El alojamiento está situado frente a la plaza de España y la Prioral

| Texto: José María Morillo
Casa Monbull El Puerto ocupa un inmuelbe de la burguesía local con cerca de dos siglos de historia, situada al inicio de la calle Palacios, frente a la Plaza de España y la Prioral. Su propietaria, Marta Montoro, CEO de Monbull y vicepresidenta de la Fundación GMP, la convirtió en 2024 en un singular alojamiento con capacidad para diez personas. La casa combina arquitectura histórica, arte contemporáneo, colores atrevidos y una marcada influencia mexicana. Sus cinco habitaciones, patios interiores y amplias zonas comunes poseen una personalidad propia, alejada de los alojamientos convencionales. La azotea ofrece unas vistas privilegiadas de la Basílica de los Milagros y del caserío del centro histórico. Además, propone experiencias personalizadas para que sus huéspedes no solo visiten El Puerto, sino que lo vivan desde dentro.

Casa Monbull El Puerto - Palacios, 66. El Puerto de Santa María. Tel: 675 056 877
Hay aventuras que comienzan con un billete de avión y otras, más portuenses, con una copa de Vino Fino. Así reciben al viajero en Casa Monbull El Puerto, una vivienda burguesa con cerca de dos siglos de historia situada frente a la Plaza de España, a escasos metros de la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Milagros —la Iglesia Mayor Prioral de toda la vida—.
La ubicación ya constituye todo un acierto. Desde sus balcones se contempla uno de los escenarios más reconocibles del casco histórico, mientras las campanas del templo recuerdan, sin demasiada discreción, que aquí el tiempo va al ritmo de las horas, no todas, cantadas y contadas.

Pero basta atravesar la puerta para descubrir que Casa Monbull no pretende ser una casa tradicional al uso. El verde intenso del techo del salón principal, el pavimento ajedrezado original, las obras de arte contemporáneo y una decoración llena de color anuncian que en este edificio se ha optado por conservar el pasado sin convertirlo en una pieza de museo.

La vivienda está inspirada, en buena medida, en la casa del arquitecto mexicano Luis Barragán en Ciudad de México, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. Esa influencia llegó de la mano de uno de sus anteriores propietarios, el artista mexicano Sergio López, quien compartió esta casa con el chef sueco Peter Norman.
Su actual propietaria, Marta Montoro, CEO de Monbull, quedó seducida precisamente por esa personalidad poco convencional. «La casa tenía una base decorativa muy buena. Cuando la visité pensé que, tal como estaba, me la quedaría», recuerda en la Guía Repsol. Por eso decidió conservar buena parte de la intervención realizada por sus anteriores propietarios e incorporar nuevos elementos con la ayuda de la decoradora Elena de Meneses.
La consigna estaba clara: evitar esa sucesión de beiges, blancos y tonos neutros que, a fuerza de querer gustar a todo el mundo, termina por no contar nada.
Cinco habitaciones, cinco personalidades

Casa Monbull abrió como alojamiento turístico en 2024. Dispone de cinco habitaciones y capacidad para diez personas, y puede alquilarse durante varios días o semanas. En temporada baja, la planta superior también puede funcionar de manera independiente gracias a un acceso propio desde la entrada del edificio.
Cada dormitorio presenta una identidad diferente. En la habitación Oaxaca, los amarillos se apoderan de cabeceros, tapicerías y cojines. Mantón sorprende con un techo dorado, mientras que Capote se atreve con unas paredes rosas que difícilmente pasan inadvertidas. Marta Montoro explica con humor la decisión de mantenerlas: quizá nunca pintaría así una habitación de su propia casa, pero precisamente ahí reside parte del atractivo de alojarse en otro lugar y encontrarse con algo inesperado.

Sobre el cabecero de Capote, una fotografía de gran formato transporta al huésped hasta las calles de la India. Es otro ejemplo de una decoración que mezcla procedencias, recuerdos y referencias culturales sin perder coherencia.
En la planta superior se encuentran los dos últimos dormitorios. Los Quillos, bautizado con un indudable guiño al habla gaditana, dispone de dos camas individuales y está pensado especialmente para los más pequeños.
La suite principal ocupa un espacio más amplio y reservado. Cuenta con saloncito, una gran cama con dosel y tres balcones abiertos hacia la calle Palacios y la Plaza de España. Desde allí, el corazón monumental de El Puerto deja de ser una postal para convertirse en parte de la estancia.
Una casa que respira por sus patios
Los patios interiores articulan la vivienda y permiten que la luz natural alcance buena parte de sus dependencias. Plataneros, hiedras y otras plantas trepan buscando el cielo portuense, mientras las ventanas de los dormitorios se asoman discretamente a estos espacios, protegidas por la vegetación.
En la planta baja se distribuyen tres de las habitaciones, comunicadas por una sucesión de patios que aportan frescor, intimidad y ese carácter tan propio de las casas históricas del sur. La combinación resulta singular: arquitectura burguesa gaditana, ecos mexicanos, mobiliario contemporáneo y una vegetación que parece empeñada en borrar las fronteras entre el interior y el exterior.

En la primera planta, la cocina se convierte en el verdadero centro de reunión. Es amplia, luminosa y colorida, con una barra rodeada de banquetas y un techo amarillo que vuelve a romper cualquier tentación de sobriedad excesiva. A su lado se abre una pequeña sala de estar y, de nuevo, las pinturas y fotografías contemporáneas ocupan las paredes.
La azotea con la Prioral como vecina
Uno de los grandes atractivos del inmueble se encuentra en su parte más alta. Desde la cocina, unas escaleras conducen a una amplia azotea con vistas privilegiadas sobre las cubiertas de la Prioral y el caserío del centro histórico.

El espacio está concebido tanto para comenzar el día con una sesión de yoga como para terminarlo con una cena o una reunión al caer la noche. Desde allí arriba, El Puerto se muestra sin intermediarios: tejados, espadañas, torres-vigías, campanarios y ese horizonte luminoso que forma parte de la identidad de la Ciudad.
«No existe por aquí una casa de alquiler turístico con unas vistas parecida», sostiene Marta Montoro. La afirmación puede sonar ambiciosa, pero el emplazamiento, las dimensiones del edificio y la particularidad de su propuesta ayudan a entenderla.
En realidad, Casa Monbull propone precisamente eso: habitar El Puerto durante unos días en lugar de limitarse a visitarlo. Despertarse junto a la Prioral, desayunar bajo un techo amarillo o acercarse a probar los churros de la Placilla en el Bar Vicente, atravesar patios llenos de vegetación, contemplar la plaza desde un balcón y terminar la jornada en la azotea. Y, como no, alzar una copa de Vino Fino. Porque hay rituales que no necesitan reforma.
