Una excavación arqueológica al pie de Doña Blanca en 1894

| Texto: Enrique Pérez Fernández
Los vestigios arqueológicos de Doña Blanca y del conjunto de la Sierra de San Cristóbal fueron conocidos desde siempre. Y supongo que repetidamente expoliados. De hecho, durante la excavación en 1987 del hipogeo del Sol y la Luna se constató que los enterramientos y ajuares de la Edad del Bronce fueron profanados en época romana.
No fue hasta fines del siglo XIX cuando se realizó una primera y modesta intervención arqueológica en las inmediaciones de Doña Blanca, de manos de quien fue el primer director, desde 1887, del Museo Arqueológico de Cádiz, Francisco de Asís Vera y Chilier.
A las 10,30 de la mañana del 6 de febrero de 1894 llegó Vera a la estación de El Puerto en el tren mixto, acompañado de Emilio Sánchez-Navarro Neumann --doctor en ciencias naturales y catedrático en el Instituto de Cádiz--, su hermano Manuel María --que aquel año se doctoró en medicina por la Universidad de Cádiz-- y Casto Vilar García, catedrático de lingüística en un instituto de Sevilla.

Fueron recibidos por el organizador del encuentro, el arquitecto municipal Miguel Palacios (nótula 3.148) -que en septiembre de aquel año presentaría el proyecto del Parque Calderón-, y junto a él el médico Joaquín Medinilla (nótula 4.260) y José Carrajal, dos de los portuense más involucrados en la cultura y el patrimonio local. Y también estaban Manuel Palacios, hermano del arquitecto, y José Luis García, de quienes no tengo ninguna referencia.
Los nueve marcharon al recreo de Miguel Palacios, sito al final del Paseo de la Victoria (Avenida Rodrigáñez nº6), donde en dos carruajes emprendieron el camino a Doña Blanca. Al llegar, en la falda del tell de la ciudad fenicia tuvieron a modo de picnic el almuerzo, regado con vinos de González Byass y Misa.
Y después se pusieron a la faena, que era excavar varios sepulcros de época romana localizados en las inmediaciones de Doña Blanca, y especialmente con la finalidad de encontrar un cráneo completo. Tal cual…, quizá para algún estudio de uno de los médicos presentes. Sospecho que eran Medinilla y Carrajal quienes conocían la existencia de las tumbas, y por mediación de Miguel Palacios lograron captar el interés del director del Museo de Cádiz (fundado a raíz del hallazgo en 1887 del célebre sarcófago antropoide fenicio).

¿Dónde realizaron la excavación? Dos posibilidades hay que contemplar: en las cercanías de uno de los dos flancos menores del cerro de Doña Blanca, en el entorno del paraje de La Dehesa o en La Piedad, donde estuvo la ermita y el manantial de su nombre; zonas de necrópolis ambas, conocidas desde el siglo XVIII.
En 1756, cuando se construía el arrecife entre Jerez y el linde con el término de El Puerto --en el llamado Puerto de las Cruces-- se descubrieron cinco inhumaciones formadas con calcarenitas de la Sierra y presentando, a modo de humildes ajuares, algunas vasijas (una de ellas repleta de caracoles) y una moneda. Por la descripción que dejó un testigo de los hallazgos, el historiador jerezano Bartolomé Gutiérrez, debían de ser tumbas de los siglos III-IV d.C.

Nuevas tumbas volvieron a ver la luz en el mismo entorno con motivo de una obra de canalización abierta en 1991 en paralelo a la carretera de El Portal, realizándose una excavación de urgencia dirigida y estudiada por Francisco Barrionuevo, Carmen J. Pérez y Carlos Huertas. Se exhumaron cuatro tumbas de inhumación tardorromanas que no tenían ajuar. Y con ellas, siete incineraciones en fosas simples, fechadas entre la segunda mitad del s. I d.C. y la primera mitad del II d.C.; que deben corresponder a la misma necrópolis que el Museo Municipal detectó en la inmediata falda de la Sierra.
Muy cerca, en suelo de La Dehesa junto a Doña Blanca el Museo Municipal había excavado en 1982 (allí estuve echando una mano) dos enterramientos de los ss. III-IV d.C.: la incineración de un joven depositado en un dolium y la inhumación de un adulto cubierto con lajas de piedra y tégulas, sin contener ajuares.

Pero pudo ser que la excavación de 1894 se realizara --y es lo que creo más probable-- en el entorno de La Piedad, por donde estuvo la ermita de Ntra. Sra. de la Piedad y por último la venta Los Álamos. Aquí pudo existir un edificio romano, según apuntó en 1750 el jesuita y erudito sevillano José del Hierro: “en la Ermita de la Piedad se conservan aún algunas piedras de romanos.” En este lugar se descubrió en 1728, al comenzar las obras de la conducción de aguas de La Piedad a El Puerto, un enterramiento cubierto con tégulas, “un sepulcro formado de planchas de barro cocido”, al decir de quien transmitió en 1764 el hallazgo, el historiador portuense Ruiz de Cortázar. Como ajuar tenía algunas monedas de plata “que se deshacían entre las manos”.
Se conoce que, mientras los obreros contratados para la ocasión excavaban las tumbas, el doctor en ciencias naturales Emilio Sánchez en compañía de su hermano dieron un paseo por los alrededores, y encontraron una cecilia, uno de esos anfibios sin patas que viven enterrados en zonas donde el agua abunda. De hecho, Emilio se sorprendió al encontrarla pues dijo que era un ejemplar rarísimo y que solo había visto dos como ese en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, del que era habitual colaborador.

Esta anécdota invita a sospechar que la excavación se realizó en el entorno de La Piedad, donde sí abundaba el agua de los manantiales, el que daba vida a las antiguas y célebres huertas de Sidueña que miraban a las marismas. Aún hoy en ese espacio, inmediato al muelle donde hasta fines del s. XIX se embarcaba con destino a Cádiz el agua de La Piedad, se forman pequeñas lagunas donde hemos visto una colonia de nutrias. En cambio, el terreno del entorno de La Dehesa es árido, sin agua, hoy y en 1894.

Tras la excavación de las tumbas --de las que no tenemos ninguna referencia-- y con la decepción de no haber hallado un cráneo completo, los expedicionarios se acercaron a visitar la torre de Doña Blanca, que les fue mostrada por el jurisconsulto Bernardo Barreda en nombre del propietario de la finca, que lo era el V marqués del Castillo del Valle de Sidueña hasta que al paso de unas semanas, el 16 de abril, falleció.
Luego fueron a los inmediatos “naranjales de La Piedad”, donde tomaron algunas fotografías del entorno y del grupo. Pasadas las 5 de la tarde regresaron en los carruajes a El Puerto, tomaron café en La Campana (en la esquina de las calles Luna-Larga) y los portuenses acompañaron a sus invitados a coger el tren correo a Cádiz.
El campo de ruinas arqueológicas de Doña Blanca serían visitadas con cierta frecuencia en la década de 1920 por entendidos y aficionados a la Historia. Entre ellos, el portuense Francisco Ciria y Vergara (nótula 330), autor de una inédita historia sobre Tartessos (1934) en la que dio cuenta de algunos hallazgos arqueológicos en su solar.

Seguramente Ciria conoció a otro peculiar personaje, Ventura Fernández López, al que apodaban ‘el cura loco’; un sacerdote que recaló en Jerez como profesor de religión, culto a su manera e histriónico en las formas, que en 1923 quiso reconocer la capital de Tartessos en Doña Blanca: “para encontrar la ciudad más antigua de Occidente había que excavar en el castillo de Doña Blanca y hoy decimos, después de visitar […] tan romántica mansión, que asombra cómo hasta hoy no se ha descubierto en la plataforma en que asienta el anhelado Tarteso”; decía en uno de los quince artículos de prensa que publicó sobre Tartessos, que por sí hablan de la pasión que suscitaba el mito tartésico cuando Adolf Schulten comenzó a ponerlo de moda tras publicar su Tartessos en 1924. Pasados los años, el hispanista alemán pisó Doña Blanca, que no solo prospectó sino que para conocer su estratigrafía hizo explotar barrenos de dinamita en el perfil que da a las marismas, frente a la torre. Pero esa es otra historia que ya escribimos en Gente del Puerto (nótula 4.183). La de hoy era evocar una excavación arqueológica que en 1894 se realizó al pie de Doña Blanca.
Próxima entrega: El Padre Larramendi, la Sierra de San Cristóbal y el origen del vascuence. Historia de una patraña.
