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Los ‘Cerillitos’, el pulso incombustible de la Misericordia #6.335

| El primitivo cristo de la Misericordia que se conserva en el Castillo de San Marcos

| Texto: Verbigracia García L.

Todo comenzó en un lejano 1930. Por aquel entonces, la hermandad caminaba a la sombra del Nazareno como filial, procesionando un Crucificado que dormía entre los muros de piedra del Castillo de San Marcos. No tardarían mucho en volar solos. En 1932 decidieron independizarse, buscando refugio en esa capilla de la Prioral que hoy es santuario de rezos cotidianos. Pero la historia de la Misericordia no ha sido un camino de rosas; ha sido una carrera de obstáculos superada con el orgullo de quien se sabe depositario de un tesoro.

Tras el silencio obligado de la Guerra Civil, la hermandad tuvo que recomponerse de todo, incluso de la pérdida de sus papeles, redactando nuevos estatutos en el 42. Hubo momentos de corazón en un puño, como aquel 1947, cuando un decreto del Obispado obligó a devolver el antiguo Cristo a la hija del Duque de Medinacelia, la condesa viuda de Gavia y Valdelagrana —María del Carmen Fernández de Córdoba y Pérez de Barradas—, por aquel entonces propietaria del Castillo de San Marcos, antes de su adquisición por Bodegas Caballero.

¿Qué hace un barrio sin su Cristo? Durante años, el Martes Santo se volvió íntimo, de Vía Crucis por las naves de la Iglesia Mayor, hasta que en 1951 las manos de un hijo de El Puerto, el imaginero José Ovando Merino, tallaron la imagen que hoy nos procesión por las calles de El Puerto.

Sin embargo, no todo fueron luces. Los años 70 fueron, quizás, el capítulo más amargo y de resistencia de la hermandad, a punto de desaparece. Fue en 1978 cuando se vivió una estampa que todavía sobrecoge la memoria de quien lo vivió: el Crucificado, despojado de paso y boato, procesionó portado a hombros por sus hermanos en el más absoluto silencio de las calles del casco antiguo fue el mejor acompañamiento para una cofradía que se resistía a morir.

Aquel sacrificio fue la semilla del resurgimiento. Poco después, la savia nueva del primer grupo joven trajo consigo la alegría y el empuje necesarios para reconstruir los cimientos de la hermandad. Con ese espíritu renovado, se llegó a 1982, un año marcado para celebrar el Cincuentenario Fundacional. Aquella efeméride no fue solo una sucesión de actos solemnes, sino el grito de júbilo de una corporación que había logrado volver a la vida.

| Foto: Manuel Acosta Camacho

Es en esa época cuando termina de cuajar la estampa que todos buscamos en las aceras: la de los Cerillitos. Ese apelativo cariñoso —hoy título de orgullo— nació del contraste del antifaz rojo sobre la túnica color hueso (y más tarde la capa roja). Un sello de identidad que, desde 1943, camina junto al consuelo de la Madre de la Piedad, que procesiona con esa elegancia que solo se entiende en las orillas de nuestra Bahía.

El rincón del sentimiento: plaza del Castillo y calle Conejitos

Si quieres vivir la Misericordia de verdad hay que buscarla donde El Puerto se vuelve estrecho, antiguo y sabio. No hay estampa más nuestra que el paso de la cofradía por la plaza del Castillo, rindiendo honores a sus orígenes, o ese discurrir valiente y apretado por la calle Conejitos. Allí, entre el rachear de los costaleros, el olor a cera fundida y el silencio del barrio, se entiende por qué esta hermandad es el latido del Martes Santo.

Imposible olvidar aquel 2005, cuando se celebró el 75 aniversario. El palio de la Virgen de la Piedad regaló una salida extraordinaria que todavía se paladea en las tertulias, y el Cristo recorrió su feligresía en un Vía Crucis que pareció detener el tiempo. Hoy, casi un siglo después de aquel primer desfile desde el Castillo, la Hermandad de la Misericordia sigue siendo de un testimonio cofradiero incombustible.

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