2.736. El Puerto de luto, por la muerte de cuatro marineros. 1928. (Parte I)

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Fueron cuatro las víctimas del naufragio, pero pudieron ser muchas más. Esa mañana fatídica de 1928 unos marineros salieron para buscarse el jornal y encontraron la muerte en su camino. La miseria y el hambre los impulsó a salir de pesca en un día terrible. Esa mañana del sábado, amaneció con un fortísimo viento de Poniente, de tal intensidad que hacía muy peligrosa la navegación para cualquier embarcación que saliese a pescar. /  Imagen del público concentrado ante la cancela del cementerio esperando para ver los cadáveres de los marineros ahogados. Noticiero Sevillano. 11.03.1928.

Sábado 10 de marzo.

A las nueve de la mañana, en la Ayudantía de Marina popularmente conocida como la Comandancia --situada en Cánovas del Castillo, hoy calle Luna--, Rafael Baones Rebollo el celador de puerto, llevaba las novedades a su superior, el comandante de marina Carlos de Pineda Soto. Éste tras su consulta, tomó la decisión de cerrar el puerto para la navegación y dio las oportunas órdenes. Esa decisión conllevaba el amarre de la flota pesquera de barcos pareja (Barcos que trabajan en pareja arrastrando una red con la que realizan las capturas) que diariamente salía a faenar, por lo que ese día no habría pescado.

El Poniente soplaba de un modo que daba miedo. Las aguas de la Bahía de Cádiz se encrespaban furiosamente y las olas alcanzaban enorme altura. El impresionante espectáculo de la naturaleza, era contemplado por los marineros resignados a quedarse en tierra sabedores de los peligros del temporal. Sin embargo, no todos pensaban igual

El periódico “El Noticiero Sevillano” que siguió detalladamente los acontecimientos recogía la información  que citamos textualmente: “….la miseria es mala consejera, y ella fue la que sugirió a unosdesgraciados el propósito de salir a pescar sin tener para nada en cuenta la disposición de la Comandancia de Marina. Estas lanchas (embarcación pesquera de vela y remos) pescadoras que cada mañana salen del Puerto no tienen dotación fija. Todos los días acuden a la playa cuantos individuos faltos de ocupación buscan donde emplear sus inactivos brazos. Entre estos pobres reclutan los patronos su tripulación. Muchas veces ocurre que algunos de los hombres de ésta recluta no son marineros siquiera. Se presentan en la playa a la hora de salir las lanchas y si no hay otras personas más aptas se emplean a ellos. Y no se vaya a creer que ganan mucho dinero. La mayoría de los días el producto de la pesca apenas si da para pagar a estos forzados de la galera de la vida, treinta o cuarenta céntimos.”

El cierre del puerto no fue obstáculo para que algunos valientes acudieran a la playa como otros días. Sabiendo que las parejas no saldrían y que no habría pescado, si se atreviesen a salir podrían obtener buenas ganancias por no haber más pescado que el que ellos trajesen.

A las diez de la mañana salió rio abajo hacia la desembocadura la lancha “Pepita”, mandada por el patrón Juan Martínez Gutiérrez, conocido como “Felipe”. Esta lancha era propiedad del armador Francisco García Rico más conocido como “Sabonés” y arrendada a la sociedad “Pesqueras Portuenses” que a su vez las arrendaba a los marineros que se dedicaban a las labores propias de la pesca.

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Logotipo de Pesqueras Portuenses. Revista Portuense 1927

Sabonés junto a su hermano Manuel García Rico eran propietarios de una numerosa flota de barcos motorizados que se dedicaban a la pesca mediante el uso del arte denominado “del bou”. La sociedad creada por estos armadores se llamaba García Hermanos “Saboneses” y comprendía en esos años hasta 23 barcos. Hacía poco que se habían motorizado algunos de sus barcos alternando con otros a vapor.

 

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Sobre de correspondencia de la Empresa “García Hermanos. ´Saboneses´”

El patrón se dirigía hacia el tramo final del rio. Previamente había reclutado a algunos marineros en la playa que acompañarían a la tripulación habitual que solía llevar consigo. Se había decidido a probar suerte e intentar una buena captura de sábalos y ya había dispuesto a tres ayudantes que iban a estar en la playa para ayudar al arrastre de la red, conjuntamente con los tripulantes de la barca. La Pepita era una barca del tipo lavandera, denominación que usaban los marineros para referirse al arte de pesca que era empleado en esa embarcación.

En este caso utilizaban una red de arrastre llamada “de lavada” donde intervenían hasta 15 hombres. Dejaban uno de los extremos de la red en la playa y el otro era arrastrado por la barca realizando un barrido para finalmente retornar de nuevo a la costa y recoger allí la red con la pesca conseguida.

En la embarcación Pepita iban doce personas a bordo y otras tres quedaban en tierra. Iban a bordo: Juan Martínez Gutiérrez conocido como “Felipe”, y era el patrón José Guerrero Morano conocido como “Panarria”. José Cuevas Fernández. José Patino Suarez. Vicente Núñez Ladero. Manuel Selma Lara. Enrique Pérez Martínez. Julio Vaca Custodio, Vidente de la Flor, conocido como “Flor “. Juan Herrera Durán, conocido como “Churruca”. Francisco Ponce Tomás. José Romero Raposo, de 15 años, que iba de grumete.  Mientras, quedaban en la playa: José Oviedo Gómez, Luis Benítez Blanco y Juan Pizarro.

El patrón dejó atrás la barra del Guadalete y se acercó a un punto conocido como el “bajo aislado”. Desde allí se divisaba claramente la playa de La Puntilla y tenían a la vista a los que debían ayudar en tierra. Era una preciosa perspectiva la que podía apreciarse, con los Baños del Porvenir y el Restaurante de la Rotonda de la Puntilla destacando en la línea de costa. A pesar del temporal, había bastante gente en la playa e, incluso, algunos tenían dispuestas sus barcas para la pesca. La barca continuó su viaje y se alejó algo más de la playa buscando un punto desde donde iban a faenar.

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La barra del Guadalete en la “boca del rio”, al fondo el Coto de Valdelagrana

En este punto continuamos el relato con un testigo fundamental de los hechos acaecidos ese sábado y recogidos por “El Noticiero Sevillano”. Nos lo cuenta el patrón Juan Martínez Gutiérrez:

“Cuando llegamos al sitio que estimé era bueno para pescar, saqué la red, lanzándola al agua. en tanto Vicente de la Flor echaba el rezón (especie de ancla pequeña). La red se enganchó en el timón al mismo tiempo que Vicente arrojó el rezón produciéndose un movimiento que hizo virar a la barca, la cual por efecto de dicho viraje, dejó de oponer proa al embate de las olas, presentando en su lugar uno de los costados, donde recibió tan fuerte golpe de mar que zozobró inmediatamente. La embarcación se inundó enseguida. Inmediatamente ganamos la proa y allí tratamos de hacernos fuertes, asiéndonos al cabo del rezón. En el lugar que nos hallábamos calculo yo que tendría el agua unos dos metros de profundidad. Antes de mi me ocupé del grumete. Tenía el pobre José Romero Raposo quince años, pero era bajito de cuerpo. Temiendo que él sólo no pudiese sostenerse sujeto al cabo del rezón, lo cogí en mis brazos. Y así, en ésta disposición, permanecimos cerca de dos horas casi todos los tripulantes. Y digo casi todos porque José  Guerrero Morano “Panarria” y José Cuevas se lanzaron al agua con propósito de ganar la orilla estando a punto de perecer ahogados.”

Desde la playa veían todo lo que estaba ocurriendo. Así desde el primer momento las tres personas encargadas de esperar a la barca para ayudar a traer la red alertaron con sus voces a los que estaban en la playa. Uno de ellos, Luis Benitez Blanco, marchó a pedir ayuda, siendo el que probablemente avisó al armador Manuel Garcia Rico “Sabonés” que dispuso rápidamente un barco de su propiedad, el San Antonio para asistir a los náufragos. Los otros dos, José Oviedo y Juan Pizarro actuaron con presteza y tomaron una de las barcas que estaban amarradas en la playa y  sin pensar en las consecuencias de sus actos se dirigieron hacia el lugar donde sus compañeros resistían.

No eran los únicos que protagonizaron escenas arriesgadas. También dos jóvenes marineros que estaban pescando en la playa, llamados José Manuel Sánchez conocido como “Manduco” y  José Figueroa Delgado que vieron como se habían lanzado al agua los dos marineros del Pepita, no dudaron ni un momento en tomar su barca para ir en auxilio de los que nadaban hacia la playa. Remaban con rapidez hacia ellos, sin importarles el embate de las olas ni la furia del viento. En su mente sólo tenían el pensamiento de alcanzarlos antes de que fuese demasiado tarde. Gracias a Dios, lo lograron a tiempo, pues los que nadaban estaban ya sin fuerzas y a punto de ahogarse. Los subieron a su barca y los llevaron a la playa donde fueron atendidos y esperaron ayuda para trasladarlos al Hospital.

José Oviedo y Juan Pizarro, estaban teniendo mas complicaciones para llegar y no terminaban de avanzar. Tenían a la vista a sus compañeros, pero no pudieron hacer nada ante un nuevo intento de llegar a la costa nadando de otros dos de los tripulantes de la barca semi hundida. Juan Herrera y Francisco Ponce, se habían lanzado al mar en un acto de desesperación, pero desgraciadamente no pudieron llegar muy lejos pues una ola gigantesca acabó haciéndoles desaparecer bajo las aguas.

Volvemos a dejar el relato, según lo cuenta el “Noticiero Sevillano” en palabras del patrón Juan Martínez:

Los demás tripulantes seguíamos en la proa de la embarcación sujetos al cabo del rezón. La situación se nos iba haciendo cada vez más crítica. Cada golpe de mar creíamos que nos iba a llevar a todos. Así pasamos, según me han dicho después, lo menos dos horas que a nosotros nos parecieron siglos. Las fuerzas y el valor nos iban faltando, pero nos mantenía la esperanza de ser socorridos prontamente pues teníamos la certeza que desde la playa se nos estaba viendo. Y así era, sólo que la tardanza en auxiliarnos estaba explicada por el hecho de que a causa de haber anclado nuestra barca en un bajo no podían acercarse a ella embarcaciones grandes. En cuanto a las barcas constituía un imponente peligro para ellas lanzarse a la aventura de salvarnos. Pero cuando la situación se hizo para mi más angustiosa fue cuando una ola enorme de irresistible fuerza, me arrebató de los brazos al pobre chiquillo José Romero. Cada vez que me acuerdo de este momento me siento estremecer de espanto. Infeliz criatura. ¡Se agarraba a mi de un modo…!. Por fin, cuando ya desconfiábamos de ser salvados, vimos avanzar el San Antonio, barco a motor que remolcaba una lancha. Bendito sea el Señor. Los de la lancha nos ayudaron a pasar a ella y desde ésta al San Antonio, donde caímos extenuados. Vicente de la Flor fue trasladado al San Antonio falto de conocimiento. Parecía que estaba muerto.”.

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El niño de 15 años José Romero Raposo. Tenía 8 hermanos casi todos menores que él y vivía con sus padres. Noticiero Sevillano13.03.1928.

Como vemos, el  San Antonio se había acercado al lugar pero no podia aproximarse mas por estar la lancha anclada a un bajo. En ese momento se acercaron a la barca donde iban José Oviedo y Juan Pizarro y la tomaron a remolque con la intención de que sirviera de rescate a los náufragos del Pepita. Como señalamos anteriormente, el San Antonio era un barco motorizado propiedad de Manuel Garcia Rico y que formaba parte de la flota de barcos que se dedicaban a la pesca en pareja o del bou. A bordo de ese barco iban numerosos marineros deseosos de rescatar a sus compañeros y entre ellos había subido nada más enterarse del suceso, Francisco Romero Castellanos, padre del chiquillo José Romero y Juan Antonio Cuevas, hijo de José Cuevas Fernandez.

El Noticiero Sevillano cita algunos nombres de los que iban en el San Antonio: Juan Palacios Borja, Juan Márquez López, Antonio Adán, Antonio García, Francisco Romero Castellanos y Juan Antonio Cuevas. Por su parte, la Revista Portuense nos aporta otros nombres mas: Juan José García Cuadrado, Francisco García de Quirós, Ramón García y Vicente López

En el momento en el que la ola arrebató a José Romero de los brazos del patrón, creemos que se produjeron las heridas de gravedad que sufrió su padre, Francisco Romero, tratando de salvarle desesperadamente. Los tripulantes salvados fueron trasladados al Hospital de San Juan de Dios, donde fueron hospitalizados y tratados de síntomas de asfixia.

Los dos tripulantes que estaban en la playa esperando ayuda también fueron trasladados al Hospital en un automóvil de la Electra Peral Portuense que había sido cedido por el Ayuntamiento y conducido por personal de la Cruz Roja.

Según la Revista Portuense, el padre de José Romero fue hospitalizado en grave estado debido a la terrible circunstancia que experimentó tras saber de la pérdida de su hijo. En cuanto a Vicente de la Flor, ya ingresó cadaver. De él se sabía que tenía 36 años y vivía sólo sin tener descendencia.

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Francisco Romero Castellanos, padre de Jose Romero Raposo hospitalizado. Noticiero Sevillano. 13.03.1928

Los hospitalizados fueron además de Francisco Romero Castellanos, Juan Martinez Gutierrez, José Oviedo Gómez, Julio Vaca Custodio, José Guerrero Morano, José Patiño Suarez, Vicente Núñez Ladero, Manuel Selma Lara y Enrique Pérez Martínez.

De la Revista Portuense citamos textualmente: “De todos los citados náufragos, que fueron acogidos en el Hospital, prestándoles los auxilios indicados el médico señor Rousselet y practicante Sr. Zamorano, suscribió aquel el siguiente parte respectivamente: “Accidentes graves de asfixia por sumersión, que fueron asistidos científicamente, dado su estado de gravedad.” Desde la Casa de Socorro, a medida que iban reaccionando se les pasaba a ocupar camas en el  piso principal del edificio, donde se proseguían los auxilios indicados por la ciencia. Desde los primeros momentos acudieron al muelle de Pescadería el digno ayudante de Marina Sr. Pineda y el celador de puerto Sr. Baones, así como inmenso gentío, desarrollándose al ser desembarcados los náufragos desgarradoras escenas, menudeando los accidentes nerviosos entre las mujeres que formaban parte de la concurrencia.” (continuará). /Texto: Francisco Javier Seren Perdigones y Mario Fleming Cumbreras.

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