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Cosas que pasaron en El Puerto (9) #6.638

Dos brujas portuenses ante la Inquisición en el siglo XVII   

| FOTO 1 Joven sentenciada por la Inquisición ataviada con sus insignias, el sambenito y la coroza. Imagen generada con IA.

| Texto: Enrique Pérez Fernández

En la España de los siglos XVI y XVII abundaron las beatas, mujeres laicas que al margen de las órdenes religiosas hacían votos de castidad, pobreza y obediencia, y se dedicaban a la oración y a hacer obras de caridad, a cuidar enfermos y desamparados… Vestían sobriamente con tocas blancas, sayas pardas con cordones atados a la cintura al modo franciscano y mantos negros. En algunas poblaciones residían en beaterios, como el que existió en Jerez (1642), aunque lo habitual era que vivieran en sus casas.

| FOTO 2 Beata del s. XVII con su tradicional vestimenta: toca, saya, cordón y manto. Imagen generada con IA.

Pero como todo en la vida tiene su contrapuesto, también existieron las falsas beatas, a quienes les primaba el afán económico y la notoriedad social y no el llevar un comportamiento ético y solidario. Afirmaban que tenían contacto con Dios o con tal o cual santo y que podían interceder ante ellos por los incautos que se lo pedían, a cambio de unas monedas o alguna prebenda. Fingían milagros. Simulaban tener estigmas en las manos, o que levitaban durante sus supuestos éxtasis místicos, empleando para ello todo tipo de artimañas. Fueron un ejemplo más de la inmortal picaresca española, tan presente ayer y hoy en nuestra sociedad.

Catalina Briguela

Tal fue el caso de una joven portuense llamada Catalina Briguela, nacida hacia 1678, que sería conocida en la Bahía de Cádiz y Sevilla, donde pasaba temporadas, como “la beata del Puerto”. Vaya en su descargo que le tocó vivir un tiempo difícil. De muy niña conoció las secuelas de la peste bubónica que asoló la ciudad entre junio de 1680 y agosto de 1681, que además de causar numerosas víctimas conllevó una larga crisis de subsistencia. Y eso, a un espíritu no virtuoso pero espabilado y conocedor del peso que tenía en la gente las creencias religiosas, sería determinante para encauzar su vida por el camino que tomó.

Lo que conocemos de ella trascendió de sus declaraciones y las de los testigos que comparecieron al auto de fe por el que el tribunal de la Inquisición de Sevilla la encausó en juicio que se celebró el 18 de diciembre 1695 en la sevillana iglesia de Santa Ana, en Triana, muy cerca de la sede donde radicaba el Santo Oficio, el castillo de San Jorge.

| FOTO 3 Auto de fe a una joven en la iglesia de Santa Ana de Triana. Imagen generada con IA.

Un pariente de una adepta a Catalina la había denunciado en El Puerto a la Inquisición en 1693, y desde entonces permanecía encarcelada en Sevilla. El juicio de Catalina (que compartió con otras cinco mujeres acusadas de hechiceras y dos hombres por practicar ritos judíos) se prolongó, con los testimonios de testigos, durante cuatro horas. Allí reconoció que desde los siete años mantenía un pacto con el demonio, que se le aparecía y le decía lo que tenía que hacer. Y se supo algunos pormenores de su conducta herética…

Al parecer, eran habituales sus posesiones diabólicas, revolviéndose en el suelo entre gritos aterradores que contemplaban sus seguidores, a quienes incitaba a que se entregaran a Satanás. Y les proponía realizar prácticas sexuales no acordes con la moral católica. Decía tener éxtasis místicos, que hacía viajes astrales y que practicaba la hechicería.

El tribunal del Santo Oficio la acusó de falsa mística, de propagar falsos milagros y supersticiones heréticas. Como escarnio público, fue expuesta con las insignias de los reos de la inquisición (foto 1): el sambenito, que era un escapulario o túnica sin mangas de tela amarilla con una cruz de San Andrés, y la coroza, el gorro cónico de cartón o papel, como los capirotes de Semana Santa, herederos de aquellos de la Inquisición.

| FOTO 4 Por las calles de Sevilla, acompañada del pregonero y del verdugo. Imagen generada con IA.

La condenaron a recibir 200 azotes (la alternativa era 100 azotes) por las calles céntricas de Sevilla y a cumplir ocho años de destierro fuera de los reinos de Andalucía.

Estas notas históricas las he tomado, principalmente, del libro Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) que en 1904 publicó Manuel Chaves Rey (padre del también periodista y gran escritor Manuel Chaves Nogales). Ahí apuntó el autor: “El año 1690 parece que vino a unirse con Catalina otra mujer que también andaba en esto del pacto con el demonio”. Es probable que la aludida fuera otra joven portuense sobre la que escribió Anselmo Ruiz de Cortázar en su historia de El Puerto…

La beata que levitaba en el convento del Espíritu Santo

No recogió don Anselmo su nombre. Debió de conocer algunos detalles de su azarosa vida porque se lo contaron, pues el historiador nació unos meses después del juicio a Catalina Briguela. El hecho de que ambas “brujas” fueran portuenses y coetáneas --activas en la década de 1690-- permite sospechar que la aludida por Chaves y la de Ruiz de Cortázar fueran la misma joven. O, en todo caso, en una población pequeña como era El Puerto en el s. XVII y ambas dedicadas a pactar con el demonio, es más que probable que se conocieran y mantuvieran una relación.

Escribió don Anselmo en su Puerto de Santa María ilustrado y compendio historial de sus antigüedades (1764): No debemos omitir un caso raro que sucedió en este convento [del Espíritu Santo], que es digno de eterna memoria: vivía en esta ciudad por los años de 1690, con corta diferencia, una beata doncella y bien parecida tenida por mujer justa y virtuosa vejada del espíritu maligno, que la llevaba por el aire y la tenía pendiente por la punta de los pies de las alas de los tejados, sin que su ropa, teniendo todo el cuerpo hacia abajo, la descompusiese; se elevaba en el aire en la oración a la vista de muchas personas religiosas, que publicaban estos prodigios.

| FOTO 5 Imagen generada con IA.

Y añadía que la joven era “el asilo de las señoras principales de la ciudad”, que de ella pretendían la intermediación con Dios buscando remedio a sus males. Las autoridades eclesiásticas acordaron llevarla al convento del Espíritu Santo, alojada en la celda de una monja virtuosa, la que observaba de noche --continuaba Ruiz de Cortázar-- entrar en la alcoba y cama de la beata una persona joven y dormía con ella, y aunque hacía propósito de dar cuenta a la Reverenda Madre Superiora que entonces era, siempre se le olvidaba… Y mantenía la monja que la actitud de la doncella era la de una santa.

| FOTO 6 Imagen generada con IA.

El extraño caso llegó a oídos del vicario, que lo era don Francisco de Vargas, quien, indagando, le preguntó a la monja si tenía alguna alhaja o prenda de la beata”, a lo que respondió que sí, que llevaba un anillo suyo al que tenía gran aprecio. Mandó el vicario que se lo quitara, y apenas se lo había quitado cuando confesó las maldades que había visto. Hizo el vicario que se lo volviera a poner y de nuevo alabó las virtudes y santidad de la joven. Ante ello, se resolvió que la beata tenía un pacto con el demonio.

| FOTO 7 Imagen generada con IA.

Esto del anillo “endemoniado” --amuletos de posesión diabólica-- era frecuente en la época, como repetidamente consta en los manuales y sentencias de la Inquisición. El asunto se zanjó dando cuenta del suceso a la Inquisición de Sevilla, ante la que compareció la joven portuense, que fue castigada como correspondía, severamente, concluía su narración Ruiz de Cortázar.

Cosas que pasaron en El Puerto a fines del siglo XVII.


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