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Pepe 'el del Vapor' y José María Morillo, Pepe 'el del Vapor de Internet' como lo bautizó Antonio Burgos, en una foto en la cubierta superior de popa del Adriano III, en 1997. (Foto Jorge Roa).

Que si, hombre, que ya era hora. La verdad es que no sé cómo no he podido hablar del Vapor de El Puerto que aun continúa surcando la Bahía, y tampoco de su excelente patrón y marinero, mi admirado y recordado José Fernández Sanjuán, Pepe el del Vapor (1909-2001). Pero, claro, cierto es que ya poco más se puede decir del Vapor, posiblemente el símbolo de unión más querido de Cádiz y El Puerto. Pues ilustres personajes, como Rafael Alberti, Paco Alba, Juan Lara, y Antonio Burgos, entre otros, a través de sus magníficos poemas, coplas de Carnaval, pinturas y artículos periodísticos, han sido los mejores valedores para que sean conocidas las peculiaridades del Vapor, no sólo en España, sino también en el ámbito internacional.
En lo que se refiere a Pepe ni que decir tiene que las entrevistas publicadas casi no han dejado espacio para incluir algo más sobre su vida. Porque es conocido su nacimiento en la localidad coruñesa de Barallobre, los reconocimientos y premios concedidos y, especialmente, las circunstancias que motivaron su arribada a Cádiz, que, como recordarán, fue gracias a la Exposición Universal de Sevilla de 1929, debido a que, desde Galicia, navegó en el Adriano I para hacer un servicio fluvial por el Guadalquivir y por la explosión ocasionada al Vapor “Cádiz” se quedó definitivamente para cubrir la línea Cádiz-El Puerto.

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Sin embargo, nunca se ha dicho que Pepe y el Vapor fueron durante muchos años indispensables para el mantenimiento de la actividad pesquera portuense. Pues resulta que antes de construirse los espigones de Poniente y Levante en la desembocadura del Guadalete, obras que finalizaron en 1970, la entrada de arenas que arrastraban las corrientes litorales y formaban la barra en la boca del río, impedían que la práctica totalidad de los barcos pudieran pasar por el Guadalete a media marea o bajamar escorada.
Entonces Pepe, a bordo del Vapor,  con un instrumento formado  por una pesa u otro metal colgado de una cuerda (sonda de mano, escandallo o plomada), no sólo medía la profundidad del río, sino que de la misma manera al colocar cebo en la pieza de metal, con tan solo tocarlo, iba conociendo la calidad de fondo de la desembocadura del Guadalete. Y claro. Con esta maniobra, le permitía, al esquivar los cascajos y arenas del río, alcanzar la navegación correcta y, así, los barcos, al seguir el rumbo del Vapor, entraban en puerto sin esperar la pleamar. Esta laboriosa operación, además, era fundamental para evitar cualquier desgracia cuando las condiciones meteorológicas eran adversas, como por ejemplo, la niebla.

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Cubierta superior de popa del Adriano III.

Ésa es la historia que nunca refirió Pepe el del Vapor. Percibo que si no lo hizo en las entrevistas fue por la modestia que le caracterizaba. Del mismo modo puedo afirmar que tampoco contó las grandes fatigas que pasó para que el Vapor permaneciera navegando.Ya ven. Toda esa proeza de Pepe el del Vapor y al Vaporcito del Puerto, considerado como Bien de Interés Cultural desde 2001, todavía la Junta de Andalucía no ha estimado concederle ayuda vitalicia. (Textos: Antonio Carbonell López).

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"Tiene esta tierra un barquito al que quieren jubilar. Dicen que no es rentable,  como si fuera un nuevo depósito de ING Direct. Que no es competitivo, como si fuera el coche de Fernando Alonso. Pero las aguas plateadas y azules que a diario le ven ronear y presumir, susurran a quienes quieran oírle: nos os creáis esa trola, ese engaño; pese a los achaques de la edad, el Vaporcito sigue hecho un chaval. Habla el mar para defendernos de los necios que no distinguen entre valor y precio, para que no confundamos la velocidad con el tocino, para recordarnos que las prisas son para los ladrones y los malos toreros. Y habla, sobre todo, para que seamos honrados con nuestra historia.

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Yo era un niño con ganas de cantar el pasodoble de Los Hombres del Mar donde hay que cantarlo, aquella mañana de septiembre de 1976. Iba con mi madre al ambulatorio de Vargas Ponce, cuando acudir a un médico que no fuera el de cabecera suponía viajar a la capital, bella aventura que incluía desayunar en la Plaza de las Flores, darse una vueltecita por Simago y acercarse al puesto del Melli a comprar la última cinta de la comparsa de Antonio Martín. Recuerdo, como si fuera hoy mismo, mi primer viaje. La noche antes, con la imaginación y los nervios sueltos, abandone mi condición de niño pobre para convertirme en un respetado pasajero de la serie Vacaciones en el Mar, al que una bella sobrecargo deseaba a la entrada un feliz viaje. Antes de que me venciera el sueño, fui pirata bueno, descubridor de islas desiertas, héroe en todos los naufragios en los que el Vaporcito salía indemne de los peligros del mar, la mar, sólo la mar.

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Con el sol desperezándose por las marismas, embarqué por fin. Necesitaba más ojos para contemplar aquel carnaval azul con voces de gaviota; me faltaban oídos para escuchar ese rumor de siglos. Y al fondo, Cádiz, como un Edén salado y claro, como una utopía sosegada y amable, bailándole el agua al templo marinero que anunciaba su llegada a golpe de bocina. El niño que un día de septiembre de hace treinta años descubrió el Atlántico asomándose a la bahía, el que presintió aquella inolvidable mañana que el Paraíso debió de estar muy cerca de esta esquina, acudirá hoy a defender la dignidad de ese pobre barco con honra al que algunos contables quieres jubilar. A reivindicar, desde la esperanza y la melancolía, que el Vaporcito del Puerto siga navegando por el río del olvido sin que se resienta su memoria." (Textos: Pepe Mendoza).

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