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El almacén de Suárez. Una tienda de montañés en el corazón de El Puerto #6.576

Donde se vendían coloniales y se despachaba conversación

| Luis Peinado Cabrera, en el Almacén de Suárez

| Texto: José María Morillo

Un poco más allá del cambio de siglo bajó para siempre la persiana del antiguo ‘Almacén de Suárez’, aquella tienda de montañés que durante décadas formó parte del pulso cotidiano de la confluencia entre Misericordia y Luna, donde hoy se levanta TK3 Centro. El último en apagar la luz fue Luis Peinado Cabrera, de la familia de los Chaparro, poniendo fin a una forma de entender el comercio que va quedando con cuenta gotas en El Puerto.

| El almacén, en los años sesenta del siglo pasado

Junto a él había estado su hermano Alfonso Peinado Cabrera. Los dos entraron siendo apenas unos muchachos y acabaron entregando media vida a aquel almacén de ultramarinos y coloniales. No eran propietarios, pero trabajaban como si lo fueran. Quizá más, porque algunos negocios pertenecen legalmente a unos y sentimentalmente a otros. Y el Almacén de Suárez llevaba mucho de eso.

Abrían antes que nadie y cerraban cuando ya media ciudad había recogido las calles. Domingos, festivos, vísperas o días de Levante daban igual. La tienda seguía abierta. Había en ambos hermanos una mezcla antigua de responsabilidad y disciplina que hoy cuesta explicar. No era ambición; era otra cosa.

El día que Alfonso fue a trabajar después de casarse”

Alfonso, que había jugado en el Victoria, llegó incluso a acudir lesionado y con una pierna escayolada. Ni así faltaba a su puesto. Se cuenta que el día de su boda trabajó antes de irse a casar. Y al día siguiente volvió a abrir la tienda con la misma naturalidad con la que algún jubilado regresaba de comprar el periódico en papel.

| Una imagen de la tienda previa a su cierre.

Conviene añadir, además, que una de las hijas de Alfonso Peinado también formó parte de la historia cotidiana del establecimiento del Almacén de Suárez. Y es difícil no coincidir con quienes sostienen que Alfonso Peinado y su hermano Luis hubieran merecido algún tipo de reconocimiento público por toda una vida dedicada al trabajo. Más de medio siglo.

Porque Alfonso comenzó prácticamente siendo un niño. Entró en el almacén a comienzos de los años cuarenta, con apenas trece años, como “chicuco” para los recados, cargar leña y ayudar en las tareas más humildes del establecimiento. Tres años después, al cumplir los dieciséis, fue dado oficialmente de alta. Eran otros tiempos, con otra dureza y otra manera de abrirse camino.

| El almacén, en la esquina de Luna con Misericordia, antes de la peatonalización.

Su primera compensación dominical retrata casi una época entera: una torta de aceite sin envoltorio, una loncha de jamón y una peseta. Visto desde hoy, parece una escena salida de una novela costumbrista; pero fue la realidad de muchos chavales que crecieron aprendiendo antes el valor del trabajo que el del descanso.

Lo curioso es que aquel establecimiento mantenía unos horarios casi imposibles para la época. Mucho antes de que aparecieran los bazares orientales y las aperturas interminables de las grandes superficies, el Almacén de Suárez ya vivía instalado en esa lógica de persiana eterna. La propiedad —los Sucesores de Luis Suárez Cofiño, con los hermanos Suárez Ávila y los Moresco Suárez— intentaba en ocasiones moderar aquel exceso de dedicación, pero resultaba inútil. Alfonso y Luis parecían incapaces de concebir la tienda cerrada mientras hubiera alguien que pudiera necesitar algo. Alguna queda en El Puerto con ese nivel de dedicación, que lo mismo te ofrece una copa de Fino en la trastienda, que te corta un cuarto de jamón ibérico, impecablemente colocado en papel de estraza.

| Al fondo, el almacén de Luis Suárez Cofiño, cuando la calle Luna se denominaba Cánovas del Castillo.

Y allí estaba de todo: legumbres, conservas, café, bacalao, coloniales, conversaciones del barrio bajo y libretas de recuerdos domésticos de varias generaciones de portuenses. Aquellas tiendas además de la venta productos para el buen comer, administraban confianza.

Con los años, el local cambió de vida. Durante un tiempo fue La Trastienda de Concha, que conservó parte de las viejas estanterías y anaqueles del almacén, como si el inmueble se resistiera a desprenderse del todo de su pasado. Pero la ciudad ya era otra. En apenas veintiséis años han cambiado los comercios, las costumbres y hasta la manera de caminar por el centro.

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