El escritor convirtió durante casi dos décadas a El Puerto en un referente internacional de la narrativa en español, hasta que la falta de respaldo municipal acabó desmantelando su proyecto cultural.

| Texto: Javier Maldonado Rosso
"Luis confió en El Puerto, pero El Puerto no le respondió", me ha dicho, con toda razón, Mercedes García Pazos hace unas horas. Tras la constitución de la fundación cultural que lleva su nombre a finales de 1992 en Barcelona (su ciudad natal y todavía su lugar de resistencia a la exclusión oficial a la que estaba sometido por escribir en español), Luis Goytisolo trasladó su sede a El Puerto a mediados del año siguiente de acuerdo con el Ayuntamiento, que se incorporó a ella como patrono.
María-Antonia Gil Moreno de Mora, su primera mujer (fallecida poco tiempo después), quiso para él una fundación que estudiase su obra, ya por entonces internacionalmente considerada como una de las más originales de la literatura contemporánea. Añoraba ella sus estancias juveniles en el Palacio de Purullena, del que era coheredera de su séptima parte. Compró con Luis las otras seis y pusieron la ruinosa otrora casa de cargadores de Indias como patrimonio de la fundación. También el archivo de los marqueses de Villarreal y Purullena, que recuperaron in extremis y se lo llevaron a Vimbodí, donde lo preservaron y de donde volvió a El Puerto y se depositó hasta la rehabilitación del edificio en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

Con generosidad y visión cultural, Luis viró el rumbo de la fundación hacia el estudio de la narrativa hispánica contemporánea, a la que se dedicaron (si no recuerdo mal) diecisiete memorables simposios internacionales entre 1993 y 2009). Manuel-Ángel Vázquez Medel y Fernando Vals -inicialmente- y Elvira Huelbes e Ignacio Echevarría -durante todo ese tiempo- fueron los más cercanos colaboradores de Luis en este proyecto.
Sus conocimientos literarios y relaciones profesionales y personales hicieron posible la participación de buena parte de los más destacados escritores, estudiosos y críticos de esos años: Eduardo Mendoza, Enrique Vila Matas, Ricardo Piglia, Belén Gopegui, Gonzalo Sobejano, Claudio Guillén, Juan Goytisolo, Fernando Lázaro Carreter, Rosa-María Garrido, Soledad Puértolas, Guillermo Cabrera Infante, Esther Tusquets, Luis Mateo Díez…, entre tantas otras figuras.

Desde su elección como miembro de la Real Academia Española, en 1995, Luis Goytisolo se propuso que El Puerto, dada su vinculación con América, fuese sede de reuniones de la RAE y de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Y logró que en 2007 el Palacio de Purullena acogiese la primera reunión de la Comisión Interacadémica para la redacción del Diccionario de Americanismos.

En 2010, la exitosa marcha de la fundación Luis Goytisolo se detuvo. Mejor dicho, fue parada en seco: ya no hubo aportación municipal para el simposio y los retrasos del Ayuntamiento en el abono de varias aportaciones para obras en Purullena provocaron que la fundación fuese demandada por una empresa afectada y que tuviese que hacer frente a costes judiciales y honorarios de defensa jurídica.
Dos años después, como consecuencia del desacertado Plan de Ajuste Municipal aplicado en cumplimiento de la Ley de Racionalidad y Sostenibilidad de las Administraciones Locales, auspiciada por un ministro de Hacienda que presuntamente miraba más por el bienestar de su despacho profesional que por el de la sociedad española, nuestro ayuntamiento anuló el pago de 10.700 euros de una subvención concedida para el palacio: cantidad ridícula para el Ayuntamiento, enorme para la fundación. Todo ello provocó que ésta entrase en déficit. Y hasta hoy.

Ni que decir tiene que el archivo de los Purullena sigue en Cádiz y que continuará allí per saecula saeculorum, porque el palacio pasó de estar destinado a ser un importante centro cultural a albergar oficinas municipales. ¡Como tenemos tantos edificios históricos visitables, da igual!
Luis Goytisolo contribuyó decisivamente a que El Puerto fuese un referente en el estudio de la lengua y la narrativa españolas, pero solo lo consiguió temporalmente. La desidia local acabó con su sueño.
