de herramientas, chapas y oficio.

La ferretería Zaragoza era más que una tienda, era un pequeño universo de soluciones. Allí se vendía de todo, sí, pero también se fabricaba. Era cristalería y era taller. Allí se elaboraba aquella inconfundible “masilla” para fijar los vidrios, con su olor tan particular, hecha a base de harina y aceite de pescado que compraban, precisamente, en un freidor cercano. También preparaban pinturas mezclando pigmentos con aceite de linaza, antes de que marcas como Titanlux empezaran a colonizar las estanterías. Y fueron, además, pioneros en la fabricación y el duplicado de llaves, cuando aquello aún tenía algo de arte y no solo de máquina.
Cerró sus puertas en la década de los setenta del pasado siglo, coincidiendo con la transformación del comercio tradicional y la llegada de nuevas empresas del sector, como tantas otras casas de oficio que no resistieron los nuevos tiempos. El local fue adquirida por Comercial Ferretera Andaluza, y sus trabajadores, como piezas de un engranaje que se reordena, fueron trasladados al establecimiento que la empresa tenía en Rota. De Ramón Ivars, rostro habitual tras el mostrador, ya se ha señalado su paso posterior por Ferretería Sánchez, en la calle Luna.

Mientras tanto, Juan Zaragoza mantenía viva la tradición desde su hojalatería. De sus manos salían jarras destinadas a las entonces abundantes faenas bodegueras, cuando el jarreo aún se hacía a pulso; también canalones y tubos de cinc para los tejados; y aquellos zocalillos de protección —verdaderas filigranas de metal— que se colocaban en la parte baja de las puertas para defenderlas de la humedad, las salpicaduras de lluvia o el desgaste del día a día. Incluso llegó a modelar azucenas de hoja de lata, pintadas con esmero, que encontraron su sitio en algún paso de la Semana Santa portuense.

Hoy, donde hubo mostradores, martillos y olor a linaza, queda el recuerdo de un oficio que era también una forma de vida. Y aunque el solar parezca en pausa, quien peine canas y pase por allí, con un poco de memoria aún puede imaginar el ir y venir de clientes, el tintinear del metal y el saludo cercano de aquellos Zaragoza o de Ramón que hicieron de su esquina un pequeño centro del mundo cotidiano.
| Nuestro agradecimiento a la información facilitada por Camilo González Selma para la elaboración de esta nótula.
