Saltar al contenido

Un mismo camposanto, distintas sepulturas: la muerte en El Puerto #6.722

Cuando la Ciudad empezó a enterrar fuera de sus iglesias

| Texto: José María Morillo

Durante siglos, en El Puerto de Santa María, la posición social también decidía dónde descansaban los muertos. Una sepultura en una capilla, cerca de un altar, estaba al alcance de quienes podían pagarla. Para los vecinos con menos recursos quedaban los espacios exteriores de las iglesias y las fosas comunes. A comienzos del siglo XIX, el traslado de los enterramientos a un cementerio general transformó aquella geografía de la muerte, aunque las diferencias sociales encontraron pronto otras formas de hacerse visibles.

Para comprender ese cambio hay que mirar primero hacia los templos. La Iglesia Mayor Prioral era un lugar de culto y también de enterramiento. Las sepulturas ocupaban su interior, en capillas y criptas y en el recinto situado junto a la denominada puerta del Campo, en la parte trasera de la basílica, lugar que han ocupado durante años hermandades para la guarda de los pasos procesionales. El recinto funerario de la Iglesia Mayor acogió, entre otras fosas comunes, la de las víctimas del primer puente de San Alejandro, que se hundió el mismo día de su inauguración, el 14 de febrero de 1778. Entre 111 y 413 personas, según distintas fuentes, murieron en aquella tragedia, una de las mayores catástrofes de la historia de El Puerto.

La proximidad entre vivos y muertos formaba parte de la vida cotidiana: se acudía a rezar a los mismos lugares donde descansaban generaciones de portuenses.

Aquella distribución se extendía por la Ciudad. Iglesias, conventos y hospitales disponían de espacios funerarios. San Francisco, las Concepcionistas, Espíritu Santo, donde se pueden contemplar algunas lápidas, así como en la Prioral, de quienes se enterraban con ilustres apellidos, en sagrado. También los conventos desacralizados de San Agustín y Santo Domingo o el desaparecido de los Descalzos, en cuyo solar se encuentra hoy la plaza de Isaac peral, acogieron enterramientos vinculados a sus comunidades y benefactores. Así, las familias nobles y los comerciantes prósperos podían costear sepulturas que, además de expresar su devoción, dejaban constancia de su posición. Las lápidas conservadas en algunos templos permiten reconocer todavía esa relación entre patrimonio, creencias y memoria familiar.

| Lápida colectiva de 1916 en el Hospital de San Juan de Dios (antiguo de la Santa Caridad) donde se recogen los nombres de diferentes bienhechores de la orden hospitalaria, el primero: Juan de Vizarrón y Aranibar (1658-1737). Sus huesos no descansaron hasta encontrar la sepultura definitiva | Foto: cortesía de Francisco González Luque.

Es el caso del Hospital de la Santa Caridad, luego conocido como de San Juan de Dios o antiguo Hospital Municipal, hoy en rehabilitación, se inhumaban los miembros de la familia Vizarrón, propietarios de la Casa de las Cadenas y del Palacio de Aranibar, así como otros bienhechores con el citado centro hospitalario: Wuinthuysen, Valdevieso, Buadila Arribada, …

| Fachada del colegio de Las Carmelitas, donde se encuentran enterrados en la cripta, algunos miembros de la familia Osborne

La capilla de las Carmelitas conserva una excepción a la desaparición de los enterramientos en los templos: la familia Osborne mantiene allí el privilegio de dar sepultura a algunos de sus miembros. Su origen se remonta a Enriqueta Guezala, viuda de Osborne, quien financió las obras de la capilla, inaugurada en 1895. La intervención modificó su superficie y la fachada del templo. Como contrapartida a su aportación, se habilitó una cripta -en el recinto sagrado destinada al enterramiento de algunos miembros de la familia, donde apenas queda espacio.

El Cementerio de los Ingleses

| Tapia del Cementerio de los Ingleses, semiderruida, situado donde hoy se encuentra el centro comercial 'El Paseo', en la antigua Nacional IV.

Por su parte, los protestantes eran enterrados en el llamado Cementerio de los Ingleses, situado en los terrenos que hoy ocupa el centro comercial El Paseo. Este espacio funerario desapareció con las transformaciones urbanísticas de la zona, entre ellas la construcción de la Variante de Rota. Algunas lápidas verticales o estelas, se conservan en el Cementerio Municipal, en el primer patio, a la izquierda.

Pero mantener los enterramientos en lugares de reunión planteaba problemas cada vez más difíciles de resolver. La acumulación de cadáveres, la falta de espacio, los malos olores y las epidemias alimentaron la preocupación por las condiciones de las iglesias. Las propuestas ilustradas de alejar las sepulturas de la población respondían a esa inquietud sanitaria. La Real Cédula de 1787 impulsó la construcción de cementerios fuera de los núcleos habitados, aunque su aplicación en El Puerto tardó en materializarse.

El nacimiento del cementerio de El Puerto: entre epidemias y tradiciones

La urgencia llegó con la epidemia de fiebre amarilla de 1800. La mortalidad obligó a recurrir a espacios provisionales y convirtió el problema de los enterramientos en una necesidad inmediata. Lo que llevaba años planteándose debía encontrar una solución estable, según documenta (1)

| Ermita de Santa Clara, antes de su rehabilitación como espacio cultural desacralizado.

El entorno de Santa Clara adquirió entonces un papel decisivo. Su ermita, vinculada a la Hermandad de Nuestra Señora de la Cabeza, contaba con una antigua tradición funeraria. El cementerio provisional instalado allí resultó insuficiente, y desde 1804 se utilizó también el del Hospital de San Juan de Letrán, arriba de la calle San Juan, donde hoy se encuentran las antiguas viviendas de los marinos. La construcción de un nuevo recinto debía superar aquella sucesión de soluciones de emergencia.

Santa Clara arriba: el último viaje de los portuenses

El cementerio de Santa Cruz quedó establecido cerca de Santa Clara y recibió la bendición el 25 de septiembre de 1806, documentándose el primer enterramiento el día 30 de ese mes. La frase que “te llevan calle Santa Clara arriba” significó, durante muchos años entre la población portuense –cuando aún los féretros se trasladaban a hombros o en coches de caballos, desde las iglesias hasta el actual cementerio—, la muerte de un vecino. El Ayuntamiento y la Iglesia participaron en su financiación. El nacimiento del nuevo Camposanto fue, por tanto, anterior a la ocupación francesa: respondía a problemas y decisiones que venían de años atrás, según. (2)

| Imagen aérea del cementerio municipal en el último tercio del siglo XX

Ese era el sentido del Cementerio ‘Campal’: un espacio de enterramiento separado del interior de los templos. Trasladar allí a los difuntos modificaba una costumbre arraigada y abría una nueva etapa en la organización de los servicios funerarios.

Ni en la tumba iguales: los enterramientos en El Puerto

Compartir recinto, sin embargo, no significaba recibir la misma sepultura. Con el desarrollo del cementerio, las diferencias económicas siguieron expresándose mediante fosas comunes, tumbas, nichos y panteones. La distancia respecto al altar dejó de ordenar los enterramientos, pero el tamaño, la ubicación y la forma de las sepulturas continuaron hablando de quienes podían sufragarlas.

El actual cementerio también acogió fosas comunes durante las epidemias y la Guerra Civil. En los primeros meses de la contienda, numerosos vecinos de El Puerto fueron fusilados junto a su tapia: las temidas ‘saca de presos’ desde el Penal de la Victoria.

Desde 1987, las ordenanzas municipales sustituyen las concesiones de parcelas ‘a perpetuidad’ por otras que deben renovarse cada cinco años, salvo las que tuvieran los derechos adquiridos.

| Vista aérea del Cementerio Municipal | Imagen Google Earth

En la década de los setenta se intentó construir un nuevo Cementerio por la carretera de Sanlúcar, pero la proximidad del agua, a pocos metros de la superficie, hacía inviable el proyecto, a pesar de que se llegaron a invertir cantidades cuantiosas de recursos, pero, desgraciadamente, acometidos sin estudios geológicos previos.

El Cementerio Mancomunado situado en Chiclana no es una opción valorada por los portuenses y al menos, eso sí, la Ciudad se adaptó a los tiempos dotándose de un Tanatorio de iniciativa privada, situado en un polígono industrial.

El origen del cementerio portuense reúne así varias historias: la de unas prácticas religiosas mantenidas durante siglos, la de una Ciudad obligada a responder a las epidemias y la de una sociedad que trasladó sus diferencias a un nuevo espacio. A comienzos del siglo XIX cambió el lugar destinado a los muertos; en sus sepulturas siguió siendo posible leer la vida de El Puerto. Hoy, con las cremaciones, esa lectura ya va dejando de ser posible, aunque se mantiene de forma ininterrumpida el cementerio como lugar de inhumación y de visita al recuerdo de los familiares difuntos

| Fuentes:
(1) Luisa-Victoria Pérez García, El cementerio católico de El Puerto de Santa María durante el siglo XIX.
(2) Ester López Rosendo, La necrópolis de la ermita de Santa Clara.
(3) Francisco Andrés Gallardo. Diario de Cádiz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

- Al enviar este comentario estoy aceptando la totalidad de las codiciones de la POLITICA DE PRIVACIDAD Y AVISO LEGAL.