Saltar al contenido

Lord Gago contra la falta de decoro (Volumen XXXVII) #6.640

Un superhéroe que combatía el mal gusto con una sonrisa incorruptible

| Texto: José María Morillo | Imagen generada por IA

Fernando Gago pasó por la vida dando lecciones sin levantar la voz.  Bastaba una mirada por encima de las gafas, una media sonrisa y una frase pronunciada con exquisita educación para que el insensato de turno entendiera el mensaje. Nunca necesitó aspavientos; el humor hacía el resto. Portuense de varias generaciones, hombre de empresa, de cultura, de toros, de Bodegas Terry, alcalde por un tiempo y presidente de la Plaza Real durante más de dos décadas, conocía como pocos las virtudes y también las pequeñas miserias de la condición humana. Y quizá por eso nunca perdió la sonrisa.

En estos días, mientras algunos vuelven a descubrir que el salitre no solo conserva, sino que también acaba sacando a flote lo que durante un tiempo permaneció en el fondo, uno no puede evitar preguntarse qué habría dicho Fernando. Probablemente muy poco. Le habría bastado arquear una ceja, ajustar las gafas y regalar una de esas sonrisas que, sin señalar a nadie, dejaban a cada cual frente a su propio espejo.

Sabía que las ciudades, como las personas, atraviesan temporadas de brillantez y otras en las que conviene abrir las ventanas para que corra el aire. Nunca fue partidario del linchamiento, pero tampoco de barrer el polvo debajo de las alfombras ni de confundir el silencio con la elegancia. Hay momentos en los que el mejor servicio que puede hacerse a una Ciudad es recordarle que el prestigio tarda años en construirse y apenas unos días en ponerse en entredicho.

Dicen que el Guadalete tiene memoria, que no es verdad lo del Río del Olvido. Que, tarde o temprano, devuelve a la superficie lo que algunos creían definitivamente hundido junto las marismas, como un derrelicto. Fernando conocía demasiado bien El Puerto para sorprenderse de ciertas mareas. Lo que sí le habría preocupado es que, entre tanto revuelo, acabáramos confundiendo ese prestigio con el ruido de quienes, por acción u omisión, olvidan que el decoro también forma parte del patrimonio portuense.

Nos lo imaginamos aquí como el superhéroe de un cómic donde Lord Gago es el defensor de la elegancia y el buen gusto. Luciendo el guardapolvos que ocultaba el esmoquin flamante con el que aparecía en los actos sociales en los años 60, a lomos de su lambretta. Todo juventud, todo pulcritud. Lord Gago se defiende con altivez y soltura contra los zombies del mal gusto. Lord Gago no va contra nadie: es el azote de la cochambre.

El poeta José Luis Tejada definió su ingenio como un «humor eterno y limpio por el alma y por la sangre». Difícil encontrar mejor retrato. Fernando sabía reírse de los demás, sí, pero antes se había reído de sí mismo. Esa es la diferencia entre el humor inteligente y la simple burla. Aún recuerdo las bromas macabras que gastaba con la muerte, incluso con la suya, quizás para ahuyentarla.

Si hoy pudiera contemplar esta viñeta, probablemente sería el primero en soltar una carcajada. Negaría muy serio ser ningún superhéroe, aunque aceptaría encantadísimo el título de Lord Gago, siempre que no le obligaran a llevar la capa en agosto.

Porque su verdadera cruzada nunca fue contra las personas, sino contra la grosería, la falta de educación, el mal gusto y ese ruido que, a veces, impide escuchar lo mejor de nosotros mismos.

Y mientras en el teatro del mundo algunos siguen empeñados en convertir la vida en un sainete, uno imagina a Fernando cruzándose de brazos, en plena astracanada, mirando al respetable y diciendo con esa ironía tan suya: «—Ni un ruido... no me cabe la menor duda de que ustedes atentan contra el buen gusto. Pero tranquilos... esto todavía tiene arreglo.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

- Al enviar este comentario estoy aceptando la totalidad de las codiciones de la POLITICA DE PRIVACIDAD Y AVISO LEGAL.