1.577. RECORRIDO DE OLORES DE EL PUERTO. (I)

Leyendo el otro día el bellísimo canto a las calles de El Puerto de Pilar Paz Pasamar me vino a la mente el recuerdo de una multitud de olores, identificando todos ellos lugares y momentos de mi porteña vida.

Ultramarinos La Argentina /Foto: Quico Sánchez. (Centro Municipal de Patrimonio Histórico).

¿A qué huele El Puerto? Un profesor de Psicología genética del niño nos comentaba la experiencia llevada a cabo en una maternidad con lactantes de pocas semanas que lloraban y sólo se calmaban si se les ponía al lado una prenda de la madre. El recién nacido integrará esas primeras sensaciones viscerales que le permitirán reconocer y discriminar el olor de su madre entre todos los demás. Es esa genialidad hipotalámica del olfato como generador de vínculos la que me lleva a recordar olores que, de alguna forma, definieron mi vida y mi entorno, por lo que siempre serán únicos.

Todos los hogares portan la impronta de la vida de sus moradores. Mi casa olía a leña para la cocina, a brasero de invierno en el que no era raro un tufillo de goma quemada de zapatilla. El punzante olor de Zotal de la ferretería de mis tios subía hasta casa mientras los clientes hablaban de fútbol en invierno y toros en verano. La calle Luna, recorrido desde casa hasta el colegio de Doña Paquita en el que ya mi madre fue alumna. Olor a café tostado de La Giralda, a pipas del carrillo de Severo y a zapatos "Gorila" comprados en Rialto a principios de curso. Misa de ocho de la tarde los domingos en la Prioral, "vuelta al ruedo" con mis padres visitando todas las capillas a la espera de los actos litúrgicos de los siete domingos de San José, olores propios a beata, a incienso y velas con música de órgano del maestro Dueñas. Bajada por la calle Ganado para ver el resultado del partido del Racing en el tablero de la Secretaría del club junto al colegio de La Merced y el almacén de mi padre, compra semanal de dulces en "La Perlita" y vuelta a casa.


En la imagen, personal de Confitería 'La Perla': Pía, Vaca, ...

Mi vida se limitaba a un espacio tan reducido como repetitivo, recorridos en los que se incluía la visita a mi padre a la salida del colegio mientras mi madre ponía la mesa. Calle Nevería, olor a Floïd de la barbería de Pepín y a chamusquina en la hojalatería cerca de la esquina con Ganado, con gatos en la puerta con el pelo ennegrecido.

El tramo de Ganado, entre Larga y Nevería, tenía una vida bullanguera, olor a telas en Moresco, novias y niños de Primera Comunión que inmortalizaban esos trascendentes momentos en Fotos Pantoja, cuadrillas de toreros en la Pensión Loreto, de donde emanaban olores de cocina popular y de pescado en tartera, muy distintos, evidentemente, del olor fuerte, acre y punzante de la droguería de Roque. Amas de casa que volvían apresuradas de la plaza con las provisiones para la comida.

Mi padre olía a los jamones y chorizos colgados con puntillas en las vigas y de los que en verano caían gotas de grasa que impregnaban el babi de faena y prolongaban el olor hasta la casa. Olor a serrín, a aceite de oliva a granel y a papelillos de café antes de que llegara el café Saimaza empaquetado. Era costumbre tener uno o dos gatos, mi padre decía que los machos se iban con el celo y las gatas eran más fieles..., nada nuevo bajo el sol de los humanos. Los gatos se alimentaban de los restos de comida de casa y algunas sobras extra del Loreto. Cuando no había sobras, mi padre mandaba a comprar en la plaza un poco de pescado de escaso valor, solían ser pequeños jureles. Tomando una vez una cerveza en Almería, donde ponen sistemáticamente una tapa sin tener que pedirla, le pusieron a mi amigo un jurel a la plancha (en Almería no saben freír el pescado por no tener la harina apropiada) y, al verlo, me dije: "¡Pero si esto es comida para gatos!". Y nunca comí un jurel.

Propaganda de 'Las Novedades'.

Cuando se acercaba la Navidad, volvíamos a casa por la calle Larga para ver los juguetes en el refino de la viuda de Luis Pérez Grant, que olía a Heno de Pravia.

Mi padre nos llevaba algunos domingos al fútbol en el Eduardo Dato, donde olía fuertemente al potingue con el que "el Chicharito" embadurnaba las piernas de los jugadores mientras los aficionados combatían el frío con los vasitos de coñac que vendía "el Palote". La zona me resultaba familiar puesto que donde hoy está La Ponderosa había una pequeña finca de recreo que mi padre alquiló en verano en algunas ocasiones. Los siguientes, y así todos los restantes, mi abuela cargaba con siete nietos tomando el coche de Bootello hasta la playa de La Puntilla, donde se afanaba tejiendo mallas de seda amarilla para las botellas de Centenario mientras el moderno transistor emitía las venturas y desventuras de los protagonistas de "Ama Rosa", "Sangre Negra" -con guión de Guillermo Gautier Casaseca- decía el locutor al presentar las novelas. Mientras tanto, nos ocupábamos para hacer pasar las rigurosas tres horas de digestión antes de bañarnos, dos horas y media para mojarnos los pies. El Poniente nos hacía tiritar a la salida del baño, lo que mi abuela atenuaba con un sorbito de vino dulce que guardaba en un botellín de cerveza. Paseos hasta el Castillito y las dunas, olores a eucalipto, pinos y retama, olor a ostiones con marea baja y a cangrejos moros en la escollera desde donde algunos adolescentes cruzaban a nado el "canal" atentos al paso del Vapor. Olor a arropía pregonada por "el Sevillano" y a sardinas del Bar Ramoní, que se anegaba con las mareas de Santiago. A veces perdíamos el último autobús, caminata de vuelta a lo largo del río, la vista de la Pescadería y el olor de las redes nos anunciaban la proximidad del Parque.


El padre del autor del artículo, Diego Utrera, junto a Matiola, conserje del Banco Central.

El paso de los años nos proporcionaba autonomía y la posibilidad de extender el perímetro del espacio de nuestra vida cotidiana. La Plaza de Peral en invierno (rodillas desolladas por las caidas en el albero), el Guarda Clemente disuadía de jugar a la pelota y de pisar los jardines, olor a flores, a naranja agria (que mi madre utilizaba en la coliflor frita), araucarias luego trucidadas por ávidos gobernantes... El Parque en verano, sublime olor a bajamar cerca del puente de San Alejandro, impregnado en las casas y soportales de enfrente, rincón marinero de mi infancia. El muelle del vapor, el olor de "La Mezquita" y de la bodeguilla de González, donde mi madre me enviaba a comprar vinagre y vino de guisar. Olor a carburo del carrillo del Cine Macario. Olores a perfumes del refino de Maraver en la calle Larga, donde tenían el gel Moussel. (Texto: Diego Utrera Sánchez).

(continuará)

5 comentarios en “1.577. RECORRIDO DE OLORES DE EL PUERTO. (I)

  1. Juan Rios Cote

    Diego lo he estado viviendo como si fuese yo,
    El almacen de tu padre.
    Nuestras tardes con D.Antonio
    Ciudad del Puerto
    Freiduría de Ganado esq.Nevería
    Nuestros paseos los domingos,Castillo,Paquito Vargas,Cordero,tú...yo.
    Enhorabuena por lo fácil que lo haces.
    Un abrazo
    J.Rios

  2. Javier Gomez Gimenez

    Diego, no sabes cuanto me alegro de haber tenido la oportunidad de haber comportido contigo muchos de esos olores y de haber ido a comprar al almacen de tu padre, cuando a la salida del colegio, en casa me daban la lista de "los mandaos" que me despachaba tu padre o tu hermano Ignacio y que mi padre pagaba a final de mes o al cobro de la cosecha agricola, osea, al año. (no sabes cuanto os agradezco lo que nos ayudasteis).
    Volviendo a los olores, no creo que se te hayan olvidado otros oleres como; el pescado frito del freidor del gallego, el olor a telas de Casa Pedro (el del cine Moderno), el olor de la Antigua Rueda, del Varon Dandy de la barberia de Rafael, de los borricos de la caleria de Manuel Diaz, de los ruidos de los isocarros del espumoso Valdelagrana y los que llevaban la verdura a la Plaza, del tabaco liado de casa Rosan, del olor a drogueria de los Carabes, la goma de los sellos del estanco de Sosa y como no del pan, las avellanas y los suspiros de La Pastora, panaderia donde nací. Un cordial saludo y un abrazo muy fuerte.

  3. Antonio Jesús Ariza Matiola

    Diego Utrera formaba parte de mi conjunto de seres "míticos" de la infancia porque mi abuelo lo mencionaba mucho. Incluso alguna vez de pequeño, me lo presentó en la calle. Su cara en la foto me es completamente familiar tantos años despues.

    Por cierto, mi abuelo trabajaba en el Hispano Americano y yo sigo la tradición familiar de Banca con el Santander en Madrid.

    Enhorabuena por los artículos.

  4. María Jesús

    Hola Diego, ciertamente esos han sido los olores, de mi infancia. Reconozco todos y cada uno de los que nombras, el que más me produce nostalgia, sin dudas son los de olor a jabón Heno de Pravia y Camay, y el olor a colonia La Vanda y Gotas de oro, pues eran los olores de mi madre y de mi casa. Todas las cómodas y los roperos, guardaban entre la ropa limpia estos jabones, alguno de glicerina y hasta los llamados apestosos, así después del aseo, en los lebrillos de barro, al ponernos la ropa recién lavada, nos impregnábamos de estos delicados y agradables olores. Sin olvidarme, del olor a jabón verde, al hervir la ropa blanca, ni la ceniza al colarla.
    Es indiscutible, que por la zona donde vivía, bastaba abrir el balcón, para inmediatamente, impregnarte de sus benditos olores. En este mi rinconcito, ya sabes que encontrabas múltiples olores, algunos por ti descritos, pero como olvidarnos, del olor del pan, recién salido del obrador, y… el olor de los huesos salados para el puchero, cuando los estaban cortando? No, no eran mis preferidos evidentemente, pero si, los de las peletillas que Leopoldo tenia colgados en la habitación que hacia de deposito, y en la que muchas veces jugaba, en compañía de sus hijos Leopoldo. Javier, y la pequeña, y no me olvido de Vicentin Sordo .Es que ese no era buen olor?. Yo diría que sí. Y que me dices del olor de los bollos, de Miguel Salguero? Y ya ni te cuento, el de la fruta de temporada. Porque entonces, la fruta olía a gloria, ahora, no digo que no huela, pero nunca como antes, y no es un tópico, entre otras cosas, porque al haber perdido, la agricultura de nuestra cuidad, hemos perdido productos solo nuestros. Te acuerdas de melones amarillos? No eran muy grandes, pero si tenían un dulzor y olor mucho más intenso, que los que hoy encontramos en la tiendas. Y nuestros Perillos? Que me dices del olor tan rico, y nuestras brevas, decían los antiguos, que eran las mejores de la provincia, las acerolas, los madroños, que hoy ni se ven, las algarrobas, azofaifa, las peritas pequeñas nuestras, y nuestras ciruelas de monjita-creo que le llamaban-. Lo que no comprendo es como cada vez hay menos uva moscatel, y de peor calidad, pues antes los granos de uvas, eran hermosos, hoy en día, están escasas y los granos muy pequeños .Por no tener, ni siquiera tienen su color dorado tan característico y ese olor embriagador que hacia que la Placilla, oliera a la naturaleza más dulce. Sé, que el mal progreso, es el culpable de todo lo que hemos perdido, pero ya no tiene remedio.
    Y el olor de los freidores de pescado? A mi me encantaba ver los papelones de huevas, acedias, boquerones, chocos, cazón etc que sobre todo comprábamos para la cena, y que nos había tenido un buen rato de espera en la cola, del freidor, de la calle Nevería, Ganado, o Luna abajo. Totalmente inolvidable!
    En casa, otro de los olores cotidianos, era el olor a carbón, para cocinar En casa, todos teníamos que darle, al soplador para mantener la lumbre, con lo pesado que era, además te dejaba ambos brazos molidos, y esperábamos como agua de mayo, que llegara el relevo.
    Otro olor de la niñez, este me gustaba muy poco, era el olor a alcohol, cuando los practicantes: Milagros Gálvez, Domingo Monge, o Ramírez venia a casa y no de visita precisamente. Me quedaba atenta viéndolos como preparaban meticulosamente, primero el pañito blanco, luego sacaban la cajita metálica y ponían encima del pañito las agujas y las jeringas, volvían a poner dentro de la cajita, las agujas con el alcohol, que previamente te habían pedido que les trajera, junto con el algodón y que aunque te negaras a hacerlo, siempre encontrabas a algún voluntario, que diligente se lo entregaba, con una sonrisa socarrona. Pues eso, elegían la aguja, que iban a utilizar contra ti, y alguna otra más, que esperabas que ni la sacara de la cajita dichosa, le añadían el alcohol, y le prendían fuego para esterilizarlo. Cuando todo terminaba, nuevamente la operación y a secar la cajita y… al petate.
    En esa época era muy normal, el olor del candié que te hacían beber por la mañana y que ni con los ojos cerrados, te pasaba .Hablando de pasar, y el olor nauseabundo del aceite de ricino, y de bacalao, que te obligaban a tomar al menos una vez al año, porque te limpiaba las tripas o no sé qué? ¡Ay Dios mio! no quiero ni acordarme, ya lo de la Quina, aunque nunca me gusto, tenía un pase, pero lo que realmente esperaba con agrado, era la cucharada diaria de Calcio 20, esto si que no era obligado, pues estaba muy bueno.
    Y por último, el olor de la leche al hervir, siempre atentos para que no se derramara, pues si lo hacía, era muy aparatosa, y al enfriarse esa nata espesa y amarillenta, que tomábamos con azúcar.
    En fin, enhorabuena, tu artículo me ha encantado, y me ha traído, muchos recuerdos.
    Saludos.

  5. antonio matiola

    DIEGO CUANTO ME ALEGRO SABER DE TI Y DESCRIBIR ESOS OLORES QUE YO TAMBIEN PERCIBI., NUESTRO PADRES Y NUESTRAS FAMILIAS .,GRANDRES AMIGOS Y BUENAS FAMILIAS ., NUESTRO AMIGO POLANCO DEL BANCO HISPANO AMERICANO IGUAL QUE MI PADRE., LE DECIA IBA DE CASA EN CASA Y CADA VEZ QUE PODIA VENDIA CAFE SAIMAZA. A VER SI NOS PODEMOS VER UN FUERTE ABRAZO DEL HIJO DEL MUTI.

Deja un comentario