2.042. LOS ADRIANO. La herencia de una tradición. Y 6: Adriano III (1955-2011)

Da cosa cerrar el paréntesis de arriba, porque es triste dar por cerrada la última página de la historia de la saga de los Adriano. Así lo es al día de hoy al encontrarse el Adriano III, después de dos años y medio de hundirse, abandonado a su suerte en el abandonado varadero del abandonado río del Olvido (al que El Puerto de Santa María le debe su propia existencia, su antiguo esplendor y que hoy es la viva imagen y el espejo de su decadencia).

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El Adriano III en el astillero de San Adrián de Cobres, en 1955. Posando, su propietaria, Socorro Sanjuán Dopico y su hijo Antonio Somorrostro, quien fuera el último Administrador, desde 2003, de Motonaves Adriano S.L. / Foto, colección Andrés Fernández Valimaña, último Gestor del vapor.

El Tercero de los Adriano fue el único que no se construyó en el astillero que Antonio Fernández ‘el Adriano’ (fallecido en 1946) tenía en la ferrolana playa de Maniños, sino al interior de otra ría gallega, la de Vigo, en el astillero (1919-1998) que los Sucesores de Francisco González García mantenían en la parroquia de San Adrián de Cobres, en el municipio pontevedrés de Vilaboa. Se construyó en 1955 a iniciativa de los hermanos José, Juan y Eduardo Fernández Sanjuán, sobrinos de ‘el Adriano’, y de inmediato llegó al Guadalete, en aquella primera travesía al mando del mecánico Francisco Artola, para sustituir en las travesías al Adriano II, que entonces se varó después de un cuarto de siglo cubriendo las travesías entre El Puerto y Cádiz.

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Una instantánea histórica: la botadura del Adriano III en San Adrián de Cobres.

LAS TRIPAS 
El Adriano III se compuso ‘a la antigua’, con madera de roble para el armazón, tablones de pino gallego de 8 cm de espesor para el casco y acacia brava de 6 cm para las cubiertas y los camarotes. Sus dimensiones, 25’25 metros de eslora, 5’76 m de manga y 2’80 m de puntal. Su peso, 117 toneladas. El costo, 2 millones de pesetas y capacidad para 200 pasajeros: 65 en la cubierta del puente y 135 en la principal (26 en popa, 44 en los bancos de popa y 65 en los de proa). En esta cubierta se instalaron dos sanitarios, dos cisternas de agua dulce y un compartimento con el guardacalor de protección del motor (220 caballos) situado debajo, en la cámara de máquinas de la cubierta baja, que se dividió en dos pañoles de popa y otro de proa, cargados con 40 toneladas de adoquines como lastre.

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Siendo los mas conocidos Pepe y Juan, su hermano Eduardo Fernández Sanjuán (1911-1987), a la derecha de la imagen, trabajó 55 años en los Adriano como marinero de proa, cobrador y durante más de 30 al frente de la empresa familiar. 

Y en la cubierta del puente, el sanctasanctórum donde Pepe ‘el del Vapor’ gobernó el nuevo barco de la saga con sus hermanos Juan y Eduardo y los demás trabajadores que con los años se fueron sucediendo.

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El Adriano III abarloado a cuatro pesqueros.

El viejo motor fue remplazado en 1991 por un diésel ‘Guascor’ de 360 caballos, que alcanzaba una velocidad punta de ocho nudos y medio. La travesía entre El Puerto y Cádiz se hacía, en condiciones climáticas normales y a la velocidad establecida a la entrada y salida de los puertos, en 35-40 minutos (cuando el motor se puso a prueba la distancia se cubrió en 20’). El arranque se efectuaba por aire comprimido, con motor auxiliar. El timón contaba con ayuda mecánica, moviéndose el engranaje mediante cadenas y varillas de acero. Los medios de seguridad de la navegación, los reglamentarios: radar de superficie, compás, emisora de radio y luces de situación.

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El vapor, reluciente, en el varadero Guadalete durante una de sus revisiones anuales. / Foto, col. Andrés Fdez. Valimaña.

Los años en que los Adriano II y III compartieron tiempo y travesías (1955-1982), lo acostumbrado  era que el III cargase con  los viajes diarios y el II se dedicara  a dar paseos turísticos a Cádiz y por la bahía, a veces con paradas en Puerto Real, Matagorda, La Carraca y la Zona Franca. En diciembre y enero, cuando el Adriano III varaba para su limpieza y mantenimiento, el II lo sustituía en las travesías diarias, en el día a día que los Adriano mantuvieron desde 1930.

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El vapor pasando por La Puntilla, aún sin espigón. / Foto, Centro Municipal de Patrimonio Histórico.

EL CANAL
En 1955, recién llegado el nuevo vapor al Guadalete, se pensó en aprovechar la línea para comunicar la ciudad durante los veranos con la playa de Valdelagrana, que aquel año dio sus primeros pasos como enclave turístico (se estableció entonces el primer servicio de ómnibus desde el Parque Calderón y la estación del ferrocarril, se instalaron las primeras casetas de baños y se celebraron en la playa las primeras carreras de caballos y, al año siguiente, las de motos). Se presentó entonces un proyecto para construir en la margen izquierda de la desembocadura del río, en la Puntilla de Levante (junto al monumento a la Virgen del Carmen en su emplazamiento original de 1946), un desembarcadero de madera (24 m de longitud por 6 m de ancho) y una  pasarela  de 19 m hasta la orilla. Pero el proyecto no se materializó, como ocurriría al año siguiente, en octubre del 56, cuando se presentó un segundo proyecto de desembarcadero, ahora de hormigón y capaz para 400 personas.

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En el mismo lugar unos años después, con la escollera del río.

Pero para muchos jóvenes e intrépidos nadadores el embarcadero era innecesario porque en aquellos años –lo tienen presente muchos portuenses con algunos años a la espalda- era corriente que el río, frente  al espacio de los embarcaderos proyectados, se cruzara nadando por ‘el canal’, donde las orillas se aproximaban más en la escollera de la Virgen del Carmen (antes de que en 1970 se construyeran los espigones), o bien se atravesaba en la barca El Quinto de José Manuel Sánchez Lao, ‘Mesti’; de la familia Manduco de la Casa de las Cadenas.

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Antigua postal en la que se pueden apreciar los Efectos Navales de Paulino Freire, donde hoy se encuentra el restaurante Alavera y el Bar El Liba, y a la izquierda dos edificios desaparecidos, entre ellos el del Hostal Vista Alegre. 

DOS INCIDENTES
Siendo lo habitual que las acostumbradas cinco travesías diarias de ida y vuelta en el Adriano III transcurrieran con normalidad, de tarde en tarde ocurrían algunos incidentes, de los que me haré eco de dos. Probablemente el más destacado pasó en 1966, cuando una pertinaz niebla hizo pasar malos momentos al Vapor. Lo contó entonces Pepe Fernández Sanjuán en la prensa: “Hace unos meses, cuando la niebla cerrada que duró todo un día, salimos de Cádiz en el viaje de las once y media, y al llegar a la barra tuvimos que fondear. No había manera de seguir. Y estuvimos hasta casi las dos de la madrugada, con treinta personas a bordo, sin poder movernos. Allí se reunieron unos cuantos barcos pesqueros. Al final, desde un transporte de la Marina de Guerra nos enviaron una lancha teledirigida. Y siguiendo su estela, hicimos el viaje. ¡Catorce horas estuvimos en la bahía! ”.

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Con niebla, atracado en el Muelle de San Ignacio de El Puerto.

De cómo era Pepe con las cosas de su barco,  a las claras lo dice un hecho que sucedió en octubre de 1991, cuando 55 miembros de la Comisión de Relaciones Parlamentarias y Públicas del Consejo de Europa, de visita en Cádiz fueron invitados a embarcar en tan típico barco para recalar en El Puerto y luego trasladarse a Jerez. Pero pasó que el punto de atraque habitual en el muelle Reina Victoria estaba cruzado con una maroma de sujeción de un mercante, por lo que las autoridades le pidieron a Pepe que hiciera el favor de atracar en otro lugar. Pero Pepe dijo que no, que el Vapor no atracaba en ningún otro sitio sino en el suyo. Ante tan firme respuesta se mandó quitar la maroma, pero cuando efectuaban la operación, la rampa de entrada al buque se rompió y no se pudo quitar la susodicha maroma, así que las 55 personalidades europeas tuvieron que cambiar de planes y coger un autobús caminito de Jerez.

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El vapor, saliendo del muelle de Cádiz. /Foto: Cadiz.com

El tradicional lugar de atraque de los Adriano en el Reina Victoria (empleado por sus antecesores desde siglos antes de que naciera la susodicha reina) se cambió al poco tiempo, el 1 de abril del 93, pasando a hacerlo en el muelle Alfonso XIII, junto a la Estación Marítima. El motivo que Autoridad Portuaria adujo fue que lo requería la seguridad del puerto dado el incremento del tráfico de los barcos de Marruecos en el Reina Victoria. Aquella jornada Pepe ‘el del Vapor’ recibió un homenaje de Autoridad Portuaria.

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En el muelle de Cádiz en junio de 2009, pasando ante el crucero Grand Princess, de 289 m de eslora. El tamaño no importa. 

LOS ÚLTIMOS AÑOS
Siendo un hecho cierto que los Adriano nunca fueron un negocio boyante, los años 90 y posteriores fueron difíciles de sobrellevar. Mediado los 90 se pagaba por el alquiler de ambos muelles 1.500.000 ptas anuales y en gasóleo 700.000 ptas, cargándose en cada repostaje 3.000 litros (a 78’80 ptas). Costando 250 ptas el billete, era mucho dinero el gastado para cubrir las necesidades del barco y de la tripulación, formada por los hermanos Pepe y Juan Fernández Sanjuán, un mecánico y un marinero. Económicamente, el Adriano III no era rentable. Tal situación se pudo ir solventando a partir de que la Comunidad Europea unificó los precios del gasoil en 1998, rebajándose el litro a 35 ptas, más del 50%.

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La plaza de las Galeras vista desde el Adriano III.

Y como las cosas fueron como fueron, hay que decir que en los años difíciles del Adriano III y de la empresa que lo sustentaba, los Ayuntamientos de El Puerto y de Cádiz, Diputación, Autoridad Portuaria y la Junta de Andalucía no estuvieron a la altura –todos se lavaron las manos y se pasaron “la pelota” unos a otros- para proteger,  no a una empresa privada sino a un Bien mueble de Interés Cultural (BIC), como fue declarado el Adriano III por la Junta en octubre de 2001 (BOJA, 15-XI-2001). Y tampoco el común de los ciudadanos estuvimos a la altura.

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Durante un paseo nocturno en Cádiz, un año antes de hundirse. / Foto, col. Andrés Fdez. Valimaña.

La situación se complicó aún más a raíz de que el Consorcio de Transportes de la Bahía de Cádiz pusiera en servicio, en junio de 2006, dos catamaranes para cubrir la línea. Altamente subvencionados de dinero público y fijándose su billete en la mitad del precio del Adriano, la competencia se hizo insostenible. Unos años antes, en mayo de 2000, se puso en servicio, también subvencionado, otro catamarán, El Rápido, que se trajo de un desguace noruego tras cubrir su vida en los fiordos nórdicos, pero tuvo, por sus continuas averías y pocos pasajeros, corta vida en la bahía.

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José Fernández Sanjuán, Pepe ‘el del Vapor’ (1909-2001) en el puente de mando del Adriano III.

José Fernández Sanjuán, para todos y para siempre ‘Pepe el del Vapor’, aquel joven gallego que con veinte años llegó al Puerto siguiendo los pasos de su tío Antonio ‘el Adriano’, falleció el 21 de octubre de 2001, a los 92 años (unos días después de la declaración del BIC). Hacía cuatro años que había dejado de pilotar el vapor, cuando pasó a gobernarlo Juan Antonio Vélez. Ya nunca más se volvería a oír su ‘cuidado con la cabeza’ al subir los pasajeros la rampa de embarque. Ni sus amigos del Bar Liba –el que está frente por frente al muelle del Vapor, donde entre viaje y viaje siempre paró Pepe- le preguntarían más ‘¿a dónde va hoy el vapor?”, a lo que siempre respondía, impertérrito y con sorna gallega, “hoy a Cádiz”.

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La imagen que nunca quisimos ver, 30 de agosto de 2011.

LA TARDE ACIAGA

Tras el fallecimiento de Pepe, durante una década más el Vapor fue sorteando las dificultades económicas hasta la funesta tarde del 30 de agosto de 2011 cuando al entrar en la dársena de Cádiz, al parecer, se rompió el timón del barco, chocó contra la Punta del Sato, se abrió en su casco una pequeña vía de agua aunque pudo continuar hasta el Reina Victoria, donde se hundió. Se reflotó el 27 de septiembre, de inmediato se trasladó a las instalaciones de Navantia de San Fernando para hacerle un primer reconocimiento y el 28 de noviembre volvió a El Puerto, al varadero Guadalete, donde sigue.

Después de permanecer la saga de los Adriano en manos de la familia Fernández Sanjuán durante 84 años, el Adriano III fue adquirido por el empresario Manuel Ramos, que apostó por restaurarlo y dedicarlo exclusivamente, dada la imposibilidad económica de competir con los catamaranes, a dar paseos turísticos por la bahía y fuera de ella, pero el proyecto, al día de hoy –y mala pinta tiene- está paralizado, en buena parte por los considerables daños sufridos tras irse a pique.

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Cuando se reflotó el vapor, 27 de septiembre de 2011.

Todo tiene un principio y un final, como lo tuvieron los dos primeros Adriano y mucho antes los faluchos, los legendarios ‘barcos del pasaje’, al menos durante quinientos años; y los vapores, desde el primero que se abanderó en España, el Betis, que al Guadalete llegó en 1840, y los que le siguieron hasta el último, el Cádiz, aquel que se hundió en el muelle del Vapor en 1929 y que propició el comienzo de la saga de los Adriano.

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En el dique, tras su rescate de las aguas, 27 de septiembre de 2011.

Para mí tengo (disculpen la apreciación personal) que lo importante –-si es que queremos darle importancia a nuestras cosas, a lo que hemos heredado de nuestros mayores-- no es en qué barco (cientos se sucedieron en los últimos dos mil años surcando la bahía entre El Puerto y Cádiz, por último --toco madera de pino gallego-- los catamaranes), sino disfrutar del placer de navegar con todos los sentidos por las aguas de la mítica bahía de Cádiz; porque si Melkart-Hércules decidió –-según la leyenda que transmitió el gaditano Pomponio Mela hace dos milenios-- que sus cenizas y su memoria reposaran para siempre en su templo del islote de Sancti Petri, uno de los recintos sagrados más venerados en la Antigüedad, por algo sería.

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En el varadero Guadalete, al comenzar su inacabada restauración el 31 d marzo de 2012.

Salvemos al Adriano. Mejor que siga existiendo y navegando, bajo otros parámetros y en armonía con los imprescindibles catamaranes, que terminar como sus hermanos mayores desguazados de mala manera. Merece la pena y no es tan costoso  –-maldito parné, visto lo que estamos viendo-- ni difícil ponerse de acuerdo y arrimar todos --empresario, políticos y ciudadanos-- el hombro. Carajo. (Texto: Enrique Pérez Fernández)

Más Capítulos de Enrique Pérez sobre: Los Adriano: Historia de una tradición.
Capítulo 1. Los vapores (1840-1929). Nótula 1.986

Capítulo 2. Los faluchos. Nótula 1.993.
Capítulo 3. Antonio Fernández, ‘el Adriano’. Nótula 2.007.
Capítulo 4. Adriano I (1930-1955) Punta Umbría (1929-1934). Nótula 2.021.
Capítulo 5: ADRIANO II (1934-1982). Nótula 2.028.
Y Capítulo 6: ADRIANO III (1955-2011). Nótula 2.042.

Un comentario en “2.042. LOS ADRIANO. La herencia de una tradición. Y 6: Adriano III (1955-2011)

  1. carudel

    Como podra descansar tranquilo el patron que hundio el barco,por una negligencia e irresponsabilidad sin parangon,poniendo en riesgo la vida de 200 personas y la perdida de una empresa?

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