En la celebración de la Feria dedicada a San Sebastián

| Texto: Enrique Pérez Fernández
El Puerto de Santa María labró su historia con la suma de gentes procedentes de diversos lugares de España, atraídas por las expectativas de futuro que ofrecía un enclave abierto al mar y puerta de comunicación entre continentes. Así fue desde la fundación de la ciudad en 1268, cuando Alfonso X repobló la conquistada aldea andalusí de al-Qanatir. Destacada fue entonces la llegada de repobladores vasco-navarros, el 26% procedentes de la región vasco-gascona y el 9% de Navarra. Por ello, puede afirmarse, de forma parcial pero de hecho, que Santa María del Puerto fue una población cimentada con una fuerte impronta vasco-navarra.
Este vínculo resurgió y se afianzó durante la segunda mitad del siglo XVII y el XVIII al asentarse en la Bahía de Cádiz un grupo de emprendedores y hombres de negocios --nacionales y extranjeros-- que pusieron sus miras comerciales en América: los ‘cargadores a Indias’, que marcaron una época de esplendor para El Puerto. Y en ello desempeñaron un papel muy relevante los vascos y navarros.
Natural de San Sebastián fue el capitán Juan de Aranibar y Alberro (†1691), descendiente de familia navarra, que a El Puerto llegó como caballerizo del señor de la ciudad el duque de Medinaceli, y amasó una considerable fortuna comerciando con América que le permitió construir, en 1660, una espléndida casa-palacio frente al Castillo de San Marcos, la más antigua de las casas de cargadores que ha llegado a nuestros días, sede del Centro de Interpretación ‘El Puerto de los cargadores a Indias’.

Juan de Aranibar acogió en la ciudad a su sobrino Juan Vizarrón Aranibar (1658-1737), navarro de Ituren, a quien inició en la milicia y el comercio, convirtiéndose en el más destacado de los cargadores y de la aristocracia local, constructor en 1708 de la Casa de las Cadenas, su vivienda en la plaza del Polvorista, a orilla del Guadalete.
Y una sobrina de Aranibar, Juana Luisa de Eguiarreta Cortés, hija del Contador del duque de Medinaceli, casó en 1679 con el Almirante de la Armada y comerciante Bernardino de Valdivieso (1644-1691), de ascendencia burgalesa por vía paterna. Su residencia fue la otra gran casa-palacio portuense, levantada el año que se casaron a espalda del Castillo de San Marcos, en la calle Sol, actual sede de la concejalía de Urbanismo.
Así pues, el donostiarra Juan de Aranibar fue clave en el despegue económico y social de las tres familias nacionales de cargadores a Indias más importantes establecidas en la ciudad en la segunda mitad del siglo XVII, los Aranibar, Vizarrón y Valdivieso.
Francisco de Idiáquez, un pionero
Pero quería destacar también la figura de otro personaje natural de San Sebastián, asentado en El Puerto unos años antes de que el flujo de comerciantes llegara a la bahía gaditana. Francisco de Idiáquez e Idiáquez fue un hidalgo donostiarra cuyo linaje y casa solariega procedía de la guipuzcoana Cestona (Zestoa). En febrero de 1627 lo encontramos ya establecido en Cádiz, casando entonces con Constanza de Escobar, de padre gaditano --militar-- y madre portuense. En 1630 el matrimonio se trasladó a El Puerto, a una casa propia de los padres de Constanza sita en la calle Palacios.
No fue el primer Idiáquez radicado en la ciudad pues entre 1618 y 1622, por nombramiento del duque de Medinaceli, don Diego Vélez de Idiáquez, también natural de Cestona, fue Alcaide del Castillo de San Marcos y Gobernador de la ciudad. Con seguridad, era familiar de Fco. Idiáquez, aunque desconozco el grado de parentesco y la relación que pudieron tener.
Desde su llegada a El Puerto, Francisco se involucró en los negocios y el comercio, primero con la dote que recibió de su esposa: viñas, una huerta, un olivar y tierra calma. Desde entonces no dejó de incrementar su patrimonio con la compra, arriendo y venta de tierras y de tajos de salinas, el embarque en galeones de productos propios y ajenos rumbo a América, incluido, como era habitual en la época, el tráfico de esclavos, al tiempo que su saneada economía le permitió ejercer de prestamista. Al margen de sus negocios, también fue militar y un competente funcionario de la Armada.

Las tierras principales las tenía a uno y otro lado del Camino Real de Jerez: la gran Huerta del Palmar lindera a la ‘madre vieja’ del Guadalete, con casa, pozo y noria, y viñas en el pago de Los Pinillos (entorno de la Barriada Pinillo Chico); y tierras calmas en Las Beatillas, en la falda oeste de la Sierra de San Cristóbal.
Fue el mayor propietario de las salinas de las marismas del Guadalete que, como las tierras, fue comprando, vendiendo y arrendando al paso de los años. Llegó a tener 1.149 tajos de salinas, cuyo fruto solía vender en cajones (p. ej., 1.500 cajones en 5.000 reales de vellón en septiembre de 1649). En su labor como salinero puede entreverse la mano y consejos de Diego Vélez de Idiáquez, pues al tiempo que Alcaide y Gobernador fue Administrador de las rentas ducales de la sal. Su buena gestión en asuntos salineros debió llegar a Felipe IV, que años después lo nombró Administrador de la Sal en los Reinos de Andalucía y Murcia.

La actividad de Idiáquez como cargador a Indias también fue notable, embarcando variadas mercaderías -muchas textiles- y el vino de sus cosechas en los galeones de la flota de Tierra Firme, con destino a Cartagena de Indias. Valgan como ejemplos las 200 botijas de vino que en mayo de 1643 embarcó en el galeón San Marcos al precio de 3.000 reales de plata, y en mayo de 1658 otras 200 botijas de vino en la nao San Juan Bautista y 85 pares de media de lana en el galeón Santa Catalina.
En su condición de militar, en 1642 era Capitán de la Milicia de El Puerto, en 1646 Capitán contador de galeras por designio del duque de Medinaceli --a la sazón Capitán General de las Costas del Mar Océano--, hasta que en 1650 Felipe IV nombró a Idiáquez Pagador General de las Reales Galeras de España surtas en el Guadalete, cargo que desempeñó hasta 1666.
De su vida personal y familiar apuntaré que en dos ocasiones enviudó y en tres se casó. En 1848 falleció su primera mujer, Constanza. En 1651 casó con Micaela Osorio, una pariente lejana, hija del capitán y regidor de El Puerto Mateo Díaz Osorio. Como dote recibió de ella viñas y bodegas en la calle Santo Domingo. Murió en abril de 1661, y al paso de unos meses, en diciembre, Idiáquez contrajo matrimonio con la jerezana Flor de Medina. Idiáquez solo tuvo un hijo, en 1747, ilegítimo, Francisco, que Felipe IV legitimó y se dedicó a continuar los negocios familiares, pero sin el éxito del padre; que también fue --lo era en 1646-- Mayordomo de la Cofradía de Ntra. Sra. de los Milagros de la Iglesia Mayor. Francisco Idiáquez falleció el 18 de noviembre de 1682 en la ciudad que de joven lo acogió como un portuense más.
