Crónica de un exportador en el gran muelle pesquero de El Puerto

| Texto: José María Morillo
Luis Fernández Chulián (El Puerto de Santa María, 1941) comenzó a trabajar desde niño en el muelle portuense, ayudando a su familia en los años duros de la posguerra. Con ingenio y esfuerzo fue abriéndose camino en el sector pesquero hasta convertirse en exportador de pescados y mariscos. Durante los años de mayor auge de la lonja portuense participó en la expansión del comercio hacia Sevilla, Madrid, Valencia y Barcelona. También impulsó negocios vinculados al marisco, como la depuradora Ostras del Sur. Fue proveedor durante 30 años de El Corte Inglés. Su trayectoria resume la historia de un muelle que pasó de la prosperidad pesquera al declive tras la crisis del sector a finales del siglo XX.
Luis, es el noveno de once hermanos del matrimonio formado por José, tonelero de oficio, y Carmen, ama de casa dedicada a sacar adelante aquella extensa familia. Haber venido al mundo un 16 de julio —día de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros— parecía ya un presagio de la vida que le aguardaba, inevitablemente ligada al mar.
Cursó sus primeros estudios en el conocido entonces como colegio de Bellas Artes, hoy Instituto Santo Domingo. El nombre no era casual: en ese mismo lugar había tenido su sede durante años la centenaria Academia de Bellas Artes que formó a generaciones de artistas portuenses.
Pero la escuela pronto tuvo que convivir con la necesidad. Con apenas nueve años Luis comenzó a ayudar en casa. Junto a uno de sus hermanos transportaba cada día entre 200 y 300 kilos de pescado hasta el antiguo Penal, destinados al rancho de los presos. Por aquel trabajo recibían siete pesetas diarias cada uno, una pequeña fortuna para la economía doméstica de aquellos años.
Un trabajador precoz
Luis fue siempre un muchacho despierto, de mirada viva y mente rápida, capaz de encontrar oportunidades donde otros solo veían rutina. Era la España de la posguerra, dura y austera, donde cada peseta contaba.

En el desaparecido Varadero Pastrana —donde estaba asentada una colonia de gatos— los dueños le pidieron que llevara cabezas y restos de pescado para alimentar a los felinos. Aquella instalación naval, hoy sustituida por el aparcamiento de Pozos Dulces, se encontraba entre el ya desaparecido puente de San Alejandro y el del ferrocarril. Durante décadas fue un pequeño astillero donde trabajaron carpinteros de ribera y calafateadores, hasta bien entrada la década de los ochenta.
Ingenio para sobrevivir
Luis aprendió pronto el valor de las pequeñas cosas. Recuperaba puntillas de las cajas de madera del pescado, las enderezaba con paciencia y las vendía a una peseta el kilo.
Otro pequeño negocio lo encontró en el papel encerado de las tortas de aceite. Aquellas láminas, resistentes al agua, eran perfectas para envolver facturas y órdenes de expedición que acompañaban a las cajas de pescado destinadas a la exportación. Las recogía del suelo en el restaurante Guadalete o en Los Dos Pepes —el popular Bar Vicente— hasta que un camarero se ofreció a guardárselas. Por cada una se pagaban una perra gorda. En aquellos años todavía no se habían generalizado ni el teléfono ni los telegramas en el sector de la exportación de pescado. Los papeles viajaban con la mercancía, protegidos con ingenio.
Media parte

Con el paso del tiempo Luis se incorporó plenamente al mundo del muelle. Entró a trabajar con José Pérez Pichaco —los hermanos Pepe, Diego y Manuel (Manolo Montero). Su propio hermano Pepe era capataz de la empresa exportadora.
A Luis lo destinaron a la chabola del muelle pesquero, donde cobraba lo que en el oficio se llamaba media parte. Hay que señalar que, en el sector de la pesca, no existía una estructura salarial tradicional, es decir un sueldo fijo mensual, sino que los trabajadores recibían una parte proporcional de los beneficios económicos obtenidos de la venta de la pesca.
Más tarde pasó a trabajar en el cocedero de mariscos situado en la esquina de Cañas con Pozuelo. Allí el trabajo era a destajo. Jornadas interminables de cuarenta o cincuenta horas seguidas para procesar más de mil kilos de marisco diarios que, dependiendo de ‘las mareas’, se enviaban a Sevilla. Luis tenía entonces apenas diecinueve años.

En aquel cocedero trabajaba también su hermano Miguel, que acabó teniendo un desencuentro con Pepe Pérez Pichaco. El conflicto terminó con el despido de buena parte de la plantilla. Luis también salió de la empresa, aunque renunció a cobrar su liquidación. Prefirió marcharse con la cabeza alta.
Su hermano Pepe encontró trabajo con el exportador Juan Crespo y llevó consigo a Luis. Con el tiempo Pepe abandonó la empresa, pero Luis se quedó como encargado.
“Al principio cobraba por días —recordaría después—: nueve perras gordas, una peseta, una con veinte… hasta que vio cómo trabajaba, confió en mí y empezó a pagarme por semanas: 300 o 400 pesetas”.
El auge del muelle pesquero

Aquellos eran los años dorados del sector pesquero portuense. En 1960 la lonja bullía cada tarde. A las cuatro comenzaban las ventas y acudían compradores de Jerez, Cádiz, Sanlúcar, Rota, Chipiona o Conil. La plaza de Jerez era la que más pescado vendía.
La actividad era intensa: 163 barcos y cerca de 3.000 personas trabajaban en oficios vinculados al mar. Había marineros, descargadores, vendedores, transportistas y comerciantes que llegaban de pueblos cercanos… incluso algún muchacho jerezano que se ganaba la vida en el muelle.

“Todo el que tuviera un puesto en los diferentes mercados de la zona, se desplazaba a nuestra Ciudad. Estamos hablando que había 163 barcos y cerca de 3.000 personas en los diferentes oficios relacionados con le pesca extractiva, bien en alta mar, bien en el muelle o las ventas, procedentes de otras poblaciones vecinas e incluso un muchacho jerezano”. El número de barcos fue creciendo, se desguazaban unos y se construían otros más modernos.
Emprender por su cuenta
En 1963, recomendado por Crespo, Luis realizó el servicio militar en Cádiz como machacante, lo que le permitía continuar trabajando por las tardes. Pero al año siguiente decidió dar el paso definitivo: establecerse por su cuenta como exportador de pescados. Crespo intentó disuadirlo. Estaba satisfecho con su trabajo y no quería perderlo. Pero Luis tenía claro que había llegado su momento.

Ese mismo año también emprendió la vida en común con Rosa Sotelo Córdoba, con quien se casó. El matrimonio tendría ocho hijos y, con el tiempo, doce nietos. La mayor de ellos, Rosa, tiene hoy 24 años; y las menores, las gemelas Elena y Alicia, con 8 años. Luis nunca quiso que ninguno de sus hijos se dedicara al duro ofico de la mar, en cualquiera de sus vertientes por lo que han desarrollado su vida profesional en el mundo de la informática y las nuevas tecnologías.

Los comienzos no fueron fáciles. Los vendedores no le daban crédito. Fue Manolo Moy quien confió en él desde el primer momento, comprando en su nombre: “—Luis, tú compra lo que quieras y paga cuando puedas”. Así empezó a enviar pescado a Sevilla, poco a poco, bulto a bulto.
La expansión del negocio
A mediados de los sesenta comenzó también a exportar pescado a Madrid. Allí encontró a un socio honrado, Luis Zapata, asentador de la plaza de Toledo. “Le mandaba ocho o diez bultos —entre 200 y 300 kilos— y empecé a ganar dinero”, recuerda.

Más tarde Zapata vendió su puesto a la empresa Álvarez-Entrena, una potente sociedad armadora y comercializadora, con quien tenían barcos a medias. Durante un tiempo Luis dejó de suministrarles, pero el encargado volvió a llamarlo para que continuara como proveedor, ofreciéndole vender a precio fijo o a riesgo y ventura. Eligió la segunda opción. Con aquella empresa comenzó a enviar pescado y marisco también a Valencia y Barcelona. Además, sería proveedor de El Corte Inglés durante 30 años.

Al mismo tiempo inició el negocio inverso: traer chirlas y mejillones desde Galicia. Procedían de una depuradora de bivalvos situada en Pontevedra de Álvarez-Entrena y llegaban en camiones casi a diario. Aunque en El Puerto ya se vendía este género, Luis logró hacerse fuerte en ese mercado.
Ostras del Sur

En 1986 se embarcó en una nueva aventura empresarial. Junto a Juan Álvarez (de la empresa Álvarez-Entrena) y al empresario portugués José Manuel Seixas dos Anjos comprarpm la sociedad Ostras del Sur, una depuradora de moluscos instalada en El Puerto.

Sin embargo, el negocio no prosperó. Las aguas cálidas del río San Pedro impedían depurar adecuadamente mejillones y chirlas, provocando una elevada mortalidad del producto. Se intentaron costosas soluciones técnicas, pero el problema era la temperatura del agua. Finalmente decidieron vender la empresa, que fue adquirida por Cupimar.

Con la marca Ostrea montaron también casetas de Feria en Jerez y en El Puerto, que con el tiempo traspasarían al hostelero Juan Espinosa y al taxista Carmelo Ruiz, dos nombres muy recordados en la Ciudad.

El final de una época
El 30 de noviembre de 1999 marcó un antes y un después para la pesca española. Marruecos decidió no renovar el acuerdo pesquero con la Unión Europea, ampliando sus aguas jurisdiccionales hasta las 200 millas. La flota portuense quedó entonces limitada a caladeros muy reducidos. Barcos demasiado grandes para tan poco mar. Comenzó una lenta reestructuración de la flota, con paralizaciones y ayudas comunitarias. El sector nunca volvió a ser el mismo.

Cuando Luis se jubiló en 2007 solo quedaban tres exportadores en el muelle. Lo que había sido un mundo bullicioso y próspero se transformó en desguaces, paro y nostalgia. Hoy, desde la atalaya de sus 84 años, Luis Fernández Chulián recuerda aquel Puerto que ya no existe: el de los barcos abarloados en el muelle, la ingente cantidad de pescado recién descargadas y el olor del mar marcando el ritmo de la Ciudad, desde los alrededores del muelle a los comercios del centro. Un Puerto que fue esencial en la historia de la pesca andaluza y en la exportación de mariscos y pescados a toda
