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Figuras antropomorfas en una jamba a la entrada de una cantera-cueva, sin datación. / Foto, Juan José López Amador, años 80.

En la piedra que conforma el relieve y las entrañas de la Sierra de San Cristóbal se encuentra su propia historia, el soporte con el que se construyeron todas las estructuras de los hábitats que se fueron sucediendo en su solar desde hace, al menos, 5.300 años.

Con la piedra de San Cristóbal se levantaron los zócalos que sustentaron las cabañas de los poblados de la Edad del Cobre de Las Beatillas y La Dehesa, los monumentos funerarios, hipogeos y tumbas de sus necrópolis, las ciudades fenicio-púnicas de Doña Blanca y de su acrópolis de Las Cumbres, las villas y alfares romanos, la población andalusí de Siduna, las torres y ermitas cristianas…, de lo que escribimos en las cuatro anteriores entregas de esta serie (nótulas 2.416-2.430-2.451-2.472).

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En el recuadro amarillo, ubicación de las canteras de la zona militar en plano de José Pettenghi Estrada.

Y también la piedra de San Cristóbal está dispersa (asunto éste nunca estudiado) al extraerse y trasladarse a numerosos asentamientos –de todas las épocas- alejados de la Sierra, dentro y fuera del término portuense. La continuada extracción del material durante milenios produjo una profunda transformación del paisaje natural que a su vez modificó los paisajes urbanos y rurales de otros lugares.

La fisonomía que hoy presenta el conjunto de las canteras, las excavadas a cielo abierto y las subterráneas –las popularmente conocidas como ‘cuevas’-, viene a ser una ‘foto fija’ de su estado tal como quedaron cuando las últimas explotaciones fueron abandonadas a comienzos del siglo XX, hacia 1905. Eso sí, mediado el pasado siglo se abrieron dos grandes canteras para la explotación de áridos, una a cada extremo de la Sierra: la que se extiende desde la Cuesta del Chorizo (frente al parque acuático) hasta el paso de la variante Jerez-Puerto Real (unos 850 m de longitud por 500 m de ancho), aún abierta y en explotación; y al pie sur del Cerro de San Cristóbal (700 m x 200 m), abandonada hace unos años. Ambas canteras –en torno al 40% de la superficie de la Sierra- transformaron radicalmente el paisaje serrano, creándose grandes cavidades de hasta 50 m de profundidad.

UNA ACTIVIDAD MILENARIA

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Perfil de una antigua cantera a cielo abierto con un busto de medio bulto. / Foto, J.J.L.A., años 80.

Conocer cómo fueron evolucionando las explotaciones en el curso de la Historia es tarea, hoy por hoy, insalvable. Se desconoce, por ejemplo, cuáles fueron las canteras –las grandes canteras- de las que los canteros fenicios extrajeron ingentes cantidades de piedras para construir las sucesivas ciudades de Doña Blanca (ss. IX-III a.C.). Ocurre en la Sierra que la continuada explotación de su piedra durante cinco milenios conllevó que las canteras se fueran solapando unas a otras, uniéndose canteras explotadas en tiempos distintos y desapareciendo los espacios (los vacíos) de las precedentes. Sí creemos tener localizadas, por estar asociadas las mismas piedras a materiales culturales, dos canteras a cielo abierto de época romana: en la necrópolis de Las Cumbres (foto en nótula 2.430) y en el cerro de Buenavista.

islacartare_13_4_puertosantamariaDetalle de la figura anterior. La escultura –de aspecto y factura muy antigua- tiene la apariencia de que fue abandonada antes de culminarse su extracción. / Foto, J.J.L.A., años 80.

Es la documentación escrita la que permite conocer algunos aspectos de las viejas canteras, principalmente a partir del primer tercio del siglo XVIII, porque las fuentes anteriores desaparecieron del Archivo Municipal portuense en fecha imprecisa (seguramente con la invasión anglo-holandesa de 1702). No obstante, los sistemas de explotación, las herramientas, el transporte, etc., debieron de ser muy similares si no idénticos a los empleados en siglos anteriores.

De los primeros tiempos de la fundación de El Puerto en tiempos de Alfonso X se conoce el precioso dato de los primeros siete canteros que se establecieron en la recién fundada villa, recogidos en el Libro del Repartimiento (1268), cuya labor extractiva es de suponer que la realizaron en San Cristóbal: Pedro Domínguez, Domingo Martín, Juan Martín, Juan Miguélez, Fortún Pérez, Juan Pérez y Pedro Pérez fueron sus nombres.

islacartare_13_5_puertosantamariaCantera a cielo abierto en el cerro de Buenavista. / Foto, Francisco Giles Pacheco, 2015.

Con la piedra de San Cristóbal se levantó entonces la iglesia-fortaleza de Santa María del Puerto (Castillo de San Marcos), en la que también se empleó abundantes sillares romanos –del Portus Gaditanus- que se hallaron en el subsuelo del entorno del Castillo, en su tiempo –hace dos mil años- también extraídos de San Cristóbal, los cantos grandes y bien cuadrados que menciona una de las Cantigas de Santa María alfonsí.

Y también se conoce la primera mención documental de las canteras –del cerro de San Cristóbal- en el primer deslinde del término portuense que se realizó en 1269, cuando Santa María del Puerto y su término aún pertenecían al de Cádiz (hasta que se segregó en 1272). Dice el documento: “Y hay otro mojón en la cabeza [cabezo] que llaman la Cantera de grandes cantos y piedras menudas y este mojón parte término entre Cádiz, Xerez y Cidueña.”

PALOMERA Y FRANCA

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La calcarenita de San Cristóbal, la materia prima de la que se surtieron las culturas durante cinco milenios. / Foto, J.J.L.A.

La Sierra de San Cristóbal es una formación del plioceno superior constituida por calcarenitas, que son areniscas fosilíferas de grano medio-grueso con cemento calcáreo que presentan distinto grado de cohesión. Tradicionalmente, los canteros las dividían en dos tipos: la piedra dura o ‘palomera’, que se extraía con facilidad porque su dureza favorecía la ruptura pero era más difícil darle forma, cuadrarla, y que al picarla produce un sonido metálico; y la piedra blanda o ‘franca’. Sobre ambas calidades de piedra, el ilustrado y erudito portuense Juan Luis Roche dejó escrito en 1771: “Las Canteras abundantes que tiene el término del Puerto de Santa María y de que se hacen los edificios son de una piedra franca, arenisca, y blanda, fácil de labrar, y del mismo color que la arena blanca muy porosa, y que embebe el agua como la esponja. Hay otras menos blancas y más débiles, y otras que duran muchos años sin quebranto considerable, como se echa de ver en la Iglesia Mayor y en la fábrica del Castillo y otros edificios antiguos. […] Hoy no se halla ya esta piedra durable, porque la que se gasta a la vista no se diferencia de la franca, y la dureza tampoco es mucha porque una y otra es arenisca, más o menos aglutinada. […] Tiene esta ciudad la gloria de haberse fabricado de sus Canteras la Santa Iglesia de Sevilla, según tradición.

LA SIERRA EN SEVILLA

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Grabado de la catedral de Sevilla del s. XVIII. / Imagen tomada de la web postalesyfotosantiguasdesevilla.blogspot.com.es.

Ciertamente, de las canteras subterráneas de San Cristóbal se extrajo la mayor parte de la piedra que se empleó para construir el que está considerado, por sus dimensiones, el tercer templo de la cristiandad. Y con su piedra también se construyeron los dos recintos religiosos más importantes de su entorno: la Prioral de El Puerto y la catedral de Jerez, y también numerosos edificios religiosos, militares y civiles y buena parte del entramado urbano de ambas ciudades.

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Entrada a una cantera-cueva, colmatada y cegada, que ostenta en el dintel la Cruz Arzobispal (de Sevilla). / Foto, jmav’14.  

Escribimos en las anteriores entregas acerca de los milenarios vínculos de la Sierra con lo sagrado, lo religioso, lo espiritual. Y esta relación también estuvo presente cuando desde Sevilla apostaron por que fuera la piedra de la Sierra portuense la base material para levantar la catedral sevillana. Por ello puede afirmarse que la catedral de Sevilla es la propia Sierra de San Cristóbal, o que una parte de la Sierra está en Sevilla, y que en la Sierra, al tiempo que se extraía la piedra se formaron enormes espacios que se asemejan a catedrales ‘en negativo’.

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Vista parcial de la cantera-cueva La Mujer, reutilizada como polvorín militar. / Foto, José Ignacio Delgado Poullet (Nani).

De la relación de las canteras con la catedral hispalense se ha ocupado en dos monografías el profesor de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla e investigador Juan Clemente Rodríguez Estévez. Al respecto, la información entresacada de los Libros de Fábrica de la Catedral es concluyente. Documentalmente se conoce que ya en 1433 se extraía piedra con destino al templo sevillano. Entre 1497 y 1527 prácticamente la totalidad de la piedra (99%) procedía de San Cristóbal. De 1528 a 1546 se extrajeron unas 30.000 carretadas (en torno al 56% del total). De 1547 a 1570 –en dato de Teodoro Falcón- se sacaron 17.119 carretadas (60%). Rodríguez Estévez evaluó que hasta la primera mitad del s. XVI –periodo de su estudio- 3 de 4 piedras de la Catedral procedían de San Cristóbal (las ¾ partes sillares), estimando una media del 73% del total (más el 13% de las canteras de Puerto Real, el 6% de Morón de la Frontera y el 5% de la cantera de Martelilla, próxima a la laguna de Medina).

El investigador sevillano documentó en el periodo 1433-1528 la presencia en San Cristóbal de 29 canteros sacadores: entre ellos, 15 de Jerez y 3 de El Puerto, Juan Cantero, Alfonso de Hariza y Juan Martínez. Éste, en 1499 se encargó de construir un muelle en El Puerto expresamente empleado para la obra de la Catedral. Traída la piedra por el viejo camino de Sidueña en carros tirados por mulas, en el Guadalete la embarcaban rumbo a Sevilla por el Guadalquivir, hasta las inmediaciones de la Torre del Oro, donde se encontraba el muelle de descarga de la piedra.

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Otra perspectiva de la cantera La Mujer en una antigua imagen. / Foto, Archivo General de la Administración.

Del año 1561 es un interesante testimonio del vicario de El Puerto Martín de Radona. Escribiendo de la ermita de Santiago de los Canteros (ver nótula 2.472) que se emplazaba en el cerro de Buenavista, decía que “…junto a la ermita y por gran parte de la sierra, donde está la dicha ermita, se saca en cada un año gran suma de cantería para esta dicha villa [El Puerto] y para Xerez y para la Iglesia Mayor de Sevilla, y para otras partes. Y en partes se saca la dicha piedra diez y doce y más estados de honduras, y así la primera ermita de Santiago se fundó en una cueva de aquellas…”. En la época, el ‘estado’ era la medida longitudinal tomada de la estatura regular de un hombre, en la apreciación de Radona, entre 17-20 metros de profundidad, o más –decía el vicario-, como algunas realmente tienen.

EL PÍCARO PARADA 

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Acceso a una cueva subterránea. / Foto, J.J.L.A., años 80.

De aquella década en que escribió el vicario Radona se conoce una curiosa historia que en 1839 nos legó el jerezano Joaquín Portillo en sus Noches jerezanas. Ocurrió que en 1569, un ermitaño llamado Juan de Dios Parada se dedicaba en Jerez a pedir limosnas para los pobres en nombre de la hospitalaria orden de San Juan de Dios. Pero pasó que el tal Parada, que en verdad era más pícaro que ermitaño, una vez acumulada una buena suma de dinero y objetos variados, se pegó el piro. Y pasó lo que con estas palabras contó Portillo: “…y pareciendo a los vecinos pesada la burla, le hicieron buscar, fue traído y hecho examen de sus culpas, lo ahorcaron. El sitio de su paradero era una cueva, en la Sierra de San Cristóbal, la que desde dicha época le llaman la cueva del padre Parada.” Es curioso cómo aquel episodio traspasó el tiempo y aún se recordaba durante la primera mitad del siglo XIX.

La misma herencia oral y escrita la encontramos en otro documento, de 1729-30. Entonces, con motivo de las visitas de Felipe V y la familia Real a El Puerto recién incorporado a la Corona, surgió una sátira política –la estudió José Cebrián García- en la que poetas populares jerezanos y portuenses compusieron décimas y romances mordaces si no hirientes poniendo en tela de juicio las cualidades y virtudes de una y otra población. Así, en una décima que dirigió Jerez a El Puerto, leemos: “Su nobleza no pequeña / es muy fácil de probar / pues aún se ve su solar / en la sierra de Sidueña; / con que a decir nos empeña / que está tan acrisolada / tan clara y tan litigada / que menor del Puerto prueba / ser parada de la Cueva / Cueva del Padre Parada.

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Instantánea de la serie Bandolera de Antena 3 Televisión, ambientada en una cueva-cantera.

También se conoce que las ‘cuevas’ de San Cristóbal fueron lugares propicios donde se refugiaban gente de mal vivir: está documentado a comienzos del s. XVIII (1702) y partidas de bandoleros durante el s. XIX.

A CIELO ABIERTO Y A CIELO CUBIERTO 

islacartare_13_13_puertosantamariaVieja cantera a cielo abierto. A la derecha se aprecian los escalones tras la extracción de sillares. / Foto, J.J.L.A.

Desde la Antigüedad y hasta fines de la Edad Media las canteras siempre se abrieron y trabajaron a cielo abierto (a excepción de las pequeñas ‘cuevas’ que se excavaron para servir de enterramientos colectivos a fines de la Edad del Cobre, como el hipogeo del Sol y la Luna).

Creemos que fue durante el primer tercio del siglo XV, seguramente al comenzarse a extraer la piedra para la catedral de Sevilla, cuando empezaron a excavarse las grandes canteras-cuevas que han llegado a nuestros días. El motivo estribó en que una vez explotada durante milenios la piedra más superficial en grandes extensiones de terreno, fue preciso profundizar para localizar las vetas de piedra más dura –la palomera- y de mayor calidad, creándose amplias y largas galerías.

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Interior de una cantera con columna y lumbrera, en la que se observa la dirección de la excavación buscando la piedra más dura, la ‘palomera’. / Foto J.J.L.A., años 80.

Así fue hasta mediado el s. XVIII, cuando volvieron a generalizarse (en 1758 lo tenemos documentadas por primera vez) las explotaciones a cielo abierto, que se “modernizaron” a partir de 1796 con el empleo de barrenos. Estas son las canteras que hoy contemplamos al sur de la Sierra, en el entorno de los cerros de Buenavista y de las Canteras –el que a comienzos del s. XVI llamaban cerro de los Cantos-, que en buena parte están abiertas al modo de amplias calles, con los frentes abiertos a uno y otro lado, y que algunas tienen –tal como se hacía en época romana- testigos centrales en forma de columnas que marcaban la altura excavada desde la superficie originaria.

Respecto a las cuevas-canteras subterráneas y como es conocido, la mayor parte de ellas se encuentran en los terrenos de los polvorines militares, cuya propiedad actualmente se negocia con el Ministerio de Defensa para su reversión al municipio. Los militares se asentaron aquí, donde se hallaban las mayores ‘cuevas’ –y en el Rancho de la Bola, frente al cerro de San Cristóbal, en término jerezano- tras la ‘explosión de Cádiz’ de agosto de 1947, aunque no fue hasta los diez años, en 1957, cuando el Ayuntamiento firmó un contrato de arrendamiento al ejército de estos terrenos de los Propios de la ciudad desde que en 1284 Sidueña y su término (la Siduna andalusí) pasó a formar parte de El Puerto. Así se dio una forma jurídica a lo que desde hacía una década era una situación de hecho. En el 57 el ejército devolvió al municipio 92 hectáreas que emplearon para extraer piedra con la que se construyó el muelle de la Base de Rota. Entonces quedaron en terreno militar las 66 has. que han llegado hasta nuestros días, unos 622.000 m2.

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Plano levantado por el militar José Pettenghi Estrada en los años 50 con la ubicación de los polvorines de la Sierra en las antiguas canteras-cuevas.

En el próximo capítulo continuaremos evocando la historia de las canteras de San Cristóbal, principalmente y en base a la documentación conservada en el Archivo Municipal, escribiendo acerca de la impresionante labor de cantería que desde comienzos del siglo XVIII realizaron los viejos canteros –verdaderos maestros- renovando y creando los bellísimos y sorprendentes espacios subterráneos que se distribuyen de punta a punta de la Sierra, los que el urbanista César Manrique certeramente calificó como ‘puro Arte moderno’: la ‘cueva’ del Gigante, la de Los Pilares, de La Mujer, del Civil, de Marmolejo… / Texto: Juan José López Amador y Enrique Pérez Fernández.

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