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Reconstrucciones con Inteligencia Artificial (VI) #6.534

Escenas del Puerto Gaditano (El Puerto) de Balbo (II)

| Texto: Juan José López Amador

| Todas las reconstrucciones proceden de la segunda edición del libro El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María, Cádiz, de próxima aparición, que publica Ediciones El Boletín.

Como decíamos en nuestra anterior entrega en Gente del Puerto, Balbo, hacia los años 19–16 a. C., construyó el Puerto Gaditano en el solar que hoy ocupa nuestra ciudad. No eligió este emplazamiento de forma aleatoria para su instalación (nótulas 1.414, 1.623, 2.000, 2.430, 4.030, 6.135, 6.196 y 6.484). No solo se situaba frente a Gadir, sino que resultaba idóneo para el embarque de los productos generados en el amplio territorio que denominamos Isla Cartare, correspondiente, en la actualidad, a las fértiles campiñas vitivinícolas, con extensas áreas de olivares, cereales y otros cultivos que se extienden al sur de Lebrija y El Cuervo, abarcando Jerez, Trebujena, Sanlúcar, Chipiona, Rota y El Puerto.

Quien nos informa sobre este territorio es Rufo Festo Avieno, escritor latino natural de Volsinia (Italia), que vivió en el siglo IV de nuestra era. Nos legó, en su poema Ora Maritima, la primera descripción histórico-geográfica, aunque somera, del litoral gaditano, así como la mención de algunos de sus topónimos más significativos en la Antigüedad. El autor utilizó fuentes muy anteriores a su época, como un periplo griego massaliota fechado hacia el año 535 a. C., combinadas con noticias de autores posteriores y con aportaciones propias.

Esta era el área de producción que el puerto podía utilizar para abastecer a Roma y exportar al conjunto del Imperio. Ese fue el propósito de la construcción del nuevo puerto de Gadir, una finalidad que perduró durante siglos. Con el paso del tiempo, este importante enclave portuario continuó su actividad a lo largo de los siglos IV, V, VI y VII de nuestra era. La arqueología ha podido constatar la llegada de productos procedentes de todo el Mediterráneo. Los restos de época bizantina se distribuyen por toda la ciudad: la presencia de la terra lucenteLate Roman o African Red Slip Ware es muy abundante. Estas producciones proceden tanto de la región gala de la Alta Saboya —canalizadas por el Ródano y comercializadas a través del puerto de Marsella— como del Mediterráneo oriental, especialmente de Focea, en las cercanías de Pérgamo, así como del norte de África y Asia Menor, entre otros muchos puntos de origen. Este dinamismo económico se relaciona con la reactivación impulsada desde Bizancio, que propició un periodo de relativa riqueza y prosperidad.

En este trabajo se exponen algunos de los espacios vinculados al entorno de este puerto, sus vías de comunicación, así como determinadas villas y alfares situados en la campiña, donde se producían las mercancías que desde aquí se exportaban durante los siglos I a. C. y I, II y III d. C.

Cuando Balbo construyó el Puerto Gaditano no olvidó que un antiguo camino, que discurría por la campiña y la costa desde Hasta Regia hasta Gades, se transformó en esta época en la denominada Vía Augusta. Esta calzada, ya plenamente romana —con sus técnicas constructivas, medidas y trazados específicos— atravesaba marismas y arenales, que en parte fueron cortados por Balbo para configurar la nueva desembocadura, el nuevo puerto y el puente, como ya se ha señalado en la nótula 6.484.

Tras cruzar el puente (imagen superior) que construyó para la Vía Augusta, al venir desde Cádiz, el Puerto Gaditano quedaba a la izquierda, separado de la vía por un pequeño puente y el arroyo de la Zangarriana. La carretera continuaba su recorrido atravesando la campiña hasta alcanzar Hasta Regia. A través de diversas bifurcaciones se daba acceso a otros caminos secundarios, que conducían tanto a las magníficas villas de los caballeros gaditanos —con las características descritas por el gaditano Julio Columela en el siglo I d. C., en su obra De re rustica— como a las figlinae, es decir, las fábricas de ánforas y otras piezas de cerámica.

Más de una veintena de estas instalaciones han sido localizadas solo en el término municipal de El Puerto, y muchas más en el conjunto de la Bahía de Cádiz. Algunas de ellas han sido excavadas, revelando verdaderos complejos monumentales, como es el caso de los hoy abandonados hornos del Palomar, de los que se tratará más adelante.

Esta magnífica calzada atravesaba, desde Cádiz, toda la península ibérica hasta llegar a Roma, convirtiéndose en un auténtico eje vertebrador del comercio y la economía en el ámbito romano.

En esta imagen superior representamos un carromato tirado por bueyes circulando por la Vía Augusta, a la altura de las lagunas, en el lugar donde se realizaron excavaciones arqueológicas, en dirección a la ciudad de Asta. Se han dispuesto dos de las cinco lagunas por las que discurre la vía: a la izquierda, la Salada, la mayor; a la derecha, la Chica. También a la derecha se ha incluido un miliario, similar al que documentó Ruiz de Cortázar en el año 1744, hallado a la altura de los hornos romanos del Palomar.

La calzada romana, ya en uso y reformada a mediados del siglo I d. C., queda reflejada en este contexto. Del texto conservado se deduce que el miliario estaría fechado en el año 57 d. C., indicando una reforma de la vía en época de Nerón, dentro de las habituales mejoras en el firme de las carreteras romanas. La distancia de 222 millas se correspondería con el cómputo realizado desde el templo de Jano, considerado límite de la provincia Bética.

Por otra parte, en el verano de 2022 se llevaron a cabo sondeos arqueológicos en la isleta próxima a la laguna Salada, que confirmaron la identificación de estas estructuras como pertenecientes a una vía de época romana. En una superficie de 135 m² se documentó una anchura de 6,30 m, mediante la realización de seis sondeos.

El proyecto, dirigido por Luis Cobos y codirigido por Esperanza Mata y Jorge Ramírez —a quienes agradecemos estos datos—, permite afirmar que nos encontramos ante restos de la Vía Augusta. Afortunadamente, aún se conservan vestigios de esta gran arteria de comunicaciones que, en su tramo entre el Puerto Gaditano y Asta Regia, daba acceso a numerosas áreas agrícolas y ganaderas, así como a villas y alfares.

| Cantera de la que luego sería Laguna Chica

En la producción cerámica, entre las principales manufacturas destaca la anfórica; no obstante, también se elaboraban decenas de otras formas de vajilla generadas en las industrias alfareras romanas del entorno de la bahía de Cádiz, cuya actividad fue especialmente intensa y prolongada durante siglos. Como es bien sabido, en este periodo se produjeron centenares de millones de ánforas.

Las arcillas empleadas en su fabricación, extraídas en ingentes cantidades, debieron proceder en buena medida, a nuestro entender, de barreras o canteras de extracción. Este factor podría explicar, según nuestra hipótesis, el origen de las lagunas Juncosa, Chica y Salada: antiguas explotaciones abiertas y controladas por los gobernantes de Gades, del mismo modo que sucedía con las canteras de piedra y otros recursos estratégicos. Se trata de una interpretación que venimos sosteniendo desde hace años.

La laguna Salada ocupa 37 hectáreas (800 × 350 m), la Chica 15 ha (550 × 160 m) y la Juncosa 11 ha (200 × 230 m). Sobre su incierto origen, el geólogo Juan Gavala planteó su posible vinculación con el arroyo Salado a través de conexiones hídricas; sin embargo, dicha relación no se ha constatado. Aun así, consideraba que no existía otra explicación plausible para su formación, salvo —añadimos— un origen antrópico.

Las tres lagunas que subsisten se alimentan exclusivamente de agua de lluvia. El arroyo Villarana nunca ha nutrido a la laguna Salada y, cuando estas se desbordan, lo hacen hacia la marisma de Los Tercios. No se trata de lagunas endorreicas, sino arreicas, con cuencas que se llenan por precipitación y sin drenaje fluvial permanente.

Esto es lo que se ha querido representar en la imagen: una cantera de arcilla, identificada en este caso con la laguna Chica, una extensa explotación de 15 hectáreas —aunque no la mayor—. Al fondo se distinguen las arboledas de la sierra de San Cristóbal, en su límite suroeste.

Esta imagen superior representa la reconstrucción que la IA, junto con nuestros datos, ha realizado de uno de los hornos del Palomar, el principal y más monumental. De él se conserva aún la planta baja del horno, el praefurnium, es decir, la sala situada bajo la cámara de cocción donde se elaboraba la cerámica. Como señalamos, se mantienen restos de algunos de los edificios de época romana, datados en los siglos II–III d. C., según su excavadora, Esperanza Mata Almonte.

En el transcurso de la intervención se localizaron y excavaron seis hornos, situados en las inmediaciones del trazado de la Vía Augusta: dos de grandes dimensiones, destinados a la producción de ánforas, y cuatro de menor tamaño, dedicados a cerámicas comunes. Los tipos anfóricos se corresponden con los modelos generalizados en toda la bahía de Cádiz, como el documentado en el yacimiento de Jardín de Cano.

Los edificios de El Palomar han conservado gran parte de su estructura y alzado, alcanzando en algunos puntos hasta 2,30 m de altura, a excepción de las bóvedas que cubrían las parrillas de cocción. En el praefurnium (corredor de alimentación) del Horno 1 se halló un tronco de acebuche de 60 cm de longitud, así como huesos de aceituna; este material vegetal, abundante y adecuado en la zona, era el combustible habitual en los hornos de la bahía.

A lo largo del recorrido de la Vía Augusta, hoy conocido como Camino de los Romanos, se suceden estas fábricas de cerámica, jalonando su trazado. Se trata de un material que ha sido —y continúa siendo— fundamental, tanto en la construcción como en la vida cotidiana y en la exportación de productos, especialmente a través de las ánforas, cuyo estudio resulta clave para comprender el devenir de este periodo tan significativo de nuestra historia.

Cuando Roma conquista estas tierras, allá por los siglos III–II a. C., se inicia una nueva etapa para la agricultura y la pesca en la bahía de Cádiz. El territorio se organiza en grandes latifundios que se reparten entre los principales señores de Gades, así como entre sus figuras políticas y militares más destacadas.

En la imagen de más arriba se representa una de las numerosas villas que salpicaban la campiña, propiedad de los grandes caballeros gaditanos, entre ellos el propio fundador del Portus Gaditanus, Lucio Cornelio Balbo, cuyo nombre pervive en la toponimia con la denominación de Balbaina, asociada a tierras especialmente fértiles para el cultivo de la vid.

Ya se ha mencionado al gaditano Julio Columela; su tío, Marco Columela, poseía asimismo viñedos en esta zona. El propio Columela describía tres tipos de suelos vitivinícolas en las campiñas jerezanas y portuenses, que coinciden con los del actual Marco de Jerez: las viñas de colinas o cretosi, correspondientes a las albarizas; las vinae palustres, situadas en los barros al pie de los cerros, terrenos que se encharcan y producen mayor cantidad de mosto, aunque de inferior calidad; y, por último, los sabulosi o suelos arenosos.

La escena recrea el momento de la vendimia: la actividad es intensa y continua, con trabajadores recolectando la uva o transportándola al lagar, donde será pisada para obtener el mosto, un producto que forma parte de nuestra historia desde las épocas más antiguas. Así lo atestiguan las ánforas fenicias de los siglos VII–VI a. C., halladas en distintos puntos de la campiña, así como la bodega situada en la cima de la sierra de San Cristóbal, fechada en el siglo III a. C.

El elevado número de bodegas que hoy conforman el Marco del Jerez responde a una época más reciente; sin embargo, la magnitud de la producción vitivinícola en época romana debió de ser comparable, a tenor de los restos arqueológicos conservados.

En la imagen superior se representa una escena del pisado de la uva para la obtención del mosto. En estas villas debieron de existir amplias extensiones de viñedo, pues quienes poseían una de estas importantes propiedades solían ser dueños de grandes territorios y producían una considerable cantidad de zumo de uva destinado a la elaboración de vino.

Los vinos se aderezaban para potenciar su sabor y favorecer su conservación de cara a la exportación. Sabemos que se envasaban con toda seguridad en ánforas; es probable que en ellas se transportaran los caldos más selectos y de mayor valor, mientras que los de inferior calidad se exportarían en grandes toneles, pellejos u otros recipientes hoy desconocidos.

Las variedades de vid más extendidas y de mayor consumo en el mundo romano eran las amíneas. Según Columela, eran “las únicas que ofrecen vinos de un gusto más o menos aceptable y aventajan a todas las demás en sabor”. El tío de Columela elaboraba también otro de los vinos característicos de la Bética, el aguapié o lora, de ínfima calidad, muy aguado y destinado a los trabajadores del fundus, comparable al “barril de gasto” de los arrumbadores en las bodegas jerezanas y portuenses en épocas contemporáneas: “lo hacía Marco Columela con agua añeja, y algunas veces lo conservaba por más de dos años sin echarse a perder”.

Fue este agricultor gaditano de época romana quien desarrolló y sistematizó diversos procesos de la vitivinicultura, aplicando en sus haciendas métodos de conservación del fruto de la vid. Resultaría arriesgado denominar “bodegas” a determinadas dependencias de estas villas sin haber sido excavadas; no obstante, su estudio aportaría, sin duda, valiosa información sobre la producción y transformación del vino.

En la imagen superior, una villa cerealista en el entorno de Asta Regia (Mesas de Asta, Jerez), un gran latifundio que producía decenas de toneladas de trigo, seguramente destinadas al mejor postor y, con toda probabilidad, a la capital, Roma. La mano de obra en estos grandes cortijos sería muy abundante, sobre todo en época de siembra y recolección. La comunicación estaba asegurada, aunque nunca se situaban junto a la vía principal, la Vía Augusta; siempre contaban con accesos propios conectados a esta.

El transporte era fundamental: el producto, una vez recolectado, debía trasladarse a uno de los muelles, ya fuera el de Asta o el Gaditano, donde sería pesado y comercializado.

| Escena de un momento de la trilla

En realidad, eran centros de producción agraria (aceite, vino, grano) y, al mismo tiempo, residencias señoriales, donde la opulencia urbana se reproducía junto al trabajo del campo, sustentado en gran parte por mano de obra esclavizada. La zona residencial era de gran lujo, con estancias embellecidas con mosaicos y frescos en las paredes, termas privadas y patios, todo lo propio de una domus urbana.

Las zonas de trabajo contaban con talleres de metalurgia y carpintería, almacenes y graneros, establos, así como lagares y espacios para la trilla, además de viviendas para esclavos y trabajadores. Todo el conjunto constituía una unidad económica independiente que producía lo necesario para sus habitantes.

En la imagen superior, una vez cargado todo el producto posible, el barco se hacía a la mar en dirección al puerto que había adquirido el cargamento. En este caso, una vez producido el vino, el de mejor calidad se transportaba en grandes ánforas, que tenían una capacidad de entre 23 y 39 litros. Cada una contaba con su etiqueta de procedencia: el productor, la añada, la variedad de uva y la región; en ocasiones, incluso el cónsul del año.

Todo ello, junto a su calidad, hacía de este vino una clase superior, no muy alejada de nuestros actuales estándares.

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LÓPEZ AMADOR, J. J. y PÉREZ FERNÁNDEZ, E., 2013: El Puerto Gaditano de Balbo-El Puerto de Santa María. Cádiz. Ed. El Boletín.

PÉREZ FERNÁNDEZ, E., RUIZ GIL, J. A. y LÓPEZ AMADOR, J.J., 1989: “El Portus Gaditanus, estación aduanera de la Bética”, Revista de Arqueología nº104, Madrid, pp. 29-38.

Investigación en el firme del Camino de los Romanos, dirección de LUIS COBOS y codirección de ESPERANZA MATA y JORGE RAMÍREZ. Remitimos a la publicación donde darán a conocer los resultados (Anuario Arqueológico de Andalucía, 2.022, aún inédita)

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