
| Texto: Bernardo Rodríguez Caparrini
El futuro sacerdote jesuita José María de la Torre Miranda (1848-1919) —hijo de José de la Torre Santaella y de María Josefa Miranda Giménez— nació en Granada (Cortijo de Calero) el 29 de abril de 1848. Al ser bautizado en la parroquia de Santa Escolástica el primero de mayo se le impusieron, además, los nombres de Pedro, Agustín y del Corazón de Jesús. La vinculación de José María de la Torre con El Puerto de Santa María comenzó el 12 de mayo de 1865, cuando recién cumplidos los 17 años ingresó como novicio escolar en la casa de probación ubicada en el antiguo convento de la Victoria. Como consecuencia de la revolución de septiembre de 1868 y del posterior decreto de supresión de la Compañía de Jesús en toda España, el joven José María partió con otros muchos novicios y estudiantes jesuitas hacia un exilio voluntario en Francia, recalando inicialmente en el noviciado de Angers (Maine y Loira), para instalarse a finales de junio de 1869 en el castillo de Poyanne (no lejos de Bayona), recién adquirido por la provincia jesuita de Castilla.

En esta importante casa de formación hizo José María de la Torre los estudios de Filosofía (1869-1872) y de Teología (1877-1879), intercalando entre ambos periodos un año de magisterio en el colegio libre de San Sebastián y otros cuatro en el municipal de Orduña. Ordenado sacerdote en Poyanne el 24 de agosto de 1879, hizo la tercera probación —última etapa formativa de los jesuitas— en Manresa (Barcelona) en el curso 1879-1880.
En junio de 1880, la gran provincia jesuita de Castilla se dividió en dos, Castilla y Toledo, quedando el Colegio de San Luis Gonzaga y la residencia portuense de las Capuchinas asignados a la provincia de Toledo, creada entonces. Fue en el curso 1880-1881, último de José María Vélez como superior del colegio de San Luis, cuando el padre José María de la Torre regresó a El Puerto de Santa María: impartió clases de Latín y de Geografía, encargándose además de explicar el catecismo a los hermanos coadjutores del colegio. En 1881, nuestro protagonista inició en el internado de El Puerto su largo mandato —16 años— como prefecto (de disciplina y de estudios), un cargo delicado que ejerció con notable acierto:

“La autoridad del Padre —escribió el jesuita Francisco Meseguer— era estupenda, casi increíble. No necesitaba, ordinariamente, hablar para corregir. La presencia de aquel hombre de estatura gigantesca, de andar reposado, con la cabeza inclinada sobre el pecho, como fatigado y agotado por las molestias del asma, bastaba para enfrenar en el acto a los más inquietos. (…) A este respeto, rayano en la veneración, contribuía en gran manera la delicadeza con que el P. La Torre trataba siempre a todos. Jamás insultó a nadie, ni aun lo mortificó con calificativos que pudieran significar alusión a defectos naturales, a nada de que el aludido tuviera que avergonzarse sin poder corregirse”.
José María de la Torre se mantuvo en el cargo de prefecto durante los rectorados de los padres Miguel Sánchez Prieto (1881-1888), Ildefonso del Olmo (1888-1892) y Pedro Castelló (1893-1897), lo que le valió el apelativo de “eterno prefecto”. La comunidad jesuita del colegio portuense no bajó en esos años de 30 miembros, llegando a los 40 en 1894-1895. Atendían a un alumnado cuya media anual se situó en 232 (siendo internos el 80 % aproximadamente), alcanzándose al comenzar el padre de la Torre su prefectura la cifra récord de 272 alumnos (217 internos y 55 externos).

El poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958), “andaluz universal”, que fue alumno interno en El Puerto de 1893 a 1896, nos ha dejado este retrato del prefecto de su colegio:
“Alto, altísimo, el Padre de la Torre andaba con miedo, caída la cabeza morena contra el corazón, como un ahorcado, mirando siempre, para no tropezarse, a todos los techos. A todos los techos de frente, y de lado a todos nosotros, en raro escorzo de equilibrista del patín de ruedas. En realidad, parecía que resbalaba por el techo con la nuca”.
La aguda descripción juanramoniana pertenece a su artículo “Sonrisas de Fernando Villalón, con soplillo distinto” (1936), cuyo tercer apartado —“Morón (Sevilla), Moguer (Huelva)”— se abre con este evocador párrafo:
“Cuando entrábamos en el estudio, un anochecer de enero, el Padre de la Torre, nuestro Prefecto, nos llamó de filas a Fernando Villalón y a mí y nos llevó a la secretaría segunda, aquel cuarto misterioso, galería de la montaña rusa, especie de escritorio despensa, donde el Prefecto tenía el vino dulce, el café, las pasas, el chocolate, las nueces ... y el tabaco”.

Acto seguido, continua Juan Ramón, el prefecto les hizo escribir una carta a sus respectivas familias en Moguer y Morón para que “vinieran por nosotros cuanto antes”, pues los dos colegiales habían estado hablando de novias y burlándose de Juan Oca, padre ministro. Juan Ramón escribió en el sobre “Moguer” y debajo “Huelva”. El prefecto le arrancó el sobre de las manos y lo rompió en cuatro pedazos: “«¡Se pone ‘Provincia de Huelva’, y aquí arriba, a la izquierda del sello! (el sello estaba ya pegado a la derecha). ¿Todavía no sabe usted esto? ¿Por qué lo pone usted entonces así? ¡Conteste!». Yo, muy serio, dije sencillamente: «Porque me gusta más». Pero Villalón, que lo había puesto ‘mejor que yo’, intercedía ya con la atrevida jactancia del sano y salvo: «Padre, eso es porque Huelva está al sureste de Moguer. Por eso lo pone abajo y a su izquierda». (...) Villalón, ya más atrevido y con nueva disculpa para mí: «Morón está debajo de Sevilla y por eso lo he puesto yo bien». Y me miraba con su sonrisita de soplillo pillete”. El padre de la Torre tuvo que disimular la risa con las ocurrencias de Villalón, yendo a la puerta y llamando “a alguno que no pasaba”.
Es significativo que el sevillano Fernando Villalón, condiscípulo de Juan Ramón y poeta tardío, dedicara al de Moguer su libro Romances del 800 con las siguientes palabras: “A Juan Ramón Jiménez en recuerdo de nuestra niñez encarcelada en los Jesuitas del Puerto, y al R. P. José M. de la Torre, que Dios Nuestro Señor tenga a su vera, dedico estas impresiones de nuestra Andalucía la Baja, durante el año del Señor de MCMXXVII”.
El prefecto José María de la Torre era partidario de una educación basada en el estímulo del honor y en la emulación, empleando para activar la virtud en los alumnos —asegura el padre Meseguer en su necrológica— “un arma eficacísima, que en sus manos daba resultados prodigiosos: la lectura de las Notas semanales. Era la ocasión en que más certera se revelaba su intuición de la psicología del alumno. (…) Sin herir jamás a la persona, tenía frases felices contra los pequeños vicios de los niños, haciendo altamente ridículos y dejando maltrechos cualquiera conatos o atisbos de pasión desordenada. Jamás se borrarán de la memoria de los que le oyeron en estas sesiones las carreras en pelo que en ellas daba a la desaplicación y holgazanería, a la vanidad y presunción, a la falta de modales, a la desobediencia, a la falta de piedad, al descuido en el aseo”.

El 10 de septiembre de 1897, el padre José María de la Torre fue nombrado rector del Colegio de San Luis Gonzaga. Permaneció en el cargo hasta junio de 1904, cuando se le designó para el rectorado del Colegio de San José en Villafranca de los Barros (Badajoz). Su ascendiente había llegado a ser tal que durante los once años de su mandato en Villafranca era frecuente el caso de antiguos alumnos de El Puerto, de las provincias de Sevilla, Córdoba y Huelva, que llevaban a sus hijos al Colegio de San José para que fuese el padre de la Torre quien dirigiese su educación.
“A veces —explica el padre Meseguer— se presentaban respetables caravanas de ocho o diez antiguos colegiales del Puerto, a quienes el amor a su Padre Prefecto encarrilaba por aquellas regiones extremeñas. El premio de estas visitas era siempre el hospedarles a todos en el Colegio, comiendo él con ellos con tal cordial y sincera alegría, que nos parecía que cada una de estas visitas le rejuvenecía y aliviaba de la penosa afección del asma, que no le dejó un día tranquilo en más de la mitad de su larga vida”.

Tenemos, además, el testimonio de Guillermo de Alberti Sánchez-Bustamante, secretario de la flamante Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio de San Luis Gonzaga, quien en su crónica de las “fiestas de familia” que se celebraron del 17 al 19 de agosto de 1912 recuerda la ovación que recibió el “amadísimo y queridísimo” padre de la Torre por parte de casi trescientos alumnos al hacer su entrada en el gran comedor del colegio el segundo día de las fiestas, “porque es de todos los tiempos, porque su nombre va unido y entraña en la historia del Colegio”. El popular jesuita contestó con un viva a los colegiales de El Puerto. Y añade Guillermo de Alberti:
“Así no es extraño que todos ese día le buscasen, que en todas las cartas recibidas preguntasen por él y que en estos días fuese el que se llevase las preferencias y mejores pruebas del amor y cariño de todos sus antiguos colegiales. A todos recibía el afabilísimo Padre con muestras de singular afecto, para todos tenía palabras de consuelo y aliento, a todos recordaba algún hecho notable de su vida de colegial y todos se acordaban de aquellos regaños de padres, de los sábados en la noche en la lectura de las notas semanales”.

Al finalizar su rectorado en Villafranca de los Barros, José María de la Torre fue destinado en 1915, como padre espiritual de los alumnos, al externado de Villasís (Sevilla), de donde pasó a la residencia hispalense de la calle Jesús del Gran Poder. En 1918 regresó al colegio de Villafranca, de espiritual de la comunidad, y allí falleció el 4 de diciembre de 1919, a los 71 años de edad y 54 de Compañía.

Yo estudié en los jesuitas y estando en clase de frances se abrió la puerta y el hermano Pascual me llamó.
En la galería había unos señores y me dijeron que eran de RTVE y que representaría a Juan Ramón Jiménez.
Con el babi azul estuve por los pasillos en la iglesia por el templete en una clase etc
Al final no pude verme porque lo pusieron en la segunda cadena y en Andalucia no se veía.