La Guerra Civil también levantó el telón de la venganza

| Texto: José María Morillo
La Guerra Civil española no solo partió el país en dos: también quebró compañías teatrales, amistades, carreras artísticas y antiguas complicidades. Los escenarios, hasta entonces espacios compartidos por intérpretes de ideologías muy distintas, quedaron sometidos de repente a la lógica brutal de la retaguardia, las depuraciones y los ajustes de cuentas. En aquel mundo deshecho se sitúa uno de los episodios más inquietantes reconstruidos por el periodista e investigador Pedro Corral en su libro Cómicos en guerra: la detención del dramaturgo portuense Pedro Muñoz Seca por Avelino Nieto Tormo, un actor perteneciente a su mismo gremio.
Muñoz Seca se encontraba en Barcelona junto a su esposa, Asunción Ariza, cuando la sublevación militar del 18 de julio de 1936 desencadenó el hundimiento del orden público y la revolución en la retaguardia republicana. Monárquico declarado, conservador y abiertamente crítico con la República, el autor de La venganza de don Mendo era una figura enormemente popular gracias a su teatro del disparate, --la astracanada-- sustentado en el ingenio verbal, los equívocos y una comicidad que gozaba del favor del público.
Según la reconstrucción documental de Corral, su arresto no fue consecuencia de una delación aislada, como se había repetido durante años. Un grupo de milicianos encabezado por Avelino Nieto Tormo acudió a la pensión Claris en Barcelona, en la que se alojaba el dramaturgo. Nieto, que ejercía como secretario y representante de una organización sindical de artistas vinculada a la CNT-FAI, habría encañonado al escritor delante de su mujer y procedido a detenerlo.

El episodio contiene una paradoja casi esperpéntica, aunque su desenlace estuviera muy lejos de la comedia: el detenido tuvo que pagar de su propio bolsillo los billetes de tren y los gastos de manutención de los milicianos encargados de trasladarlo a Madrid, vía Valencia. Muñoz Seca acabó recluido en la prisión de San Antón, instalada en el antiguo colegio de los escolapios de la calle Hortaleza. El 28 de noviembre de 1936 fue sacado de la cárcel y fusilado en una de las expediciones de presos vinculadas a las matanzas de Paracuellos del Jarama.

Corral sostiene que la suerte del dramaturgo no fue ignorada por las autoridades republicanas. Una documentación localizada por el investigador, relacionada con el posterior consejo de guerra contra el escritor Joaquín Dicenta, demostraría que se conocía su encarcelamiento y que hubo peticiones expresas para conseguir su libertad. De acuerdo con esta investigación, Manuel Muñoz Martínez, responsable de la Dirección General de Seguridad, rechazó excarcelarlo bajo el argumento de que se encontraba «más seguro en la cárcel». La realidad convertiría aquella supuesta protección en una sentencia fatal: fue precisamente de la prisión de donde lo sacaron para matarlo.
Un rostro rescatado del cine mudo
¿Quién era Avelino Nieto Tormo y qué pudo llevar a un actor a participar en la detención de uno de los autores más célebres de su tiempo?
Antes de la guerra, Nieto había desarrollado una discreta trayectoria como actor secundario. Participó en películas del periodo mudo, entre ellas Justicia divina —rodada en 1926—, donde interpretaba, con una ironía que solo el paso del tiempo podía volver siniestra, el papel de un sacerdote. Los fotogramas de aquella cinta han permitido identificar su rostro. También intervino en espectáculos como El circo de la verbena, representado en 1933 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
Su biografía muestra hasta qué punto la guerra transformó a los profesionales del espectáculo en soldados, policías, propagandistas, perseguidos o exiliados. En septiembre de 1936, poco después de intervenir en la detención de Muñoz Seca, Nieto se trasladó a Huesca convertido en agente de tercera clase de la Policía republicana. Allí se dedicó a combatir las redes clandestinas de la llamada Quinta Columna, especialmente las que ayudaban a derechistas y desertores a escapar hacia Francia.
Su posible participación en otros episodios represivos debe exponerse, sin embargo, con cautela y respaldo documental. La guerra favoreció la venganza personal, la denuncia interesada y la apropiación de bienes, pero esa realidad general no permite adjudicar automáticamente a cada individuo todos los crímenes cometidos por el sector al que pertenecía. Conviene distinguir entre hechos acreditados, testimonios posteriores e interpretaciones del investigador.

Tras la derrota de la República en 1939, Nieto cruzó la frontera francesa y fue internado en un campo de concentración. Una grave neumonía habría facilitado su salida o evasión. Durante la Segunda Guerra Mundial protagonizó una peripecia difícil de encajar en categorías morales simples: sobrevivió en el extranjero relacionándose primero con las fuerzas alemanas de ocupación y más tarde con los Aliados.
Todavía más sorprendente fue su regreso a la España franquista. Ocultando o relatando solo parcialmente su pasado, consiguió evitar las represalias y reincorporarse al espectáculo. Entre 1940 y 1963 trabajó de manera habitual como actor de doblaje, prestando su voz a numerosos personajes secundarios. Mientras Pedro Muñoz Seca permanecía convertido en símbolo de la represión republicana, el hombre que había participado en su detención volvía a ponerse delante de un micrófono.
El teatro como refugio antes de convertirse en campo de batalla

El caso de Nieto y Muñoz Seca podría conducir a una conclusión demasiado cómoda: que el teatro español estaba dividido desde antes de la guerra en dos bandos irreconciliables. La experiencia de La Barraca demuestra precisamente lo contrario.
La compañía universitaria impulsada por Federico García Lorca –represaliado y asesinado por el bando contrario-- reunió a jóvenes de sensibilidades políticas muy diferentes. En ella convivieron personas próximas al comunismo con simpatizantes de Falange, unidas por el propósito de llevar el teatro clásico a pueblos que rara vez podían contemplarlo. Lorca consiguió que, durante un tiempo, la pasión por la escena pesara más que las etiquetas ideológicas.
el teatro no fue trinchera, sino refugio de unos y otros.”
El golpe militar y la revolución destruyeron ese espacio compartido. Algunos integrantes de La Barraca murieron en el frente; otros fueron encarcelados, depurados o empujados al exilio. La compañía quedó disuelta y sus miembros terminaron dispersos entre los dos bandos. La conclusión que propone Corral resulta tan certera como amarga: antes de que la política invadiera violentamente los escenarios, el teatro no había sido una trinchera, sino un refugio.

Cómicos en guerra reconstruye ese universo mediante historias en las que lo grotesco convive con lo trágico: el futuro Don Cicuta de Un, dos, tres…, Valentín Tornos, implicado durante la contienda en actividades vinculadas al aparato republicano; las actuaciones gratuitas de los payasos Pompoff, Thedy y Emig —José María y Teodoro Aragón Foureaux, tíos de Gaby, Fofó y Miliki— ante los combatientes; o la formación de un batallón de cómicos para defender Madrid. Artistas célebres y secundarios anónimos sufrieron la intolerancia, las sospechas y las represalias de uno y otro lado.
La historia de Avelino Nieto Tormo y Pedro Muñoz Seca condensa aquella fractura. No fue solamente el encuentro entre un miliciano y un detenido, sino el choque entre dos hombres que habían pertenecido al mismo mundo. La Guerra Civil convirtió a uno en perseguidor y al otro en víctima; después permitió que el primero regresara discretamente al oficio mientras el segundo ingresaba en la memoria trágica del teatro español. Sobre aquel escenario ya no se representaba ninguna comedia: era la propia España la que había comenzado a devorar a sus actores. Para el escritor y columnista portuense Pepe Mendoza, “Nuestro pasado es un pudridero de hombres y mujeres de la cultura que sufrieron el exilio, la cárcel y la muerte.”
