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Ocurrió en la Sierra de San Cristóbal (y 5) #6.603

Las huertas de Sidueña, un vergel junto a Doña Blanca

| FOTO 1 Imagen generada con IA a partir de una fotografía antigua con la torre de Doña Blanca de fondo.

| Texto: Enrique Pérez Fernández

En 1873 el jerezano Luis Coloma publicó en Madrid una novelita que tituló Caín, una obra de juventud escrita al amparo de quien era su consejera y mentora en sus primeros pasos literarios, Cecilia Bohl de Faber, Fernán Caballero. Faltaban años para que saliera a la luz --en 1890-- su novela más conocida –Pequeñeces-- y Cuentos para niños, que incluía su inmortal Ratoncito Pérez, dedicado al niño-rey Alfonso XIII cuando se le cayó un diente de leche. Al poco de publicarse Caín Coloma ingresó, en octubre de 1874, en la Compañía de Jesús.

| FOTO 2 Luis Coloma Roldán (1851-1915) retratado en 1874, unos días antes de ingresar en la Compañía de Jesús.

Caín está ambientada en 1869 en la torre de Doña Blanca, donde viven sus protagonistas, Miguel y Joaquina con sus hijos Perico --colmado de virtudes-- y Roque, una piltrafa humana; y con ellos la burra Molinera. Al hijo del propietario de la torre dedicó Coloma la primera edición de la obra, el jerezano Juan Manuel Ponce de León y Gordon, “en prueba de aprecio y simpatía”, que en 1888, al fallecer su padre, se convirtió en el V marqués del Castillo del Valle de Sidueña. El IV marqués, Francisco de Asís Ponce de León y Fernández de Villavicencio, en 1860 había reedificado la torre vigía del siglo XV y sobre la puerta colocó una lápida de mármol que decía, según Coloma: EL AMOR A LAS GLORIAS DE SU FAMILIA HIZO AL ACTUAL MARQUÉS DEL CASTILLO EMPRENDER LA RESTAURACIÓN DE ESTE MONUMENTO HISTÓRICO. 

| FOTO 3 Torre de Doña Blanca en 1960. Sobre la puerta, el hueco donde estuvo la lápida. Imagen tomada por el arqueólogo Juan de Mata Carriazo; Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla.

Los protagonistas de Caín, humildes campesinos, tenían arrendada al pie del cerro de la vieja ciudad fenicia una de las centenarias huertas de Sidueña: “Siete años iban a cumplirse --decía Coloma-- desde que Miguel y Joaquina tenían arrendada la huerta del Alcaide, a la que sirve de casa, y como tal se le tiene señalada, la torre de doña Blanca. […] Rodean aquel cerro triste y pelado […] cuatro frondosas huertas: la Martela, la de los Nogales, la del Algarrobo y la del Alcaide. Nace en esta última, al abrigo de una porción de álamos blancos, un manantial que lleva el dulce nombre de La Piedad y que, pródigo y compasivo como su nombre, manda uno de sus caños a fertilizar las huertas, mientras el otro sigue el camino del Puerto de Santa María, se detiene ante una ermita arruinada…

| FOTO 4 Imagen generada por IA, basada en un plano de 1917, los nombres y disposición de las huertas entonces existentes en Sidueña

Los nombres de esas huertas venían de antiguo. El alcaide aludido era Charles de Valera, que lo fue del Castillo de San Marcos y corregidor de la villa entre 1478 y 1520. Un documento de agosto de 1503 ya lo menciona como propietario de la huerta, que la tenía arrendada, en dos partes, al vecino de Jerez Fernando de Orbaneja y a Manuel de Carmona, con un pozo y abrevadero y a orilla de la ‘madre vieja’ del Guadalete un molino (como el que construyó hacia 1485 en el Guadalete, frente a la plaza de la Herrería).

Lindaba la del Alcaide con la huerta de La Martela, propia, en 1470, de Diego Martel, un noble sevillano que en 1450 fue nombrado alcaide del castillo de Matrera (término de Villamartín). El topónimo de la Martela hacía referencia a su esposa, María de Luna, que recibió de Diego un poder para que pudiera gestionar todas sus propiedades durante sus largas ausencias defendiendo la frontera castellana de las incursiones nazaríes del reino de Granada desde su plaza de Matrera. Sospecho que Diego pudo hacerse con la propiedad de la huerta por mediación de un familiar, Gonzalo Martel, que entonces ejercía de recaudador mayor de las tercias reales del arzobispado de Sevilla y el obispado de Cádiz.

| FOTO 5 Torre del Homenaje y recinto del Castillo de Matrera en el cerro Pajarete, Villamartín. Foto, Carquero arquitectura, 2016.

La Martela da nombre hoy al impresionante yacimiento arqueológico que en 2008 descubrió Juan José López Amador viendo fotografías aéreas, que fue explorado con georradar por un equipo de la Universidad de Cádiz en 2016. Se trataría del puerto púnico de Doña Blanca (siglos V-IV a.C.), amurallado; a nuestro juicio, el Puerto de Menesteo que refieren las fuentes clásicas griegas. Su solar se extiende también por tierras de la huerta del Alcaide.

De las otras dos huertas mencionadas por Coloma --los Nogales y el Algarrobo-- no tengo constancia documental más antigua, pero, con seguridad, también estaban explotadas al tiempo que las del Alcaide y La Martela. Los documentos de archivo refieren otros nombres que entonces eran propietarios y arrendadores de otras huertas; principalmente jerezanos, del barrio de San Miguel. Y otras eran propias de las iglesias jerezanas de San Salvador (hoy catedral) y San Mateo. Este antiguo vínculo de Jerez con las huertas de Sidueña --y con la torre y finca de Doña Blanca-- es llamativo. Y pudo serlo más si la Cartuja jerezana se hubiese construido, como estaba inicialmente previsto en 1472 por su fundador, en estas tierras de Sidueña. Proyecto que se desestimó por pertenecer su suelo a la jurisdicción señorial del ducado de Medinaceli, no realengo, como lo era el jerezano de El Sotillo.

| FOTO 6 Tell del Castillo de Doña Blanca y a su espalda las tierras de las antiguas huertas de Sidueña. Imagen: Canal de Youtube Gente del Puerto, tomada por Moisés Torres Arena.

Hoy el solar de las huertas es un espacio que pasa desapercibido, un terreno más, encajado entre el antiguo curso del Guadalete --la ‘madre vieja’-- y el cerro de Doña Blanca, pero durante siglos fueron consideradas las huertas más fértiles y hermosas de la región. Así lo dijeron, entre otros, estos autores de la Edad Moderna, gaditano y jerezanos: Agustín de Horozco, 1598: “…la fertilidad de las grandes y hermosas tablas de huertas y naranjales el río arriba, en el pago que llaman Cidueña.Martín de Roa, 1617: “Prosigue el Rio su curso por las famosas huertas de Cidueña, terreno de los más fértiles y más hermosos del Orbe […] el sitio que hoy llaman las huertas de Sidueña, fertilísimas de todo género de frutales, regadas de copiosos manantiales de agua dulce que nacen de la falda de la Sierra”. Y Esteban Rallón, hacia 1660: “…aquel hermoso promontorio vertido de diversos frutales y fecundado con copiosos nacimientos de agua”.

| FOTO 7 Desde la excavación de Doña Blanca en 1983, vista parcial del espacio que ocuparon las huertas. A la derecha la refrescante alameda y al fondo a la izquierda el Poblado de Doña Blanca. Foto, Juan José López Amador.

Tuvieron las huertas de Sidueña cierto halo mítico, comparándose con los Campos Elíseos de la mitología griega, el lugar de descanso eterno reservado a las almas de los héroes y virtuosos, surcado por el río Leteo o Lete (el río del olvido), que por extensión se vinculaba a un espacio cuya belleza y paz se asemejaría al paraíso terrenal. Así lo referían los autores arriba citados y otros, identificando los Campos Elíseos con los inmediatos a la ribera del Guadalete en su curso bajo, como los elíseos jerezanos prados que nombra Cervantes en el Quijote (1ª parte, cap. XVIII).

Al respecto, Raimundo de Lantery, un comerciante de Bayona establecido en Cádiz, escribió en sus memorias de un viaje que realizó a Jerez en año incierto entre 1673 y 1700: “…y me fui aquella noche a dormir a Jerez, en cuyo camino, antes de llegar a Cartuja, reparé en una gran floresta de árboles muy deleitosa que había de la otra banda del río que va al Puerto de Santa María, que suspendió la vista mirar y me pareció los Campos Elíseos alabados de los poetas […] y estando en ese discurso por el camino, me vino a la memoria que había oído alabar en el Puerto de Santa María el divertimiento que había en La Piedad, que ellos llaman, y que habían oído decir a los antiguos que ésos eran los Campos Elíseos tan celebrados.”

| FOTO 8 Entorno de la ermita de La Piedad (a la derecha), las tablas de la huerta de los Abades y la ‘madre vieja’ del Guadalete en 1726. Archivo General de Simancas (detalle).

Junto a los manantiales de La Piedad, a comienzos del s. XVIII se levantó la ermita de su nombre (donde estuvo la venta Los Álamos). De la que el historiador portuense Anselmo Ruiz de Cortázar dejó escrito en 1764: “Tiene la ermita de Nuestra Señora de la Piedad diferentes salas que sirven de hospedería a las familias de Cádiz, Jerez y este Puerto, que van a cumplir sus votos a la piadosa Imagen que se venera en este santuario o a divertirse en el ameno campo o valle de huertas, abundante de aguas que espontáneamente manan, con agradable vista y beneficio de las plantas en todo el año alegres y frondosas.

Al paso de un siglo el paraje conservaba su belleza, según alababa en 1862 el gaditano Arístides Pongilioni: “Más abajo [de la torre de Doña Blanca] se levanta la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, rodeada de una preciosa huerta llamada de los Abades […] Entre aquellos espesos naranjales, en aquel terreno abierto de frondosas arboledas, dicen que existió un pueblo del cual apenas van quedando vestigios, llamado Sidonia o Sidueña.” Poco después, en 1873, de la ermita solo quedaban sus ruinas. Lo decía Luis Coloma en Caín: “…se detiene ante una ermita arruinada […] sola, triste, con sus muros destruidos, su iglesia sin puertas ni techo, su campanario sin cruz que lo corone ni campanas”.

| FOTO 9 Imagen generada con IA.

Aún subsistían las huertas, las del Alcaide, La Martela, Los Nogales, El Algarrobo… y unos años después El Cidral, La Leona, la Huerta Perdida que fue de los Abades. Hoy queda el recuerdo de su pasada existencia, al pie de la torre de Doña Blanca, junto a los refrescantes álamos blancos que a quienes participamos en las primeras campañas de excavaciones en Doña Blanca, con aquellos calores, nos parecían propios del mismísimo paraíso.
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Serie: Ocurrió en la Sierra de San Cristóbal
1. La toma militar del Castillo de Doña Blanca y Las Vetillas en 1891 #6.575.
2. Una excavación arqueológica al pie de Doña Blanca en 1894. #6.582
3. El padre Larramendi, la Sierra de San Cristóbal y el origen del vascuence. Historia de una patraña #6.589.
4. Las excursiones a las canteras y la visita de Alfonso XIII en 1930 #6.596
5. Las huertas de Sidueña, un vergel junto a Doña Blanca #6.603

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